21 noviembre 2023

Gonzalo Orquín: pintando las migraciones humanas


El Migratie Museum Migration de Bruselas presenta desde el 22 de noviembre de 2023 hasta el 15 de febrero de 2024 la exposición "Being Human - The sea at night is too big", del artista español residente en Roma Gonzalo Orquín, un evento colateral de la presidencia española de la Unión Europea. Comisionada por la Embajada de España en el Reino de Bélgica, la exposición nace de una idea de Francesca Paci, periodista de La Stampa, y tiene como objetivo contar historias y experiencias de migrantes y refugiados que llegan a Europa, centrándose en particular en dos de los principales puntos de llegada: por mar, en Lampedusa, Italia, a través del Mare Nostrum, y Bihac, en Bosnia, en la llamada "ruta balcánica”.

Filippo Grandi, Comisionado de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para losRefugiados (ACNUR) : “Cada obra de arte en esta exposición actúa como un puente entre las personas, compartiendo historias de valentía. Cada una hablará al espectador a su manera. Al conocer las historias y reconocer algunos de los rostros, desempeñamos nuestro papel en poner a las personas en el centro de cómo abordamos la migración y el asilo.”

Amy Pope, Directora General de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) : “Las imágenes nos hablan directamente y cuentan una historia que trasciende las palabras. Esperamos que esta maravillosa exposición inspire a todos los que se encuentren con estas ventanas a la experiencia de los migrantes. Este arte es una herramienta poderosa para enriquecer las percepciones sobre uno de los temas más importantes de nuestro tiempo.”

"Being Human", explica Orquín, "es una exposición que, honrando la tradición española del retrato y el realismo, busca dar voz a aquellos que con demasiada frecuencia son invisibles. Un proyecto que, a través del arte, busca crear un puente de comprensión y empatía, recordándonos que detrás de cada migrante o refugiado, hay una historia única y valiosa que merece ser contada y celebrada. El nombre y la historia junto a cada cuadro aseguran que las historias de los migrantes, refugiados, jóvenes, adultos, madres, niños, perduren y se compartan”.

Las 16 obras expuestas describen a los migrantes como individuos únicos y no como una masa anónima. Son retratos a los que Gonzalo Orquín les da un nombre, un rostro y una historia, fruto de encuentros en los que el artista supo de sus historias de supervivencia. Los cuadros Incluyen tanto escenas duras y sombrías de intensidad dramática, como el desembarco nocturno de una patera en el Mar Egeo, o el momento en que llegan jóvenes de Afganistán después de seis meses de caminar con los pies destrozados por llagas que algunos voluntarios curan, como momentos de esperanza, particularmente en las pinturas que representan escenas de maternidad: historias contemporáneas que provienen de diferentes partes del mundo, como Nepal, Nigeria o Ghana.

La exposición también incluye una pintura que representa a un joven de espaldas, sin mostrar su rostro, que compartió su experiencia como refugiado LGTB. Una obra que busca destacar las dificultades enfrentadas por las personas homosexuales en su búsqueda de un futuro mejor en un mundo en el que 67 países aún consideran la homosexualidad un delito.

Para llevar a cabo el proyecto, el artista de Aracena colaboró con ARCI, ICS (Consorcio Italiano de Solidaridad - Oficina de Refugiados), OIM (Organización Internacional para las Migraciones) y ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), con la colaboración especial del fotoperiodista Francesco Malavolta.

Parte de los ingresos de la venta de las obras se donará a las asociaciones que hicieron posible el encuentro con los protagonistas de esta exposición. Cada pintura tiene un nombre ficticio, para respetar la privacidad de la persona retratada y una cartela que narra su historia. Utilizando diversas técnicas con gran maestría, óleo sobre lienzo o collage, Gonzalo Orquín busca representar la esencia de cada individuo a través de retratos detallados de sabor universal, en la secular tradición del realismo pictórico español.


