23 abril 2013
Versión original: el cine de todos
Por Daniel Martorell
Revista Yorokobu, 19 de abril 2013
Hace aproximadamente un año, la sala Renoir de Palma de Mallorca echaba el cierre tras 15 años de programación y ocho de pérdidas. La ciudad se quedaba así sin su única cartelera en versión original. El cine más independiente y con subtítulos ya no era negocio y el mercado dictaba sentencia de muerte. O eso parecía.
Al poco de conocerse la noticia, cerca de 2.000 cinéfilos se movilizaron para rescatar las cuatro salas, hacerlas suyas y mantener encendida —con romanticismo y tesón— la bombilla del proyector. El antiguo propietario puso el primer granito de arena —regalarles las máquinas de proyección—, y la loca idea de que la ciudadanía se adueñara del cine empezó a tomar forma.
Liderado por gente que venía del mundo de la televisión, productoras y amantes del cine en general, y respaldado por el entusiasmo de 2.000 activistas soñadores, el proyecto se hizo realidad y echó a andar en pocos meses. El grito original de ‘Salvem els Renoir!’ dio paso a una red organizada Asociació Xarxa Cinema, con diversas comisiones de trabajo, un sistema de cuotas para asegurar la viabilidad del proyecto, y la convicción de que el mercado se había equivocado y que la voluntad popular podía triunfar. Querían cine de calidad y en versión original. Y a día de hoy lo tienen.
En S’Escorxador, el antiguo matadero de Palma, Cineciutat enciende sus bombillas a diario con una programación elegida en asamblea y por sus socios. Títulos menos comerciales que en las salas generalistas y reposiciones del cine de toda la vida. Esta pequeña familia está formada por seis empleados (la taquillera, el portero, el encargado del bar, dos proyeccionistas y el gerente), cien personas al frente de las comisiones y algo más de 1.600 socios que aportan 100 euros al año a cambio de entradas a 4 euros —para ellos y un acompañante— y una invitación al mes.
Sufriendo y haciendo innumerables cábalas, el modelo de autogestión resiste a los envites de la industria. Pero no es fácil. Uno de los grandes escollos es lograr la confianza de las distribuidoras para que cedan copias de las películas. “Cuando hablamos con ellas —explica Javier Pachón, el gerente— les tenemos que repetir una y otra vez que no somos una comunidad ‘hippie’. Tenemos que enamorarlas con este proyecto. Seducirlas usando el romanticismo también”.
Si algo tienen claro los responsables de la asociación es que el cine debe adaptarse a los nuevos tiempos y aportar algo más que dos horas de entretenimiento con el estreno de turno. “Si no hay espectadores esto se hunde. Por eso no nos queda otra que dinamizar las proyecciones. Ofrecer algo más, como, por ejemplo, invitar a los directores para que charlen con los espectadores después de la película, o montar talleres de guión y dirección para escolares. O simplemente pensar que quizás haya 500 personas tan frikis como tú, que les encantaría ver Los Goonies o El halcón maltés en pantalla grande. Y eso es lo que hacemos”.
La cartelera de Cineciutat ha logrado, de momento, un cambio en la oferta cultural de la ciudad: el cine en versión original y el de reposición empiezan a ofertarse también en otras salas, cuando hasta ahora los exhibidores palmesanos jamás habían apostado por ello. Pese a vivir con la soga el cuello por cuestiones de financiación, el sueño de un grupo de ciudadanos amantes del cine sigue vivo. “Sé que es una batalla perdida —confiesa Carles Llull, miembro de la comisión de Educación—, por eso me encanta todo esto”. Javier Pachón sonríe, en una mezcla de resignación y satisfacción por lo conseguido. Y lanza la reflexión: “¿Todo se basa en el dinero? No. ¿El mercado manda? Depende… El mercado cerró un cine aquí, pero la sociedad le dijo que no”.
Revista Yorokobu, 19 de abril 2013
Hace aproximadamente un año, la sala Renoir de Palma de Mallorca echaba el cierre tras 15 años de programación y ocho de pérdidas. La ciudad se quedaba así sin su única cartelera en versión original. El cine más independiente y con subtítulos ya no era negocio y el mercado dictaba sentencia de muerte. O eso parecía.
Al poco de conocerse la noticia, cerca de 2.000 cinéfilos se movilizaron para rescatar las cuatro salas, hacerlas suyas y mantener encendida —con romanticismo y tesón— la bombilla del proyector. El antiguo propietario puso el primer granito de arena —regalarles las máquinas de proyección—, y la loca idea de que la ciudadanía se adueñara del cine empezó a tomar forma.
Liderado por gente que venía del mundo de la televisión, productoras y amantes del cine en general, y respaldado por el entusiasmo de 2.000 activistas soñadores, el proyecto se hizo realidad y echó a andar en pocos meses. El grito original de ‘Salvem els Renoir!’ dio paso a una red organizada Asociació Xarxa Cinema, con diversas comisiones de trabajo, un sistema de cuotas para asegurar la viabilidad del proyecto, y la convicción de que el mercado se había equivocado y que la voluntad popular podía triunfar. Querían cine de calidad y en versión original. Y a día de hoy lo tienen.
