01 enero 2015

25 diciembre 2014

El gran Forges




22 diciembre 2014

Bar City, antes Sevilla

Por CARLOS COLÓN
Diario de Sevilla, 22 de diciembre de 2014

… el actual Ayuntamiento de Sevilla parece empeñado en culminar la tematización del centro histórico iniciado por la anterior corporación. Sevilla-velador, Sevilla-bar, Sevilla-monumento disecado, Sevilla-tienda de camisetas, Sevilla-franquicia… Sevilla en venta, turísticamente prostituida, torpemente explotada… Donde estuvo la librería Sanz ha abierto otro bar. Se cumple lo que se decía de aquella población que era una ciudad bravía con mil tabernas y una sola librería. ¡Y si por lo menos fueran buenas tabernas antiguas! Pero ni eso: franquicias sin rostro, iguales unas a otras, o negocios montados en dos días que se parecen a esos sórdidos bares que se improvisan en Semana Santa metiendo un mostrador de publicidad y unas sillas plegables en un local vacío. Cuando no aparece un arquitecto amigo que "diseña" uno de esos bares fúnebres de brillante paredes negras, brillante mostrador negro y brillante suelo negro sobre los que destellan unas luces azul eléctrico o rosa rabioso, atendidos por camareros de luto riguroso.

Y lo peor es que esto parece imparable. Disecar una ciudad es tan fácil como hacerlo con un animal muerto. Pero devolverle su vida, activar su economía para que no tenga que venderse convirtiéndose en un parque de atracciones arrasado por el tsunami turístico del que desesperadamente depende, es tan difícil como resucitar al bicho muerto en la mesa del taxidermista.¿Cosas de viejo pesimista? Tal vez. Pero no todos los vecinos hartos y todos los transeúntes agobiados deben ser tan viejos y pesimistas como yo. Que el centro es un casi ininterrumpido bar es una realidad objetiva. Tanto como que donde estuvo la librería de Tomás y Fernando Sanz, fundada en 1880 en Sierpes y después trasladada a la calle Granada en 1975, hay un bar. Otro bar.

03 diciembre 2014

El ombligo de Sevilla


ARTURO PÉREZ-REVERTE
El Semanal - 17/4/2005

María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de [la película] Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC -allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario- se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «¡Qué va, hombre! Es Manolo Caracol».

Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas -y sólo si está Sevilla de por medio-, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.

Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden -y lo consiguen desde hace siglos- llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido -la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron- en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.

30 noviembre 2014

¡Encubrir también es delito!

Por CONCHA CABALLERO

Eso afirman algunos de los religiosos granadinos indignados con la actitud del arzobispo Francisco Javier Martínez, a quien corresponde este glorioso marcador: número de miembros retirados por él de las tareas religiosas, tres; número de miembros citados por los tribunales de justicia 12, 10 de ellos religiosos y otros dos laicos.

Se autodenominan Club de los Romanones y viven varios días a la semana juntos, en alguna de sus propiedades o, en otras que la Iglesia atesora en la provincia de Granada, alguna de las cuales proviene de donaciones particulares para que esta institución religiosa atienda situaciones de pobreza o desamparo pero que ellos convirtieron en clubs privados para sus andanzas sexuales o su disfrute particular. Casi todos ellos son de educación selecta, con grandes contactos en las escalas más altas de la sociedad granadina. Uno de ellos pertenece, incluso, a la curia diocesana, el máximo rango religioso de la Iglesia en la provincia.

Estas alas sociales son las que determinan que el arzobispo granadino, ante el propio denunciante, insistiera en la idea de que “sólo daba crédito a la participación de tres religiosos y que el resto podía encontrarse en una situación parecida a la del propio joven”, algo que humilló al denunciante y que lo decidió a exponer ante los tribunales ordinarios el crimen cometido por todos ellos.