27 octubre 2023

Solo prescribe lo que no se describe

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

 

Lugar de los hechosColegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga

Fecha: primavera de 1972

Edad de la víctima: 13 años


1. El traje. Don José Luis Alés Barrero, el monitor de comedor y de recreo durante los dos cursos (1970-71 y 1971-72) en los que estuve internado en el Colegio de los Jesuitas San Estanislao de Kostka de Málaga, era un maestro seglar que se ocupaba de los chavales internos durante y después del almuerzo. Era bajito, rechoncho, de ojos claros, repeinado e iba ridícula e impecablemente demasiado "bien trajeado" como para ocuparse del recreo de unos chavales de 12-13 años en un gigantesco patio polvoriento. Su nombre y apellidos figuraban, como profesor externo, en la página 7 del Anuario que el colegio imprimía cada año [un exhaustivo banco de datos personales de la época], y un ejemplar del curso 70/71 ha perdurado hasta nuestros días. Don José Luis, (que es como lo conocíamos los niños a su cargo y que nunca se dejaba fotografiar), tendría unos treinta y pocos años, y recuerdo que fumaba impasible delante de los críos. Años después, el escritor Juan Martínez de las Rivas, que por aquel entonces era uno de mis compañeros de clase, lo recuerda con memoria casi fotográfica: “Edad de unos treinta, cuerpo algo mantecoso, aspecto y rostro aniñados (un Tintín con sobrepeso), pelo rubio peinado crencha a un lado, estilo foto exterior de peluquería de la época, versión moderna, y ojos azules o verdes, y con cierto aire de indiferencia hacia las pequeñas cosas que nos agitaban. Más que atildado, salvo en su vestuario, yo lo percibía indiferente y narcisista. Poseía varios trajes cruzados (siempre vestido -armado- de botonadura cruzada, en mi recuerdo) que alternaba, y cuyos colores se salían de los grises habituales del profesorado: estoy creyendo ver un traje verde con brillos y un traje granate, lo mismo sus corbatas de seda. Además de vigilante, hacía las veces de profesor suplente de inglés.”

 

Efectivamente, de cuando en cuando, este individuo sustituía a la profesora de inglés, la señorita Yvonne, cuando ésta se ausentaba, y nos daba clase a las 4 de la tarde en un aula que estaba en la esquina del mismo patio de recreo que aparece en la foto anexa (tomada en torno a aquella época), situado en el ala noroeste del colegio. Aquel monitor de recreo, de corta estatura tanto física como moral, tenía, sin embargo, las manos muy largas.

 

Una tarde de la primavera de 1972, tras el almuerzo, sobre las 15 horas, don José Luis, vestido con uno de esos trajes-tapadera que él pensaba le aportaban respetabilidad, me invitó a ver televisión (o eso me dijo) a una hora en la que la sala de televisión permanecía cerrada para los internos. Ni recuerdo qué programa emitía la pantalla, seguramente un Telediario. Al poco de hacerme sentar junto a él en la estancia en penumbra, el profesor don José Luis Alés Barrero extendió su mano derecha hacia mi entrepierna y comenzó a sobarme. Yo estaba completamente aturdido y paralizado por su comportamiento. Pero no quedó ahí la cosa, pues a los pocos minutos agarró mi mano con su mano izquierda y me forzó a meterla en el interior de su bragueta, que él ya había abierto previamente, para que le agarrara su sexo erecto. Sentí un enorme asco por lo que estaba sucediendo, pero tras unos minutos, retiré mi mano de su bragueta, di un respingo y salí corriendo despavorido de la sala oscura. Me encaminé a paso ligero hacia el exterior del edificio (la salida del edificio está muy próxima a dicha sala) para respirar aire fresco e intentar recuperarme del shock. Era la mayor agresión contra mi persona que había sufrido nunca, y me ha perseguido durante 50 años. Hoy, cuando escribo esto aún experimento repulsión al tener que hacer retrospección para narrarlo.

 

Por aquel entonces (cursaba cuarto curso de enseñanza secundaria, grupo 4C), yo había comenzado la lectura del El Quijote, en una edición que la buena de mi tía Genoveva me había regalado unos meses antes por Navidad. Solía apostarme contra la base de una de las palmeras que había plantadas en el jardín situado delante del edificio del colegio, un lugar al aire libre orientado al sur y con vistas al mar al que sí nos dejaban acceder. Cada tarde después de comer, acudía con mi libro en mano a dicho lugar. Esto me permitía desconectar por un rato de aquel infierno e interponer una barrera física imaginaria con el edificio-cárcel para sumergirme en la maravillosa ficción de Cervantes. Solo tenía 13 años, pero la magia de aquella lectura me salvó literalmente. Leer sobre las aventuras de don Quijote y Sancho fue como un bálsamo para mi mente atormentada. Desde entonces, los libros me han ayudado a sobrellevar los peores tragos de mi vida. Verdaderamente la lectura nos hace mejores personas.