En S’Escorxador, el antiguo matadero de Palma, Cineciutat enciende sus bombillas a diario con una programación elegida en asamblea y por sus socios. Títulos menos comerciales que en las salas generalistas y reposiciones del cine de toda la vida. Esta pequeña familia está formada por seis empleados (la taquillera, el portero, el encargado del bar, dos proyeccionistas y el gerente), cien personas al frente de las comisiones y algo más de 1.600 socios que aportan 100 euros al año a cambio de entradas a 4 euros —para ellos y un acompañante— y una invitación al mes.
Sufriendo y haciendo innumerables cábalas, el modelo de autogestión resiste a los envites de la industria. Pero no es fácil. Uno de los grandes escollos es lograr la confianza de las distribuidoras para que cedan copias de las películas. “Cuando hablamos con ellas —explica Javier Pachón, el gerente— les tenemos que repetir una y otra vez que no somos una comunidad ‘hippie’. Tenemos que enamorarlas con este proyecto. Seducirlas usando el romanticismo también”.
Si algo tienen claro los responsables de la asociación es que el cine debe adaptarse a los nuevos tiempos y aportar algo más que dos horas de entretenimiento con el estreno de turno. “Si no hay espectadores esto se hunde. Por eso no nos queda otra que dinamizar las proyecciones. Ofrecer algo más, como, por ejemplo, invitar a los directores para que charlen con los espectadores después de la película, o montar talleres de guión y dirección para escolares. O simplemente pensar que quizás haya 500 personas tan frikis como tú, que les encantaría ver Los Goonies o El halcón maltés en pantalla grande. Y eso es lo que hacemos”.
La cartelera de Cineciutat ha logrado, de momento, un cambio en la oferta cultural de la ciudad: el cine en versión original y el de reposición empiezan a ofertarse también en otras salas, cuando hasta ahora los exhibidores palmesanos jamás habían apostado por ello. Pese a vivir con la soga el cuello por cuestiones de financiación, el sueño de un grupo de ciudadanos amantes del cine sigue vivo. “Sé que es una batalla perdida —confiesa Carles Llull, miembro de la comisión de Educación—, por eso me encanta todo esto”. Javier Pachón sonríe, en una mezcla de resignación y satisfacción por lo conseguido. Y lanza la reflexión: “¿Todo se basa en el dinero? No. ¿El mercado manda? Depende… El mercado cerró un cine aquí, pero la sociedad le dijo que no”.
01 marzo 2013
Weekend, o la homofobia invisible
JORDI COSTA
Uno de los dos personajes principales de esta película, que oculta bajo su naturalidad y su discreción expresiva su verdadera importancia, es un estudiante de arte, Glen (un debutante Chris New, versión British, gay y algo jíbara de Ryan Gosling), que graba los testimonios de sus ocasionales compañeros de cama para un proyecto artístico. Cuando, en una cita posterior, su último ligue, Russell (un Tom Cullen impecable), le pregunta sobre la relevancia artística de su proyecto, Glen suelta una argumentación que funciona perfectamente como agenda oculta de la propia Weekend: “Los gays nunca hablan en público (de su actividad sexual) a menos que sean indirectas baratas. Creo que es porque se avergüenzan. (…) ¿Sabes cuando duermes por primera vez con alguien que no conoces? Te conviertes en un lienzo en blanco y tienes la oportunidad de proyectar sobre ese lienzo quién quieres ser. Y eso es lo interesante porque todo el mundo lo hace. (…) Lo que ocurre es que mientras proyectas quién quieres ser, se abre un hueco entre quién quieres ser y quién eres realmente, y ese hueco te enseña qué te impide ser quién quieres ser”.
Segundo trabajo de Andrew Haigh, ayudante de montaje de Ridley Scott que acabó participando en la edición de Manolete (2008) y debutó en la dirección de largos con Greek Pete (2009) –película sobre las perplejidades sentimentales en la relación entre un chapero y su pareja estable-, Weekend es una película sobresaliente que, a primera vista, no parece una obra únicamente dirigida al público gay: habla de algo tan universal como el amor y de las subterráneas corrientes emocionales que acaban convirtiendo el ligue de una noche en algo que, cuaje o no, acabará resonando en el futuro. La homosexualidad y su representación no son el tabú a superar, pero la película acaba revelando, sutilmente, su carácter reivindicativo al señalar con el dedo la asumida homofobia en nuestros protocolos de comportamiento: por superada que creamos tener, sobre el papel, la idea de la relación entre personas del mismo sexo, ¿por qué sigue siendo problemático que las parejas homosexuales expresen su afecto en público?, ¿somos conscientes de las veces en que, a lo largo del día, una pareja homosexual escucha un comentario intolerante al fondo, una mirada reprobatoria, un atisbo de incomodidad grupal?
