Por DANIEL GOLEMAN, El País, 18 de septiembre de 1989
El cuerpo humano está predispuesto para la siesta a media tarde, según afirman algunos investigadores que han estudiado los ritmos biológicos del sueño y la vigilia. El prudente disfrute de siestas podría ser la clave para mantener despiertas a personas como conductores de camión o médicos, profesiones que requieren de forma urgente estar en estado de vigilia. Al parecer, la siesta también podría ayudar a conseguir un mejor estado de ánimo.
El interés científico por la siesta surgió casi por casualidad, al intentar varios investigadores discernir las diferentes ciclos de somnolencia y vigilia que se producen a lo largo del día. Un número considerable de estudios, con métodos que van desde el registro de ondas cerebrales hasta el apunte minucioso de periodos de somnolencia, han conducido a la sorprendente conclusión de que hay una fuerte predisposición biológica al sueño durante la primera parte de la tarde, incluso en personas que han dormido una noche completa. Las siestas que tienen efectos saludables para la salud son las que duran entre 30 y 90 minutos.
Aunque mucha gente piensa que la somnolencia de primera hora de la tarde es producida por comidas copiosas, las investigaciones indican que no es así. Según Roger Broughton, profesor de neurología de la universidad de Ottawa, la disminución que se detecta en el estado de vigilia y en la viveza intelectual se produce con o sin comida. Según este neurólogo, este estado depende únicamente de la hora del día.
“Parece como si la naturaleza obligase a los adultos a echar una cabezadilla a mitad de la jornada, probablemente para evitar el sol más fuerte de esas horas”, opina William Dement, director del Centro Clínico de Investigación y Desórdenes del Sueño de la universidad de Stamford. Hasta 1986 no se hizo pública la primera prueba concreta de que el cuerpo tiene la necesidad interna de la siesta. Para la realización de estos estudios, los investigadores situaban a varios voluntarios a una misma hora en una habitación situada en un sótano, sin relojes ni ningún dispositivo que les permitiera saber si era de día o de noche. Siguiendo sus propios ritmos, los voluntarios solían dormir en dos periodos: un sueño largo durante la noche, y un periodo de dos o tres horas durante la tarde.
Como promedio, la siesta comenzaba horas después de la mitad del periodo principal de sueño. Por ejemplo, alguien que durmiese desde las doce de la noche hasta las seis de la mañana, estaría altamente predispuesto a dar una cabezada alrededor de las tres de la tarde.
Según Broughton, “este estudio ofrece la primera conclusión evidente de que la siesta es un proceso generado internamente por el cerebro, como una parte más del reloj biológico que regula los ciclos de sueño y vigilia”. Igualmente, señala que, en culturas en las que la siesta es una costumbre, ésta siempre tiene lugar a primera hora de la tarde. Por otra parte, existe una extensa documentación que demuestra la caída del rendimiento en el trabajo que se produce a primeras horas de la tarde, junto con un incremento del número de accidentes laborales atribuibles a la somnolencia.
En una investigación más reciente, Peretz Lavie, investigador del sueño en el Instituto de Tecnología de Haifa, ha señalado nuevas pruebas que evidencian la necesidad de la siesta. Para la realización de esta investigación, los voluntarios controlados por Lavie eran sometidos a ciclos de sueño/vigilia de 20 minutos, en los que dormían siete minutos y permanecían despiertos durante otros trece durante varios días. Mediante este experimento, Lavie pudo determinar la rapidez con que se cae dormido a diferentes horas del día.
Según Lavie además de la predisposición normal a dormir durante la noche, se observa también un pico a primera hora de la tarde en cuanto a la necesidad de sueño se refiere. Este pico se produce entre dos picos del periodo de vigilia; a saber, durante la mañana y al anochecer. Es en estos dos momentos cuando resulta más difícil conciliar el sueño, incluso en el caso de aquellas personas que no han podido dormir la noche anterior.
Mientras que la siesta es común a muchas culturas, especialmente en aquellas que se han desarrollado en climas tropicales, parece ser que su práctica está disminuyendo como consecuencia de los procesos de industrialización. En un estudio panorámico sobre hábitos del sueño en diferentes países, Wilse Webb, psicólogo de la universidad de Florida, y David Dinges, investigador de la universidad de Pennsylvania, establecieron que, a medida que los países se industrializan, los Gobiernos intentan acabar con la siesta mediante una redistribución de los horarios de trabajo de la tarde. Si la conclusión de Dinges es cierta, esa opción puede ser errónea. Y añade: “Si alguien no ha dormido bastante por la noche, una siesta mejorará el nivel de atención durante la vigilia y dará la sensación de una mayor energía para emprender varias tareas”.
Entre las capacidades mentales que se ven alertadas gracias a la siesta hay que citar la de mantener una atención sostenida al realizar una tarea, así como la que permite adoptar decisiones complejas. Esta mejora en las capacidades es notable en el caso de aquellas personas que no han dormido lo suficiente la noche anterior. En quienes han descansado lo suficiente, el principal beneficio que se deriva de la siesta es, sobre todo, una mejoría del humor y del estado de ánimo. [Texto adaptado B1]
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