26 noviembre 2014

Deprimidos con causa


A pesar del uso continuado del término recuperación, los más afectados por la crisis no acaban de percibir grandes mejoras en la situación económica. La recesión pasada —que, medida como caída del PIB, ha sido gravísima— no solo ha destruido rentas, sino que ha enraizado un malestar persistente en la percepción de los ciudadanos.

La zozobra y la desesperación se pueden medir. Seis de cada 10 jóvenes españoles (entre 18 y 30 años) se proponen emigrar a otros países en busca de empleo; tres de cada cuatro considera que las oportunidades laborales son mejores en el extranjero que en España y 7 de cada 10 asumen que vivirán peor que sus padres. Este es el retrato de la juventud española, la más pesimista de Europa junto con la italiana, tal como queda pintado por la encuesta del Instituto para la Sociedad y las Comunicaciones realizada en seis países de Europa. Contraste: en Alemania solo dos de cada 10 se propone trabajar en el extranjero y cuatro de cada 10 pronostica que vivirá peor que sus padres.

No es difícil rastrear las causas de este pesimismo. Los jóvenes tienen una tasa de paro que supera el 40%, un drama laboral que solo tiene parangón en la desdichada tasa de paro en los mayores de 45 años o sin empleo anterior. La tasa de rotación del empleo, agravada por la dualidad del mercado (contratos fijos con plenos derechos frente a contratos por días, o por horas, sin derechos), impide que se renueven las plantillas en buenas condiciones para los asalariados; y la retribución media de los jóvenes que acceden a un infracontrato impide cualquier expectativa de futuro, para los trabajadores y para las empresas.


Quien pretenda ofrecer una recuperación económica de verdad y no un cliché verbal tendrá que romper esta espiral de fatalidad. El Banco de España asegura que ya es hora de que las empresas rentables empiecen a subir los salarios. También es hora de una reforma laboral que acabe con la precariedad; y de que desaparezca el error pertinaz de que la rentabilidad es inversamente proporcional al nivel salarial. Como estos encadenamientos perversos no se rompan pronto, va a haber muchos devorados por la depresión; pero la depresión moral. El País

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