Weekend no crispa su discurso: habla de algo en lo que todos nos podemos reconocer, propone dos sólidos retratos de personajes hechos de contradicciones y vulnerabilidades y describe una cotidianidad donde la homofobia es inercia, piel invisible de los comportamientos de quienes nunca se considerarían intolerantes. (El País, 28 de febrero de 2013)
Artículo relacionado> Breve encuentro, Javier Pérez Martín, Revista Magnolia
Uno de los dos personajes principales de esta película, que oculta bajo su naturalidad y su discreción expresiva su verdadera importancia, es un estudiante de arte, Glen (un debutante Chris New, versión British, gay y algo jíbara de Ryan Gosling), que graba los testimonios de sus ocasionales compañeros de cama para un proyecto artístico. Cuando, en una cita posterior, su último ligue, Russell (un Tom Cullen impecable), le pregunta sobre la relevancia artística de su proyecto, Glen suelta una argumentación que funciona perfectamente como agenda oculta de la propia Weekend: “Los gays nunca hablan en público (de su actividad sexual) a menos que sean indirectas baratas. Creo que es porque se avergüenzan. (…) ¿Sabes cuando duermes por primera vez con alguien que no conoces? Te conviertes en un lienzo en blanco y tienes la oportunidad de proyectar sobre ese lienzo quién quieres ser. Y eso es lo interesante porque todo el mundo lo hace. (…) Lo que ocurre es que mientras proyectas quién quieres ser, se abre un hueco entre quién quieres ser y quién eres realmente, y ese hueco te enseña qué te impide ser quién quieres ser”.
Segundo trabajo de Andrew Haigh, ayudante de montaje de Ridley Scott que acabó participando en la edición de Manolete (2008) y debutó en la dirección de largos con Greek Pete (2009) –película sobre las perplejidades sentimentales en la relación entre un chapero y su pareja estable-, Weekend es una película sobresaliente que, a primera vista, no parece una obra únicamente dirigida al público gay: habla de algo tan universal como el amor y de las subterráneas corrientes emocionales que acaban convirtiendo el ligue de una noche en algo que, cuaje o no, acabará resonando en el futuro. La homosexualidad y su representación no son el tabú a superar, pero la película acaba revelando, sutilmente, su carácter reivindicativo al señalar con el dedo la asumida homofobia en nuestros protocolos de comportamiento: por superada que creamos tener, sobre el papel, la idea de la relación entre personas del mismo sexo, ¿por qué sigue siendo problemático que las parejas homosexuales expresen su afecto en público?, ¿somos conscientes de las veces en que, a lo largo del día, una pareja homosexual escucha un comentario intolerante al fondo, una mirada reprobatoria, un atisbo de incomodidad grupal?
Weekend no crispa su discurso: habla de algo en lo que todos nos podemos reconocer, propone dos sólidos retratos de personajes hechos de contradicciones y vulnerabilidades y describe una cotidianidad donde la homofobia es inercia, piel invisible de los comportamientos de quienes nunca se considerarían intolerantes. (El País, 28 de febrero de 2013)
Artículo relacionado> Breve encuentro, Javier Pérez Martín, Revista Magnolia
Labels:
cine,
homofobia,
homoilustración
05 febrero 2013
26 enero 2013
Europa o el caos
Un grupo de filósofos, escritores y periodistas alerta sobre los
riesgos de deshacer la Europa soñada tras la Segunda Guerra Mundial.
Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco,
György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes,
Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater, Peter Schneider
lanzan un manifiesto con una clara advertencia: unión política o muerte.
No Europa como territorio, naturalmente.
Sino Europa como Idea.
Europa como sueño y como proyecto.
La Europa acorde con el espíritu elogiado por Edmund Husserl en sus dos grandes conferencias pronunciadas en 1938 en Viena y Berlín, en vísperas de la catástrofe nazi.
Europa como voluntad y representación, como sueño y como construcción, esta Europa que pusieron en pie nuestros padres, esta Europa que supo transformarse en una idea nueva, que fue capaz de aportar a los pueblos que acababan de salir de la Segunda Guerra Mundial una paz, una prosperidad y una difusión de la democracia sin precedentes, pero que, ante nuestros propios ojos, está deshaciéndose una vez más.
Se deshace en Atenas, una de sus cunas, en medio de la indiferencia y el cinismo de sus naciones hermanas: hubo un tiempo, el del movimiento filohelénico de principios del siglo XIX, en el que desde Chateaubriand hasta el Byron de Missolonghi, desde Berlioz hasta Delacroix, desde Pushkin hasta el joven Victor Hugo, todos los artistas, poetas, grandes mentes de Europa, volaban en su auxilio y militaban en favor de su libertad. Hoy estamos lejos de eso; y da la impresión de que los herederos de aquellos grandes europeos, mientras los helenos libran una nueva batalla contra otra forma de decadencia y sujeción, no tienen nada mejor que hacer que reprenderles, estigmatizarlos, despreciarlos y —con el plan de rigor impuesto como programa de austeridad, que se les conmina a seguir— despojarles del principio de soberanía que, hace tanto tiempo, inventaron ellos mismos.