 

2. Impunidad. Por otro lado, me sentía tan agobiado por el continuo acoso de algunos de mis compañeros de internado, tan harto de sus insultos y humillaciones, que me armé de valor para acudir a denunciar la situación a quien pensaba (inocente de mí) que podría ayudarme, el llamado Padre Prefecto, don José Ruiz Vázquez. Este religioso aparece como Director Espiritual de los cursos 3º y 4º, en la página 5 del Anuario 70/71. Sentado en su despacho, situado en la primera planta del ala sureste del edificio, mirándome con una sonrisa curil, casi beatífica, a través de sus gafas grises, hizo oídos sordos a mis quejas y se limitó a sonreír aún más, sin casi mediar palabra. A continuación, se levantó de su escritorio y me hizo sentarme encima de él en una silla que había en la esquina de su amplio despacho. Mientras me agarraba por detrás empezó a mover acompasadamente las piernas y la cadera y a gemir cada vez con más intensidad en un jadeo que no se molestaba en disimular. Oía cómo iba alterándose el ritmo de su respiración, mientras iba manoseándome y restregándose el bulto de su entrepierna con movimientos acompasados contra mi culo hasta correrse dentro de sus pantalones, aprovechándose de mi vulnerabilidad para satisfacerse. El muy beato don José Ruiz Vázquez, sacerdote jesuita, se había corrido imaginándose follando por el culo a un niño indefenso. Yo estaba en estado de shock y tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando dejó de agarrarme por la cintura, salí despavorido de la sala, corriendo escaleras abajo. No volvió a dirigirme la palabra, pero yo nunca olvidé su nombre, sus dos apellidos y el cargo que ostentaba en el colegio.

 

3. Contarlo. La Compañía de Jesús siempre ha despuntado por la formación de sus miembros, que deben conocer bien preceptos como: la rendición de cuentas y hacer justicia, fomentar la verdad y la memoria, y ofrecer reparación a las víctimas. Aquel colegio no enseñaba a respetar al diferente ni me garantizó un entorno seguro donde desarrollarme como persona en ciernes. Ningún responsable ponía orden ni protegía a los niños que fuimos víctimas de acoso (bullying) y de abusos sexuales.


Por tantoexijo una disculpa por escrito de la Compañía de Jesús como reparación moral (similar a la recibida por víctimas de los Salesianos) y una indemnización a dicha institución por el daño psicológico que estos abusos me causaron, que me privó de haber vivido una adolescencia feliz, pues me traumatizaron profundamente. Tan culpable y avergonzado me sentía por lo que me había ocurrido en aquel colegio que fui incapaz de contarle a mis padres lo sucedido. Tardé muchos años en perdonarle a mi padre que me internara durante dos años en aquel infierno, con el consiguiente desarraigo familiar, pero lo hice en su momento y me quedé muy aliviado.


Nadie ha descrito mejor mi sufrimiento de entonces que la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo titulado “Predicar, pero no con el ejemplo”: Cuando un niño es manoseado por un adulto con el fin de procurarse placer sexual, sabe que algo extraño, inusual, prohibido, algo que vulnera como un hachazo su inocencia le está sucediendo. El niño no va a saber cómo llamarlo, está tan alarmado que lo mantendrá en silencio. Un niño con un secreto es un ser muy desgraciado. El depredador de niños conoce instintivamente la psicología infantil, pero, además, tras años de experiencia, se va a convertir en un verdadero experto. Tiene olfato de sabueso para identificar a la víctima adecuada. Sabe cómo hacer para que esa inmundicia que él genera avergüence a la criatura, sabe cómo cargar al pequeño con el peso de la culpa para que calle. El daño que se le hace a un niño no prescribe. La vida cicatriza muchas heridas, pero las consecuencias de un abuso son rocosas y persisten si el secreto se enquista, si no se encuentra una sociedad que escuche y comprenda. Cuando los abusadores pertenecen a una institución con el poder social que ha ostentado la Iglesia católica, las víctimas tienen derecho a una reparación pública por el daño recibido.” Durante toda mi adolescencia me hicieron creer que lo que me había pasado había sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.