Pero merece la pena comprobar su recorrido. El denunciante tiene ahora 23 años y se ha atrevido, por primera vez, a revelar unos hechos que empezaron hace casi 10 años, lo que supone una década de silencio, de intentos de olvido, de asumir en solitario las violaciones de las que había sido víctima. Silencio total hasta que el nuevo Papa, de nombre español, le animó a acudir a los tribunales y a romper el silencio impuesto por la propia iglesia.

En España ha sido excesivo el silencio respecto a los abusos sexuales cometidos por miembros de la comunidad eclesiástica. La propia Iglesia ha sido absolutamente hábil en ocultar, desviar y hacer callar los centenares o miles de casos que se han producido a cambio de unas actuaciones internas que siempre han sido insuficientes o completamente irrelevantes. Para la Iglesia española, la autoridad civil en materia de abusos sexuales, ha sido siempre inexistente. Las jerarquías locales, con alguna excepción, han laminado la posibilidad de que sus miembros sean castigados por estos crímenes. En algunos casos, los violadores de niños han sido reconvenidos o censurados; en otras, ni siquiera eso, han cerrado los ojos ante esta “debilidad humana” difícil de evitar, en su opinión.

En España y, especialmente en Andalucía, hay muy pocas denuncias vivas que afecten a la comunidad eclesiástica. El miedo a esta gran institución y a su poder de persuasión o de disuasión, parecen ser la causa. Pero este tiempo parece haberse cerrado por parte incluso de su máxima autoridad, el papa Francisco. Por eso, sería hoy muy conveniente que todas las personas afectadas por estos delitos los denuncien sin reparos ante las autoridades civiles. Sólo de esta forma se conseguirá limpiar esta institución y librarla de su oscuro pasado en este tema tan repugnante. Y, sobre todo, no dejar solos a quienes, tras muchos años de silencio, se han atrevido a levantar la voz. 
El País, 30.11.14

26 noviembre 2014

Deprimidos con causa


A pesar del uso continuado del término recuperación, los más afectados por la crisis no acaban de percibir grandes mejoras en la situación económica. La recesión pasada —que, medida como caída del PIB, ha sido gravísima— no solo ha destruido rentas, sino que ha enraizado un malestar persistente en la percepción de los ciudadanos.

La zozobra y la desesperación se pueden medir. Seis de cada 10 jóvenes españoles (entre 18 y 30 años) se proponen emigrar a otros países en busca de empleo; tres de cada cuatro considera que las oportunidades laborales son mejores en el extranjero que en España y 7 de cada 10 asumen que vivirán peor que sus padres. Este es el retrato de la juventud española, la más pesimista de Europa junto con la italiana, tal como queda pintado por la encuesta del Instituto para la Sociedad y las Comunicaciones realizada en seis países de Europa. Contraste: en Alemania solo dos de cada 10 se propone trabajar en el extranjero y cuatro de cada 10 pronostica que vivirá peor que sus padres.

No es difícil rastrear las causas de este pesimismo. Los jóvenes tienen una tasa de paro que supera el 40%, un drama laboral que solo tiene parangón en la desdichada tasa de paro en los mayores de 45 años o sin empleo anterior. La tasa de rotación del empleo, agravada por la dualidad del mercado (contratos fijos con plenos derechos frente a contratos por días, o por horas, sin derechos), impide que se renueven las plantillas en buenas condiciones para los asalariados; y la retribución media de los jóvenes que acceden a un infracontrato impide cualquier expectativa de futuro, para los trabajadores y para las empresas.


Quien pretenda ofrecer una recuperación económica de verdad y no un cliché verbal tendrá que romper esta espiral de fatalidad. El Banco de España asegura que ya es hora de que las empresas rentables empiecen a subir los salarios. También es hora de una reforma laboral que acabe con la precariedad; y de que desaparezca el error pertinaz de que la rentabilidad es inversamente proporcional al nivel salarial. Como estos encadenamientos perversos no se rompan pronto, va a haber muchos devorados por la depresión; pero la depresión moral. El País

21 noviembre 2014

Diez minutos_cortometraje


"Diez minutos", de Alberto Ruiz Rojo, es el corto más premiado de la historia del cortometraje en España, con más de 85 premios en festivales nacionales e internacionales, incluido el Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2005.