Se deshace en Roma, su otra cuna, su otro pedestal, la segunda matriz (la tercera es el espíritu de Jerusalén) de su moral y su saber, el otro lugar en el que se inventó esta distinción entre la ley y el derecho, entre el ser humano y el ciudadano, que constituye el origen del modelo democrático que tanto ha aportado, no solo a Europa, sino al mundo: esa fuente romana contaminada por los venenos de un berlusconismo que no acaba de desaparecer, esa capital espiritual y cultural a veces incluida, junto a España, Portugal, Grecia e Irlanda, en los famosos "PIIGS" a los que fustigan unas instituciones financieras sin conciencia ni memoria, ese país que enseñó a embellecer el mundo en Europa y que ahora parece, con razón o sin ella, el enfermo del continente. ¡Qué miseria! ¡Qué ridículo!
Se deshace en todas partes, de este a oeste, de norte a sur, con el ascenso de los populismos, los chauvinismos, las ideologías de exclusión y odio que Europa tenía precisamente como misión marginar, debilitar, y que vuelven vergonzosamente a levantar la cabeza. ¡Qué lejos está la época en la que, por las calles de Francia, en solidaridad con un estudiante insultado por el responsable de un partido de memoria tan escasa como sus ideas, se cantaba "todos somos judíos alemanes"! ¡Qué lejanos parecen hoy los movimientos solidarios, en Londres, Berlín, Roma, París, con los disidentes de aquella otra Europa que Milan Kundera llamaba la Europa cautiva y que parecía el corazón del continente! Y en cuanto a la pequeña internacional de espíritus libres que luchaban, hace 20 años, por esa alma europea que encarnaba Sarajevo, bajo las bombas y presa de una despiadada "limpieza étnica", ¿dónde está? ¿Por qué ya no se la oye?
Y además, Europa se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro, que todos sentimos que no está resuelta en absoluto : ¿no es una quimera esa moneda única abstracta, flotante, que no está unida a unas economías, unos recursos ni unas fiscalidades convergentes? ¿No es evidente que las únicas monedas comunes que han funcionado (el marco después del Zollverein, la lira de la unidad italiana, el franco suizo, el dólar) son las que se apoyaban en un proyecto político común? ¿No existe una ley de hierro que dice que, para que haya una moneda única, tiene que haber un mínimo de presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?
El teorema es implacable.
Sin federación, no hay moneda que se sostenga.
Sin unidad política, la moneda dura unos cuantos decenios y después, aprovechando una guerra o una crisis, se disuelve.
En otras palabras, sin un serio avance de esta integración política, obligatoria según los tratados europeos pero que ningún responsable parece querer tomar en serio, sin un abandono de competencias por parte de los Estados nacionales, sin una franca derrota, por tanto, de esos "soberanistas" que empujan a sus ciudadanos al repliegue y la debacle, el euro se desintegrará como se habría desintegrado el dólar si los sudistas hubieran ganado, hace 150 años, la Guerra de Secesión.
Antes se decía: socialismo o barbarie.
Hoy debemos decir: unión política o barbarie.
Mejor dicho: federalismo o explosión y, en la locura de la explosión, regresión social, precariedad, desempleo disparado, miseria.
Mejor dicho: o Europa da un paso más, y decisivo, hacia la integración política, o sale de la Historia y se sume en el caos.
Ya no queda otra opción: o la unión política o la muerte.
Una muerte que podría adoptar muchas formas y dar varios rodeos.
Puede durar dos, tres, cinco, 10 años, y estar precedida de numerosas remisiones que den la sensación, una y otra vez, de que lo peor ha pasado.
Pero llegará. Europa saldrá de la Historia. De una u otra forma, si no se hace algo, desaparecerá. Esto ha dejado de ser una hipótesis, un vago temor, un trapo rojo que se agita ante los europeos recalcitrantes. Es una certeza. Un horizonte insuperable y fatal. Todo lo demás —trucos de magia de unos, pequeños acuerdos de otros, fondos de solidaridad por aquí, bancos de estabilización por allá— solo sirve para retrasar el fin y entretener al moribundo con la ilusión de una prórroga.
*Firmantes: Vassilis Alexakis, Hans
Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia
Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris,
Salman Rushdie, Fernando Savater y Peter Schneider [+cmg].
28 diciembre 2012
Leo Bassi y la Iglesia Patólica
Leo Bassi se ató ayer la mitra a la cabeza para presentar la primera capilla dedicada al patolicismo.
Fue en Lavapiés, a pocos metros del Nuevo Café Barbieri. Allí el cómico
proclamó la religión de la que se ha erigido sumo pontífice y que
promulga el pensamiento crítico y el humor como mandamiento. Sus fieles
se declaran "hijos de la Ilustración y defensores de la duda como escudo
contra los oscurantismos, totalitarismos o las supersticiones". Quienes
no lo acepten y les insulten no recibirán castigo divino, ya que el
dogma es que no hay dogma. Eso sí, serán considerados unos anti-páticos.
La elección de un patito de goma como Dios es para Bassi "una manera
de evitar caer en la idolatría o la intolerancia, pecados de todas las
religiones". En una crítica a la retirada de Educación para la
Ciudadanía de las aulas y a los coqueteos del PP con el clero, en el
patolicismo ofrecen educar a los niños en los ideales ilustrados,
empezando por el ateísmo. Su particular capilla, decorada con retratos
de brillantes pensadores de los últimos tiempos, se ofrece como templo
para casar a todos aquellos que demuestren lo más importante: que hay
amor de por medio. También se ofrecen a realizar el rito del bautismo
patológico, aunque solo a mayores de 18 años. "Consideramos el bautismo
de niños como anti-pático", reza su página web.