La Compañía de Jesús reconoció públicamente, el 21 de enero de 2021, que al menos 81 menores y 37 adultos han sufrido abusos sexuales a manos de 96 miembros de su orden desde 1927, en la primera investigación interna de una institución católica en España. Sin embargo, la congregación no ha querido revelar los nombres de los acusados, como reivindicamos las víctimas, lo que me indigna profundamente porque nos revictimiza a quienes ya fuimos víctimas una vez, ni otro dato decisivo, las parroquias, colegios, o seminarios donde tuvieron lugar los hechos (solo señala que 14 casos se cometieron en Andalucía). Un gran paso para los Jesuitas pero un pequeño paso para la humanidad, rezaba un titular. 

 

He tenido que esperar 50 largos años en silencio y en soledad, hasta la creación en nuestro país de una Comisión Estatal de Investigación de Abusos a Menores en la Iglesia Católica dependiente de la Oficina del Defensor del Pueblo, para interponer estas dos denuncias con nombres y apellidos de modo que éstos no queden ocultos en el olvido y para que otras posibles víctimas puedan reconocerlos y dar un paso adelante. Luis Cernuda escribió el siguiente verso "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros." No creo haber sido la única víctima de abusos en aquel colegio. La investigación de la Comisión Estatal dictaminará si la pederastia era una práctica sistémica en dicho colegio de Jesuitas.

 

La jerarquía eclesiástica española haría bien en mirarse en el espejo de Irlanda, un país mayoritariamente católico como España, pero que, con una población cuatro veces menor, creó una Comisión para Investigar el Abuso Infantil y que publicó un demoledor informe - más de 800 abusadores conocidos en más de 200 instituciones católicas durante un período de 35 años -, comúnmente conocido como el Informe Ryan, el 20 de mayo de 2009. 

 

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. Y, aunque hayan prescrito y sus perpetradores fallecido, la Compañía de Jesús es responsable civil subsidiaria de lo ocurrido. Porque solo prescribe lo que no se describe.

 

La mujer que fue víctima de la Manada comunicó, a través de su abogado, una frase que me ha animado a relatar lo ocurrido y a hacer públicos estos abusos, con nombres y apellidos, 50 años después, por mucho que hayan prescrito, y sus perpetradores fallecido: Cuéntalo, que, si no, ganan ellos. Al publicarlas en la red, deseo que estas dos denuncias trasciendan para que estos crímenes no queden silenciados ni impunes, y porque, al igual que ha manifestado el escritor Alejandro Palomas, no quiero morirme sucio, con esta mierda dentro de mí.


Firmado: Carlos Martín Gaebler, PhD


Lo que precede es la doble denuncia que remití por escrito, el 3 de septiembre de 2022, a la Oficina del Defensor del Pueblo contra el Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga, como responsable civil subsidiaria de los abusos sexuales que sufrí en dicho colegio, en la primavera de 1972, a la edad de 13 años, a manos del profesor seglar don José Luis Alés Barrero (fallecido) y del religioso José Ruiz Vázquez, S.J. (igualmente fallecido).

La Oficina del Defensor del Pueblo tiene abiertos diversos canales de contacto que pueden usar las víctimas de pederastia para trasladar sus testimonios: el correo electrónico atencionvictimas@defensordelpueblo.es, el teléfono gratuito 900 111 025, y la dirección postal del Defensor del Pueblo (Calle Zurbano, 42, 28010, Madrid).   




12 septiembre 2023

Por qué odio los aeropuertos

Me pregunto cómo lo hacen esas personas que van con el tiempo justo a la terminal y no sufren un ataque de ansiedad. Yo nunca corro porque siempre voy con margen más que suficiente para realizar un vuelo transoceánico, aunque vuele a Santander.