Sinopsis: Este cortometraje cuenta la historia de una persona que llama al servicio de atención al cliente de su compañía de telefonía para solicitar una información, pues de ello depende que pueda recuperar a su chica. Pero se encuentra con la inflexibilidad de la operadora, que sistemáticamente se niega a ayudarle. El corto es un toque de atención sobre el modelo de sociedad al que nos dirigimos, donde la frialdad de normas absurdas se impone a la humanidad y al sentido común.

Notas del director
"La clave del éxito del corto está en la identificación tan absoluta del espectador con la historia, (todo el mundo me dice que le ha pasado) y en el acierto de haber creado una historia universal que no pertenece a ningún lugar especifico ni habla de una edad o gente determinada".

"Al final, responde al argumento clásico de la persona contra el sistema, como miles de historias. Lo importante es haber conseguido estructurarlo de tal forma que el espectador se enganche y se mantenga con ganas de saber cómo acaba todo al final".

"Creo que otro gran valor del corto es el maravilloso trabajo que han hecho los actores Gustavo Salmerón y Eva Marciel. Este es un corto sin explosiones, donde lo único que hay es lo que dos personas, cada una en un lugar, se dicen por teléfono. Desde luego, era muy arriesgado hacer un corto bajo esta premisa".

"Personalmente lo que más me gusta del corto es cómo juega con la paradoja de la comunicación. Justo cuando la operadora calla es cuando comienzan a comunicarse. Al final, la única forma de entenderse es con el silencio".

"Diez minutos es una crítica al tipo de sociedad hacia donde nos dirigimos. Un mundo donde se supone que prima la comunicación y el entendimiento y que, sin embargo, levanta continuas barreras invisibles de incomunicación que nos impiden el contacto directo con las personas".

"En la historia, nuestro protagonista lucha desesperadamente por hacer valer el sentido común, la flexibilidad, el entendimiento, la humanidad... Pero la frialdad y rigidez de normas absurdas se antepone al más mínimo brote de comprensión".

"La historia del mundo de la atención telefónica, donde habitualmente tenemos que hablar con ordenadores o, lo que es aún mucho peor, con personas que han sido enseñadas a hablar, razonar y comportarse como ordenadores, no es más que una muestra de las dos caras de este progreso".

"A la vez que la vida se nos hace más cómoda y accesible, gracias al teléfono, internet, etc., también perdemos el contacto directo con las personas. ¿Quién no echa de menos, de vez en cuando, a ese viejo tendero que nos escuchaba, que entendía de lo que hablaba, que estaba dispuesto a ser flexible?".

"En muchos casos, (como curiosamente ocurre en las empresas de telefonía y comunicación) ya no existe un sitio físico donde uno pueda ir a reclamar sus derechos o sus demandas. Esto evita multitud de problemas a las empresas, les ayuda a evadir miles de responsabilidades, haciendo desesperar o desistir al pobre consumidor, que se vuelve loco, en un laberinto de contestadores, menús, teleoperadores y llamadas cortadas. ¿Qué pasará cuando esto se trasplante a las instituciones?".

"Después de todo, nuestra historia deja abierta una puerta a la esperanza. Por encima de todas las normas aprendidas, por encima de las amenazas de despido si se quebrantan, por encima de todo, está nuestra verdad y todos tenemos un lado humano, que puede aparecer, aunque a veces parezca imposible. Al menos eso quiero creer yo".