10 diciembre 2012
Escuela de santidad
FELIPE BENÍTEZ REYES
EL PAÍS Andalucía, 25-11-2005
Todo
el mundo tiene derecho a reclamar sus derechos, sobre todo cuando se
trata de derechos torcidos. Torcidos por el curso de la realidad, por
ejemplo. O de la historia. O de los azares pequeños de la vida. Pero hay
derechos adquiridos que no sólo pueden perderse, sino que deben
perderse para que gire la rueda de los derechos, que no siempre puede
detenerse en el mismo sitio.
La
iglesia católica exige su derecho a seguir en los programas educativos,
en calidad de secta infiltrada, con todas sus prerrogativas. Es uno de
sus derechos históricos, al margen de los cambios históricos. O eso
creen. Y eso defienden. Si los curas fuesen apartados de los planes de
enseñanza -cosa que no va a ocurrir-, España acabaría convirtiéndose en
una sucursal babilónica de ahí te espero, entre otras cosas porque ya no
podrían infectar la conciencia de los menores con recursos de novela
gótica: dioses ensangrentados, santos mártires, vírgenes milagrosas que
lloran sangre por la legalización del aborto o del matrimonio mariquita,
niños que prefieren morir antes que pecar, rosarios aurorales
protagonizados por ancianas insomnes y enlutadas que parecen haberse
fugado del sepulcro, y así.
Llegaba
uno al colegio y allí estaban, empeñados en meternos el miedo en el
cuerpo para que le cogiésemos asco a nuestro cuerpo, obligándonos a
confesar, a delatar nuestro pequeño mundo de prodigios y descubrimientos
sensoriales, mientras nos magreaban la nuca al son del relato de
nuestras abominaciones, empeñados en instruirnos sobre las penalidades
infinitas de los pecadores, bajo un crucifijo flanqueado por una foto
meliflua del Caudillo y otra de José Antonio Primo de Rivera, el siempre
presente, el repeinado. ¿Y ahora qué más quieren ustedes, por favor?
08 noviembre 2012
Matrimonio gay y restauración conservadora
Por Josep Ramoneda
El País, 8 de noviembre de 2012
Después de siete años y veintidós mil matrimonios, el Tribunal Constitucional ha validado el matrimonio homosexual al rechazar el recurso del PP contra la ley que lo legalizaba. A menudo, los tribunales llegan tarde. La sociedad había ya decidido, asumiendo con toda normalidad una ley que no ha traído ninguno de los terribles males que el PP y su coro de acompañamiento episcopal auguraban.
Afortunadamente, el tribunal en esta ocasión no ha querido enmendar lo que la ciudadanía ya había asumido con toda naturalidad. No podía ser de otra manera. El Constitucional es garante de los derechos y libertades de los ciudadanos. Difícilmente podía objetar una ley que reconoce a un sector importante de nuestros conciudadanos un derecho que se les negaba y amplía, por tanto, las opciones de vida, sin perjudicar a nadie, salvo a las atormentadas mentes homófobas. Es un triunfo de Zapatero, que tuvo el coraje de impulsar una serie de reformas en los derechos civiles que sitúan a España junto a los países más avanzados en el campo de las libertades personales, después del enorme retraso acumulado por tantos años de imposición del nacional-catolicismo. El fracaso de la presidencia de Zapatero, por su errática gestión de la crisis económica y social, que ha hundido el proyecto socialista, no debe impedir el reconocimiento a una serie de reformas que han ampliado las opciones y los derechos de los ciudadanos. Reformas que a su vez no justifican una de sus extrañas maniobras compensatorias. Zapatero fue el presidente de la democracia que más dinero dio la Iglesia Católica. Una vela al diablo, una dádiva a Dios.
Pero la decisión del Constitucional es también un fracaso del PP, que ve rechazado su recurso. Y un golpe al proyecto de restauración conservadora que Mariano Rajoy ha encargado a Alberto Ruiz-Gallardón y a José Ignacio Wert. Dicen en el entorno del PP que la decisión del Alto Tribunal ha sido un alivio, porque libra al gobierno de las consecuencias que habría tenido una rectificación de la ley. Son niveles de cinismo difíciles de superar. La ley era inadmisible para ellos hace siete años, por razones, al decir de los sobreactuados discursos de la época, de profundo calado moral y social. Y ahora es una suerte no tener que tocarla porque nos ahorramos un gran lío. ¿Cómo se justifica entonces la que montaron en su momento? ¿Es aceptable jugar con la suerte de un colectivo de millones de personas por espurios intereses políticos? El gobierno ni siquiera ha pedido disculpas a las 22.000 parejas que han vivido estos años con la zozobra de que el Constitucional pudiera anular la ley y dejarlas en la ilegalidad.
Se trata de uno de tantos episodios de los años negros del PP en la oposición en que, con tal de desgastar al gobierno socialista, buscó sistemáticamente ganar en los tribunales lo que perdía en el parlamento, utilizó la lucha antiterrorista como materia de confrontación política y se lanzó a campañas desaforadas recorriendo las calles del brazo de los obispos o recogiendo firmas y promoviendo boicots contra el Estatuto catalán de 2006.