A pesar de volar con asiduidad, hasta que no me encajono en el asiento del avión, mi estado de ánimo no deja de ser el de El grito de Edvard Munch. Estado que empiezo a adoptar cuando compro el billete, no sin esfuerzo y sin estar seguro del todo si no me habré equivocado en la fecha de mi nacimiento o en la de la ida y la vuelta o en algún número del DNI y/o pasaporte, y que, en realidad, ahora que lo pienso bien, no desaparece hasta que regreso. El aeropuerto es el peaje que se paga por volar a ciertos destinos. Destinos que no siempre merecen la pena. El aeropuerto es una trampa. Cambias el título de la inquietante película Cubo por el de Aeropuerto y no pasa nada.

Ya solo el primer paso de llegar al aeropuerto supone elegir cómo ir al mismo; en taxi, en metro o en autobús —no siempre te puede acercar un familiar o un amigo en coche—. En mi caso, escojo un medio de transporte u otro en función de la hora de despegue y si viajo solo o acompañado. Cada opción tiene sus riesgos y costes, económicos y personales. Una vez en la terminal de salidas, trato de localizar en las pantallas informativas el mostrador de facturación y me aseguro que mi vuelo ni va con retraso ni se ha cancelado. Llegar con tiempo y confirmar que todo va según lo previsto equivale a dos resoplidos de alivio. Y todavía no se ha hecho nada.

Son muchos los que dicen que ya no facturan maleta, sin embargo, sigue habiendo colas largas en los mostradores de facturación. Las aerolíneas compiten por ver cuál de ellas se lo pone más difícil a los pasajeros. Nos quieren al borde de un ataque de nervios y que la maleta que no hemos facturado (por el coste económico y de tiempo que supone) viaje en la bodega del avión. Mientras la fila avanza me aseguro de llevar conmigo toda la documentación en regla, en vigor e impresa; DNI o pasaporte y tarjeta de embarque, y cruzo los dedos para que mi maleta siga midiendo y pesando lo mismo que medía y pesaba la última vez que la medí y pesé. Diez kilos, con unas medidas que se han convertido en un estribillo pegadizo, 55 x 40 x 20 cm. Exceder el peso máximo permitido de equipaje supone pagar una cantidad de dinero muchísimo mayor de lo que cuesta todo lo que contiene la maleta o ponerse a reorganizar en plena terminal y sacrificar algo de nuestro excesivo equipaje a la vista del resto de pasajeros. No pasar vergüenza en un aeropuerto está al alcance de muy poca gente.

Con dos tarjetas de embarque, una de papel y otra digital, y con una mochila como equipaje de mano, toca pasar el control de seguridad. Toca hacer otra fila más. Una fila en la que a cada paso aprovecho para sacar el ordenador portátil, quitarme el cinturón, la sudadera y el reloj, meter en una bolsa transparente los botes con líquidos, y guardar el teléfono móvil y la cartera en la mochila. Parece mentira que haya muchos más olvidos que robos en esas cintas por las que no dejan de pasar las pertenencias más valiosas de los pasajeros. Una vez estoy listo para cruzar ese marco sin puerta sin pitar, disfruto de ese placer culpable de ver y escuchar a las personas de seguridad dirigiéndose a unos pasajeros que o no les entienden o no les quieren entender. Pasajeros a quienes les da pereza descalzarse, reacios a desprenderse de su recién comprada botella de aceite de oliva virgen extra o que prefieren beberse un litro de lo que sea que contenga la botella que llevan consigo antes que verterlo. Cuando me toca pasar el control de seguridad, si pito me lo tomo como una derrota. Puede darse el caso de que no pite, pero que tenga que abrir la maleta para mostrar a la persona de seguridad que eran infundadas las sospechas que había con el objeto que el escáner no reconocía. Tampoco le culpo, todavía no sé cómo puede identificar nada en esa pantalla en la que hay más colores que formas.