03 noviembre 2014

Los verdaderos antisistema

Por ELVIRA LINDO
El País, domingo 2 de noviembre de 2014

No aprenden nada. Y de ese su no aprender vamos a salir perdiendo todos. No aprenden. Son una bomba para el sistema que dicen defender. Más complejo aún: son una bomba para el sistema que a ellos mismos les conviene. Una bomba que lleva ya unos cuantos años a punto de estallar, tan a punto está de pegar el petardazo que hay mañanas en que una se levanta y no se atreve a conectar la radio por si lo que siente de pronto es un tremendo silencio. No aprenden. Piden perdón y pretenden que eso toque alguna fibra sensible, pero el corazón de quienes les escuchan ya está completamente endurecido. Perdón y qué, ¿y tres padrenuestros? Esto no es una escuela, ni un confesionario, esto es un país de ciudadanos que de la indignación pasaron esta semana al temor, al temor al futuro, que pinta negro.

¿Perdón? Es que no hay perdón que valga, muchas de esas marrullerías, chorizadas, delitos fiscales, billetes a Suiza, concesiones irregulares de obras, comisiones bajo manga, negocietes a cuenta del dinero público tuvieron lugar cuando ya sabíamos que éramos un país casi en quiebra, casi a punto del rescate. Fue cuando ya no existía el respaldo de la bonanza y habíamos perdido la fe en nosotros mismos. Unos robaron a un país asfixiado; los otros consintieron. Y gran parte del pueblo siguió votando a los corruptos. No aprenden, insisto. Les falta la empatía necesaria para saber que hace ya años que se les está exigiendo una catarsis que ponga freno a este desatino, para que no haya un “y tú más” que valga, y veamos de una vez por todas una depuración real, dimisiones, compromiso con la justicia, castigo a los culpables. No aprenden. ¿Y nosotros, hemos aprendido? ¿Hemos aprendido a no admitir conductas corruptas, a no votar como borregos a quien abusa del cargo, a quien ostenta el poder para ejercerlo ilegítimamente en todos los aspectos de la vida ciudadana? ¿Entendemos ya que sólo una Administración de funcionarios implacables podría contener las malas prácticas de quienes caen en la tentación de enriquecerse o de enriquecer a su familia? No aprenden.

Qué falta de sensibilidad contemplar cómo se mofaron en el debate de los Presupuestos cuando el líder socialista trajo a cuento la pobreza infantil en España. Sánchez se hacía eco del estudio de Unicef que ha visto la luz esta semana, y que cifra en 2.700.000 los niños españoles que están en riesgo de exclusión social. Hubo un rumorcillo burlesco y no llegó a escucharse que nuestra protección a la infancia en comparación con otros países desarrollados es ridícula, que los porcentajes de abandono escolar son alarmantes, que la caída de la natalidad refleja una situación que se resume en lo siguiente: tener hijos hoy en España es un lastre. Dicho estudio ocupó un lugar en las primeras planas, pero al día siguiente desapareció; todo el espacio fue ocupado por las detenciones de unos cuantos colegas de los que se mofaron del asunto. Cincuenta y un individuos que nunca encontrarán relación entre el enriquecimiento ilícito y el número de criaturas que en nuestro país crece ya con un futuro lastrado. No aprenden ni entienden que los ciudadanos, al enfrentarnos a este circo diario, sí que relacionamos la corrupción y el que haya un número creciente de jóvenes que no se atreven a tener hijos o que los tienen sin poder ofrecerles todo aquello que los niños precisan para ser iguales a los demás, que se suponía que era la base del sistema.

Ah, el sistema. Tanto que han hablado los señores diputados del peligroso acecho de los antisistema, tanto que han querido blindar plazas y avenidas para disolverlos, tanto que han alertado en sus tertulias contra el perroflautismo, y han resultado ser ellos los que cucamente y con el nudo de la corbata bien ajustado socavaban el sistema desde dentro, vulnerando las instituciones que debían proteger al ciudadano del mangoneo y saltándose la legalidad que decían defender. Cómo imaginar que andaban dinamitando el sistema desde dentro.