La decisión del Constitucional llega precisamente cuando Francia está en pleno debate sobre el matrimonio homosexual. También allí la derecha se alía con la Iglesia Católica para dar la batalla contra el gobierno socialista. Que lo hiciera una derecha como la española, que bebió del nacional-catolicismo en un pasado no tan lejano y que todavía tiene una parte de la parroquia atenta a los prelados, podría ser explicable, que lo haga la derecha republicana francesa (o una parte de ella) es inquietante, porque puede dar pistas sobre el calado de la revolución conservadora. Afortunadamente, Barack Obama ha ganado las elecciones en Estados Unidos y ha frenado la ofensiva cultural que habría seguido a una victoria de Mitt Romney. Pero Obama ha ganado en un país profundamente dividido, “como nunca lo había estado desde la II Guerra Mundial”, en palabras del periodista John Lee Anderson. Lo que habla de una fractura cultural profunda.
La derecha parece decidida a aprovechar la crisis para reinstalar los valores conservadores: sálvese quien pueda, religiosidad como lenitivo, laboriosidad como destino, rechazo a las minorías, familia convencional, desprecio a los perdedores, estado débil al servicio del dinero. Y, sin embargo, son incapaces de capitalizar el deseo conservador de los homosexuales de vivir en matrimonio y formar una familia como los demás. Son unas derechas muy patriarcales, que detestan las minorías por encima de todo porque las ven como una amenaza a su cerrada estructura de poder.
El País, 8 de noviembre de 2012
Después de siete años y veintidós mil matrimonios, el Tribunal Constitucional ha validado el matrimonio homosexual al rechazar el recurso del PP contra la ley que lo legalizaba. A menudo, los tribunales llegan tarde. La sociedad había ya decidido, asumiendo con toda normalidad una ley que no ha traído ninguno de los terribles males que el PP y su coro de acompañamiento episcopal auguraban.
Afortunadamente, el tribunal en esta ocasión no ha querido enmendar lo que la ciudadanía ya había asumido con toda naturalidad. No podía ser de otra manera. El Constitucional es garante de los derechos y libertades de los ciudadanos. Difícilmente podía objetar una ley que reconoce a un sector importante de nuestros conciudadanos un derecho que se les negaba y amplía, por tanto, las opciones de vida, sin perjudicar a nadie, salvo a las atormentadas mentes homófobas. Es un triunfo de Zapatero, que tuvo el coraje de impulsar una serie de reformas en los derechos civiles que sitúan a España junto a los países más avanzados en el campo de las libertades personales, después del enorme retraso acumulado por tantos años de imposición del nacional-catolicismo. El fracaso de la presidencia de Zapatero, por su errática gestión de la crisis económica y social, que ha hundido el proyecto socialista, no debe impedir el reconocimiento a una serie de reformas que han ampliado las opciones y los derechos de los ciudadanos. Reformas que a su vez no justifican una de sus extrañas maniobras compensatorias. Zapatero fue el presidente de la democracia que más dinero dio la Iglesia Católica. Una vela al diablo, una dádiva a Dios.
Pero la decisión del Constitucional es también un fracaso del PP, que ve rechazado su recurso. Y un golpe al proyecto de restauración conservadora que Mariano Rajoy ha encargado a Alberto Ruiz-Gallardón y a José Ignacio Wert. Dicen en el entorno del PP que la decisión del Alto Tribunal ha sido un alivio, porque libra al gobierno de las consecuencias que habría tenido una rectificación de la ley. Son niveles de cinismo difíciles de superar. La ley era inadmisible para ellos hace siete años, por razones, al decir de los sobreactuados discursos de la época, de profundo calado moral y social. Y ahora es una suerte no tener que tocarla porque nos ahorramos un gran lío. ¿Cómo se justifica entonces la que montaron en su momento? ¿Es aceptable jugar con la suerte de un colectivo de millones de personas por espurios intereses políticos? El gobierno ni siquiera ha pedido disculpas a las 22.000 parejas que han vivido estos años con la zozobra de que el Constitucional pudiera anular la ley y dejarlas en la ilegalidad.
Se trata de uno de tantos episodios de los años negros del PP en la oposición en que, con tal de desgastar al gobierno socialista, buscó sistemáticamente ganar en los tribunales lo que perdía en el parlamento, utilizó la lucha antiterrorista como materia de confrontación política y se lanzó a campañas desaforadas recorriendo las calles del brazo de los obispos o recogiendo firmas y promoviendo boicots contra el Estatuto catalán de 2006.