Después, es el momento de transitar por la terminal. Un espacio comercial que funciona como Ikea. Tiene atajos, pero hay que pasar por tiendas en las que todo lo que se vende es caro, aunque no lo parezca por la cantidad de gente que compra. Corbatas, auriculares inalámbricos, alcohol, almohadas, chocolatinas, camisas, etcétera. Ni siquiera comprando o mirando, el estrés, la angustia y la ansiedad desaparecen. En un aeropuerto siempre hay que estar alerta. La puerta de embarque puede cambiar sin avisar. Lo único que se avisa por megafonía en todos los aeropuertos del mundo es que no se avisa del cambio de puerta de embarque. Hay que consultar las pantallas informativas. Algo que suelo hacer cada dos o tres minutos. Estaría bien que las pantallas indicasen los destinos en vez de por su nombre por pinturas. De esta manera, los cuadros de Antonio López se identificarían con Madrid, los de Joaquín Sorolla con Valencia, los de Paul Gauguin con la Polinesia Francesa, los de Katsushika Hokusai con alguna ciudad japonesa, los de Fernando Botero con Medellín o Bogotá, los de Henri de Toulouse-Lautrec con París, los de David Hockney con Los Ángeles y los de Edward Hopper con Nueva York, por citar varios ejemplos. Seguiríamos siendo pasajeros estresados, pero ilustradosCuando lo tengo todo controlado y, si tengo tiempo antes de embarcar, me suelo regalar un café del McDonald´s. El único sitio en el que no tengo que hacer una tabla Excel para saber si me lo puedo permitir o no. Mientras me lo tomo me pregunto cómo lo hacen esas personas que van con el tiempo justo al aeropuerto y no sufren un ataque de ansiedad. Yo nunca corro por una terminal porque siempre voy con margen más que suficiente para realizar un vuelo transoceánico, aunque vuele a Santander. Cuando embarco, vuelvo a resoplar de alivio.

La relajación me dura hasta que el avión aterriza y me dirijo a recoger mi maleta. Mientras espero a que aparezca en la cinta transportadora, busco con la mirada dónde se encuentra el mostrador del equipaje extraviado. Pienso en mi maleta y me la imagino abandonada y sola en el hangar de algún triste aeropuerto de un país al que no creo que viaje nunca. También pienso qué haré en caso de que me digan que han encontrado en su interior droga o dinero sin declarar. Cosas que seguro alguien me ha metido, a pesar de haber candado mi maleta, con un candado que se abre con cualquier llave y/o con un palillo. Sin recurrir ni a la fuerza, ni a la maña. Hasta ahora nunca me ha pasado, pero estoy casi seguro que me pasará. Es mi fatal destino, pienso.

Al ver aparecer mi maleta siento alivio y ganas de llorar. Lágrimas que pronto se convierten en algo de resquemor por no ser el motivo de la algarabía que hay al otro lado de la puerta en la terminal de llegadas. Ni soy el motivo de la alegría que suele haber en ese espacio, ni nadie me espera sosteniendo y mostrando una tableta con mi nombre y apellidos. A partir de ese momento somos mi maleta golpeada, en el mejor de los casos, o con una rueda que no gira, y yo. Tras el viaje, será momento de pasar de nuevo por todo este tránsito que, al final, siempre merece la pena, ya sea para descubrir un lugar o para regresar a casa.

02 septiembre 2023

... y comieron perdices.


Por Carlos Martín Gaebler

En un reciente artículo, la profesora de Psicología de la Universidad de Sevilla, Mar González, explicaba el concepto moderno, acuñado por Ilan H. Meyer, de lo que se conoce como estrés de la minoría LGTB, una forma de estrés social que nos permite entender la experiencia vital de quienes no pertenecen a un grupo sexual mayoritario, y “sufren una presión singular, relacionada con la estigmatización y los prejuicios de los que históricamente han sido objeto, y que tiene importantes consecuencias para su salud psicológica y física. De acuerdo con este modelo, crecer en una sociedad que no reconoce ni ampara la diversidad sexual o de género somete a las personas LGTB a un estrés constante, que se agrava si el entorno más inmediato muestra hostilidad y rechazo.”

Quienes vemos ficciones de temática LGTB con asiduidad y somos miembros de este colectivo sabemos reconocer este estrés de minoría sexual también en la ficción. Todo buen cinéfilo disfruta de un drama bien construido, de un personaje interpretado con maestría, de eso que se llama una película o una serie redondas. Y, por supuesto, también sabemos reconocer cuando una historia es ñoña, empalagosa o está plagada de clichés. 