Y entonces asistimos esta semana a la emotiva ceremonia de los perdones. El primero fue el de Esperanza Aguirre, que no estaría de más pensar que, fiel a su estilo, quisiera adelantarse al perdón de su jefe. Pero han llegado tarde los dos con las disculpas. Lo que se percibe es que la realidad no consigue cambiarles, pegarles un meneo, son rocosos en su manera de hacer política: piden perdón y en cuanto se calienta el debate exigen al del partido de enfrente que pida perdón también, para que nadie pueda creer que asumen en solitario todas las culpas. Hablo en plural aun a sabiendas de que hay políticos honrados, reconociendo también que esto no surge en cualquier país, sino que ha brotado del nuestro y que no es casualidad, que será por algo. No aprenden, aunque esta semana les hayamos notado un ligero temblor en sus discursos y un tono más pálido en la piel. No saben que hay algo que estamos esperando hace tiempo, algo que no sé nombrar, pero que comparto con ciudadanos que, creyentes en el sistema democrático, han concluido esta semana que hay que jubilar a estos antisistema que han malbaratado la democracia, que quieren arrebatarnos lo público para beneficiarse ellos; que nos roban, ante todo, la confianza en el futuro. Y eso no tiene perdón.

26 octubre 2014

Nicolás y los papanatas

Por JOSÉ MANUEL ATENCIA

A veces una noticia menor tiene la capacidad de convertirse en una enorme metáfora de todo lo que estamos viviendo en este país. Admito que hace mucho tiempo que no leía en la prensa una historia más extraordinaria que la protagonizada por ese joven de 20 años, el pequeño Nicolás. Un hábil Lazarillo de Tormes con aires de grandeza que llegó a codearse con las más altas esferas de este país y culminó su carrera asistiendo a la recepción que ofreció el Rey tras su proclamación.

Sólo en un país de papanatas es posible una historia como la de Nicolás. Un estudiante barbilampiño que pone en vilo a los servicios secretos del Estado y que es capaz de sacarles una pasta gansa a curtidos empresarios con un puñado de fotos y un inventado cargo de asesor de la vicepresidencia del Gobierno. ¿En qué país vivimos para que un joven de cara aniñada y con aspecto de no haber terminado la ESO consiga impartir una conferencia con el expresidente del Gobierno? ¿O que se reúna con un abogado para que retire una denuncia contra, nada más y nada menos, que una Infanta de España?

Este país de charanga y papanatas, devoto del dinero y de la nadería, resulta, a veces, de risa, de no ser por la triste realidad que hay detrás de esta historia. Un chico se mete en un partido político, se hace de las juventudes y a partir de entonces empieza a medrar a base de engaños y mentiras. Sólo precisó de una cosa: que la gente creyera lo que no era. Y nada mejor para ello que lograr hacerse fotos con los que son. Los empresarios no se reunían con Nicolás, que no era nadie. Se reunían con el chico que aparecía en la foto con Aznar o Aguirre, con el que saludaba a Rato o con el que se sentaba en el palco del Real Madrid. En una sociedad donde nadie es lo que es, sino lo que aparenta ser, se le abrieron todas las puertas del engaño.

Padecemos un país donde todo camino se puede recorrer más fácil con la ayuda de alguna persona próxima al poder. Y eso está tan metido en el ADN de los españoles, que un empresario sexagenario le entrega 25.000 euros a un chico que parece haber salido del recreo, tan sólo porque este joven le enseña una foto donde aparece con exministros o personajes públicos. Este es el nivel. Nicolás, en vez de tarjeta, tenía fotos con poderosos: el mayor reclamo para embaucar a tanto papanata que anda suelto.