La decisión del Constitucional llega precisamente cuando Francia está en pleno debate sobre el matrimonio homosexual. También allí la derecha se alía con la Iglesia Católica para dar la batalla contra el gobierno socialista. Que lo hiciera una derecha como la española, que bebió del nacional-catolicismo en un pasado no tan lejano y que todavía tiene una parte de la parroquia atenta a los prelados, podría ser explicable, que lo haga la derecha republicana francesa (o una parte de ella) es inquietante, porque puede dar pistas sobre el calado de la revolución conservadora. Afortunadamente, Barack Obama ha ganado las elecciones en Estados Unidos y ha frenado la ofensiva cultural que habría seguido a una victoria de Mitt Romney. Pero Obama ha ganado en un país profundamente dividido, “como nunca lo había estado desde la II Guerra Mundial”, en palabras del periodista John Lee Anderson. Lo que habla de una fractura cultural profunda.
La derecha parece decidida a aprovechar la crisis para reinstalar los valores conservadores: sálvese quien pueda, religiosidad como lenitivo, laboriosidad como destino, rechazo a las minorías, familia convencional, desprecio a los perdedores, estado débil al servicio del dinero. Y, sin embargo, son incapaces de capitalizar el deseo conservador de los homosexuales de vivir en matrimonio y formar una familia como los demás. Son unas derechas muy patriarcales, que detestan las minorías por encima de todo porque las ven como una amenaza a su cerrada estructura de poder.
29 octubre 2012
20 octubre 2012
Wertlandia
Por Román Orozco
El País Andalucía, 17 de octubre de 2012
José Ignacio Wert se ha convertido en la estrella de la división acorazada mediática del país. Cuando fue nombrado ministro, parecía que iba a representar el ala más liberal del Gobierno. Pero no ha sido así. Al contrario. Desde el primer día, ha añadido el calificativo ultra a su liberalismo de tertulia radiofónica.
Dos de sus primeras hazañas le granjearon la simpatía de los sectores más reaccionarios de la derecha: la anulación de la asignatura Educación para la Ciudadanía y las subvenciones a los colegios concertados (ultra) religiosos que segregan a sus alumnos por sexo. Su última proeza ha sido afirmar que los niños catalanes necesitan ser españolizados.
Estas decisiones de Wert no son fruto de la casualidad o de su inexperiencia política. Él mismo ha reconocido que no improvisó su andanada anticatalanista. Y días después afirmó: “No rectifico ni una coma”.
Bajo el paraguas de la crisis, el Gobierno del PP está introduciendo profundos cambios que afectan a todos los ámbitos de la vida española: la reforma laboral, que entrega todo el poder al empresario; la recentralización del modelo autonómico; las reformas que desvirtúan el derecho al aborto y endurecen el Código Penal... Pero lo más peligroso son las reformas ideológicas en la educación.
Como afirma Wert, nada es improvisado. Forma parte del programa oculto que se fragua en la FAES de Aznar. Golpe a golpe, esta derecha ultramontana está arrasando con las bases de una sociedad moderna que lideraba en Europa la defensa de los derechos laborales y sociales.
El control casi absoluto que ejerce en el Estado el PP, tras las elecciones autonómicas, municipales y generales, al que suman el apoyo incondicional de buena parte de los medios de comunicación, públicos (tras el asalto a TVE) y privados, hacen casi imposible que se pueda plantar cara a esta oleada ultraconservadora.
Por ello, es importante observar lo que sucede en reductos como el andaluz, donde gobierna una coalición de izquierdas. El Gobierno de José Griñán, al que no le queda más remedio que cumplir con determinados mandatos de Madrid (ajuste del déficit), intenta dañar lo menos posible en sus ajustes los dos pilares del Estado de bienestar, la sanidad y la educación.
En ese sentido, el Gobierno andaluz contrarresta la ofensiva conservadora con medidas aparentemente menores, pero que tienen un gran simbolismo en estos tiempos. En primer lugar, y en el uso de sus competencias, recuperando las partes que Wert censuró del contenido de la antigua Educación para la Ciudadanía. Así, los niños andaluces podrán seguir estudiando la división social y sexual del trabajo y los prejuicios sociales, racistas, xenófobos, antisemitas, sexistas y homófobos que imperan en la sociedad.
Y frente al revisionismo centralista y reaccionario de la historia, según la cual Franco no fue un dictador, la Junta prepara una Ley para la Recuperación de la Memoria Democrática en Andalucía, que permitirá el estudio en los institutos de la II República, la sublevación militar fascista del 36, o la larga dictadura franquista.
Al tiempo, se aprobarán unas ordenanzas según las cuales los Ayuntamientos que incumplan la vigente Ley de la Memoria Histórica de 2007, y no retiren los símbolos franquistas de sus municipios, dejaran de percibir ayudas y subvenciones de la Junta.
Porque la eliminación de los nombres de calles y plazas de personalidades como García Lorca (caso de Berja, Almería) son algo más que una anécdota. Son el reflejo que llega a los alcaldes de remotos pueblos de que en la España del PP, en esta Wertlandia de pacotilla, se vuelve al pasado.
@JRomanOrozco
El País Andalucía, 17 de octubre de 2012
José Ignacio Wert se ha convertido en la estrella de la división acorazada mediática del país. Cuando fue nombrado ministro, parecía que iba a representar el ala más liberal del Gobierno. Pero no ha sido así. Al contrario. Desde el primer día, ha añadido el calificativo ultra a su liberalismo de tertulia radiofónica.