Con todo, advertimos igualmente que a veces nuestro nivel de sufrimiento y congoja como espectadores gays es duro de sobrellevar cuando, por ejemplo, presenciamos las inhumanas terapias de “conversión” denunciadas en la cinta norteamericana Boy Erased (soberbia interpretación de Lucas Hedges); la representación dolorosa de la muerte de amigos y compañeros nuestros por el virus de inmunodeficiencia humana, admirablemente homenajeados en la cinta francesa 120 BPM, o en la emocionante serie británica It’s A Sin; el omnipresente acoso escolar, sujeto narrativo de infinidad de películas, como la irlandesa Handsome Devil; la vida sórdida del hombre hermoso obligado a prostituirse, interpretada por jóvenes actores en estado de gracia, como el francés Félix Maritaud en Sauvage, o el australiano Josh Lavery en Lonesome; la discriminación laboral por ser homosexual, asunto de muchas películas, como la excelente Blue Jean; los amores no correspondidos, como detallan la romántica cinta australiana Of An Age, la madurez dialéctica que plantea la británica Weekend, o la obra maestra sobre el amor homoerótico que es y será siempre Brokeback Mountain; los miedos, las dudas y el ocultamiento en historias que aportan gran cine, como la reciente cinta marroquí El caftán azul, la británica My Policeman, el original Boys in the Band, y un sinfín de títulos. La culpa, la homofobia interiorizada, en fin, por ser diferentes y sentirse estigmatizados.

Por ello, no es de extrañar que muchos recibamos con alivio casi existencial y sin sonrojarnos películas como Beautiful Thing, Love, Simon o Red, White and Royal Blue, o series como Looking o Heartstopper, que nos hacen sentirnos bien porque, por un rato, nos permiten ser felices vicariamente, en la piel de otros. Un amigo mío suele decir que incluso al cliché más manido se le puede sacar punta con un poco de inteligencia. Efectivamente, estas ficciones son también necesarias porque aportan, como hacen los cortometrajes del añorado Roberto Pérez Toledo, referentes positivos y modelos de visibilidad y comportamiento funcional a jóvenes, y no tan jóvenes, armarizados, sedientos de espejos en los que mirarse con naturalidad y sin estrés añadido. 

Y repito, esto lo escribe alguien que se emociona con un buen dramón, pero que también estalla en carcajadas cuando presencia una comedia ingeniosa y divertida, por sensiblera que sea. PD: Quiérete mucho, maricón. cmg2023

08 agosto 2023

El Show de Truman Trump

Ramón Lobo

Donald Trump está instalado en un mundo similar al del protagonista de la película El Show de Truman, que vive sin saberlo una existencia en directo ante el público de un programa de telerrealidad. La diferencia entre el actual presidente de EEUU y Truman Burbank (el personaje que interpreta Jim Carrey) es que Trump lo sabe, pero no le importa. Es más, se siente feliz. Es la vida que le gusta, un reality permanente en el que él es el único protagonista, guionista, director y palmero. Le encanta su papel de millonario triunfador que se niega a mostrar su declaración de la renta; y aún más el de tuitero y mandamás mundial sentado en el Despacho Oval. El problema con esta metáfora es que todos nosotros, los que aplauden y critican, formamos parte de la misma telerrealidad.

Este tipo de programas basura que buscan audiencia a cualquier precio, sin reparar en medios y códigos éticos, se ha ido infiltrando en un nuestra sociedad. Es un virus más destructivo que el covid-19 que afecta a algunos informativos y periódicos que buscan el infoentretenimiento vinculado a la publicidad. Lo hemos visto este verano con el caso de los okupas. No importa el contexto y los datos. Ni la verdad. Lo que se busca es la emoción, que la gente esté aterrada, que piense que si sale a la compra una turba de okupas anticapitalistas se meterá en su casa para siempre sin que le amparen las leyes del gobierno (socio-comunista, claro).

Además de beneficiar al sector privado que vende alarmas y puertas blindadas, y paga por la publicidad, se logra situar en el inconsciente colectivo que un gobierno del PP-VOX lo haría mejor (“ley y orden”, dice Trump, un presidente que es el desorden y el abuso de las leyes). También se consigue anclar en la sociedad la idea de que los críticos del sistema son unos delincuentes encapuchados. De momento, los mayores delincuentes son los que llevan corbata y tienen coche oficial.