Todo caso de corrupción requiere de muchos papanatas. Urdangarín montó el Instituto Nóos con todos los papanatas que querían quedar bien con el Rey. Y la familia Pujol se hizo de oro gracias a los papanatas que morían por estrechar la mano del honorable president. Qué triste lo de Nicolás, al que le han cortado una carrera meteórica. Con 20 años, ya era un maestro del engaño. Para saber en España que otros también lo eran, hemos tenido que esperar que estuvieran décadas en el poder. Qué gran metáfora de este país, esta pequeña historia de Nicolás. @jmatencia

07 octubre 2014

La fiebre nacionalista

Por Rosa Montero
El País, 7 de octubre de 2014

Hace unos días, en Barcelona, escuché el bello discurso de Muñoz Molina agradeciendo el premio del Liber: enumeró lo que amaba de Cataluña y renegó de los nacionalismos. Yo también recuerdo los años que trabajé en revistas catalanas; la época en que Barcelona era un prodigio, una isla de modernidad dentro de la casposa sociedad española de los setenta. Siempre he admirado a los catalanes. Siempre los he querido. Empezando por la escritora Montserrat Roig, que falleció tan joven, y que ocupa un lugar en mi corazón. Después de tanta vida juntos, de tantas emociones compartidas, es natural que a muchos españoles nos apene separarnos de Cataluña. Y a mí, que entiendo bien el catalán y que tanto he aprendido en mi juventud de esa sociedad tan vanguardista, también me apena que ahora se entregue al nacionalismo. Porque sigo creyendo que los nacionalismos son un atraso; todos ellos, diré una vez más tediosamente (ya se sabe que para poder criticar el catalanismo hay que repetir que también detestas el españolismo), me parecen un impulso retrógrado, un regreso a la horda, a la demonización del otro para crear una identidad protectora de tribu. Y lo peor es que todos llevamos este anhelo primitivo a flor de piel y podemos potenciarnos unos a otros la parte nacionalista más feroz. Ya lo estamos haciendo. No veo una solución fácil a esta fiebre fatal, a esta siembra de odio. Me preocupa la cerrazón del PP, no ya ante el órdago del 9-N, sino de antes, de siempre, porque habrá que ofrecer una verdadera salida; pero, sobre todo, no puedo evitar pensar que esta crispación ha sido fomentada por los políticos catalanes por intereses propios. Porque hace muy pocos años Cataluña no sentía esto, aunque ahora intenten inventarse otra cosa. Que cada cual aguante su responsabilidad frente a la historia.

24 septiembre 2014

Tecnologías inteligentes, humanos tontos

La tecnología nos está robando habilidades y talentos, nos está quitando libertad de pensamiento, en suma, nos está idiotizando. Esta podría ser la conclusión sobre lo que razona en su nuevo libro Nicholas Carr, Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestra vida. Satisface comprobar que aún hay mentes lúcidas capaces de observar la realidad de forma crítica, y es que no hay más que mirar alrededor para constatar la veracidad de tales afirmaciones. Las capacidades intelectuales, como la escritura, que confieren al ser humano su condición de tal están comenzando a ser anuladas y relegadas por las nuevas tecnologías. La primera en ser eliminada ha sido la gramática, por innecesaria. La ortografía ya pasó a la historia. Ahora ya no es necesario completar la escritura de las palabras, que para eso están los programas informáticos y las aplicaciones, basta con escribir las primeras letras. Pronto ocurrirá lo mismo con las frases. Ya hay aplicaciones que leen lo escrito o escriben lo dictado. Saber leer y escribir ya no será necesario, como tampoco lo es ya el saber realizar operaciones matemáticas, sencillas o complejas, o la capacidad de orientarse leyendo un mapa. ¿Y para qué aprender idiomas o memorizar datos, fechas, nombres o simplemente conocer el significado de cualquier palabra o concepto cuando podemos acceder a ello en cualquier momento y lugar? Pronto, para vivir ya solo será necesario saber comunicarse con el dispositivo móvil, que él ya se encargará de todo lo demás. Los dispositivos, cada vez más inteligentes, y los humanos, cada vez más tontos. Sebastián Fernández, Alicante