Dos de sus primeras hazañas le granjearon la simpatía de los sectores más reaccionarios de la derecha: la anulación de la asignatura Educación para la Ciudadanía y las subvenciones a los colegios concertados (ultra) religiosos que segregan a sus alumnos por sexo. Su última proeza ha sido afirmar que los niños catalanes necesitan ser españolizados.
Estas decisiones de Wert no son fruto de la casualidad o de su inexperiencia política. Él mismo ha reconocido que no improvisó su andanada anticatalanista. Y días después afirmó: “No rectifico ni una coma”.
Bajo el paraguas de la crisis, el Gobierno del PP está introduciendo profundos cambios que afectan a todos los ámbitos de la vida española: la reforma laboral, que entrega todo el poder al empresario; la recentralización del modelo autonómico; las reformas que desvirtúan el derecho al aborto y endurecen el Código Penal... Pero lo más peligroso son las reformas ideológicas en la educación.
Como afirma Wert, nada es improvisado. Forma parte del programa oculto que se fragua en la FAES de Aznar. Golpe a golpe, esta derecha ultramontana está arrasando con las bases de una sociedad moderna que lideraba en Europa la defensa de los derechos laborales y sociales.
El control casi absoluto que ejerce en el Estado el PP, tras las elecciones autonómicas, municipales y generales, al que suman el apoyo incondicional de buena parte de los medios de comunicación, públicos (tras el asalto a TVE) y privados, hacen casi imposible que se pueda plantar cara a esta oleada ultraconservadora.
Por ello, es importante observar lo que sucede en reductos como el andaluz, donde gobierna una coalición de izquierdas. El Gobierno de José Griñán, al que no le queda más remedio que cumplir con determinados mandatos de Madrid (ajuste del déficit), intenta dañar lo menos posible en sus ajustes los dos pilares del Estado de bienestar, la sanidad y la educación.
En ese sentido, el Gobierno andaluz contrarresta la ofensiva conservadora con medidas aparentemente menores, pero que tienen un gran simbolismo en estos tiempos. En primer lugar, y en el uso de sus competencias, recuperando las partes que Wert censuró del contenido de la antigua Educación para la Ciudadanía. Así, los niños andaluces podrán seguir estudiando la división social y sexual del trabajo y los prejuicios sociales, racistas, xenófobos, antisemitas, sexistas y homófobos que imperan en la sociedad.
Y frente al revisionismo centralista y reaccionario de la historia, según la cual Franco no fue un dictador, la Junta prepara una Ley para la Recuperación de la Memoria Democrática en Andalucía, que permitirá el estudio en los institutos de la II República, la sublevación militar fascista del 36, o la larga dictadura franquista.
Al tiempo, se aprobarán unas ordenanzas según las cuales los Ayuntamientos que incumplan la vigente Ley de la Memoria Histórica de 2007, y no retiren los símbolos franquistas de sus municipios, dejaran de percibir ayudas y subvenciones de la Junta.
Porque la eliminación de los nombres de calles y plazas de personalidades como García Lorca (caso de Berja, Almería) son algo más que una anécdota. Son el reflejo que llega a los alcaldes de remotos pueblos de que en la España del PP, en esta Wertlandia de pacotilla, se vuelve al pasado.
@JRomanOrozco
Labels:
Educación para la Ciudadanía,
España,
laicismo
16 octubre 2012
20 septiembre 2012
“España, tenemos que hablar”
Así se empiezan muchas de las conversaciones de
pareja en las que una de las partes plantea o bien el final o bien un cuasi
ultimátum. Las razones pueden ser variadas: desenamoramiento, desacuerdos
varios, cambios en el entorno o las condiciones… Exactamente como me siento yo.
España, esa pareja que no siempre ha caído bien entre mis amigos, entre mi
familia. Cada vez que yo te defendía con un “en realidad, no la conocéis bien,
tiene muchas cosas buenas”, tú volvías a hacer algún desdén hacia ellos. Pocas
veces hiciste algún gesto afable por entender la otra lengua que hablamos en
casa, nuestro carácter, nuestra “sequedad” de trato. Cuando parecía que por fin
os acercabais, os entendíais y apreciabais más, cuando parecía que podíais
llevaros bien mi entorno y tú, España, yo era feliz. Porque no tenía la
necesidad de estar decidiendo constantemente a quién prefería: si a mi pareja o
a mi familia; a mamá o a papá. Porque no tenía que plantearme qué escoger,
simplemente tenía las dos cosas, con lo bueno y lo malo de ambas, que tanto nos
enriquece a los catalanes, pero también al resto de españoles. Pero llegó el
momento de las dificultades. Y ante la llamada de los míos a cerrar filas, a
hacer piña y mirar adelante, justo cuando más necesitaba que mostrases tu mejor
“yo”, esa España abierta, tolerante, inclusiva, que respeta e incluso se
enorgullece de su diversidad, la volviste a fastidiar. Me dejas sin argumentos,
querida. Cada vez me cuesta más defenderte. Por eso te digo: “Tenemos que hablar”.
Sonia Andolz-Rodríguez, Barcelona. El País, 20 de
septiembre de 2012
Labels:
Cataluña,
Educación para la Ciudadanía,
España
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