Es una técnica que busca generar inseguridad y miedo, dos sentimientos que se alimentan de los mensajes más simples, los bulos y las teorías de la conspiración que rechazan la realidad científica del cambio climático (deberíamos hablar mejor de catástrofe climática) y su efecto en las pandemias.

No hay defensa posible si aceptamos que la ciencia quede reducida a una opinión enfrentada en un debate a un terraplanista. Uno de los grupos que apoya a Trump es la secta de QAnon, que asegura que se libra una guerra entre los buenos (ellos y Trump) con las fuerzas del demonio (los demócratas, Bill Gates, los científicos, las feministas, la prensa liberal, la CNN, Hollywood y todo aquel que no comulgue con sus ruedas de molino). Son la nueva Inquisición.

La técnica protagonizada por Trump consiste en la negación permanente de la realidad-real y la exaltación de una realidad-virtual simultánea en la que los problemas no existen, o son culpa de otros. El asunto central no es la mentira masiva como arma de comunicación política y empresarial, la clave es que se dirige a una ciudadanía a la que le dejó de interesar la verdad, que también se mudó a una telerrelidad personalizada a través de la manipulación de las redes sociales. Esa población no demanda información, solo ansía confirmar sus prejuicios a través de las emociones. No es fácil romper el círculo.

La pandemia ha matado a cerca de 200.000 estadounidenses, pero el foco del presidente se concentra en la economía. No en la necesidad de reparar el daño causado por el covid-19, sino en lo bien que va la Bolsa, donde sus empresas tienen intereses. Parece elitista, pero no lo es: los planes de pensiones de los estadounidenses cotizan en los mercados de valores. Es un asunto que afecta a millones de votantes. No sé si Trump es inteligente, pero es muy listo e intuitivo, y conoce la psicología de sus compatriotas mejor que la mayoría de los demócratas.

Si Trump ganara las elecciones en buena lid, como en 2016, o creara un caos mayúsculo que le permita seguir en la Casa Blanca con el apoyo de un Tribunal Supremo, llámenlo pucherazo o golpe de Estado, un segundo mandato de este presidente sería sumamente peligroso para la democracia, en EEUU y en el mundo. Ahora es un autócrata narcisista con límites legales. En enero sería un autócrata narcisista sin límites legales. Hay una segunda película que sirve para encuadrar el mundo al que vamos: El gran dictador de Charlie Chaplin. ¿Recuerdan la escena del globo terráqueo? Por si acaso vayan aprendiendo el discurso final. Lo necesitamos.

06 agosto 2023

La España vil y beoda de Miguel Angel Rodríguez

Por RAFAEL NARBONA

@Rafael_Narbona

Sumidos en una “era de vileza”, según la expresión de Antonio Muñoz Molina, un nuevo fascismo se propaga por España, pero bajo la máscara del ultraliberalismo y el tradicionalismo. La derecha se ha hecho fuerte en los ayuntamientos y las autonomías. PP y VOX acaban de firmar un acuerdo para gobernar en Aragón. Una de sus primeras medidas será derogar la ley de memoria histórica, lo cual corrobora lo que siempre he sospechado: el PP, fundado por antiguos ministros de la dictadura, nunca ha sido un partido democrático. Solo es nostalgia del franquismo. VOX no podría llevar adelante su programa involucionista sin el PP, que le ha abierto la puerta de las instituciones. A diferencia de la CDU de Angela Merkel, que siempre se ha negado a pactar con Alternativa por Alemania, el PP se ha aliado con VOX, lo cual no es sorprendente, pues cuenta entre sus filas con antiguos falangistas, como el expresidente Aznar, lector de José Antonio desde su juventud, y Díaz Ayuso, que mantuvo un estrecho contacto con Eduardo García Serrano y al que solicitó asesoramiento para conocer mejor la doctrina de Ledesma Ramos.

Isabel Díaz Ayuso es una mujer hueca. Detrás de ella, se encuentra el periodista Miguel Ángel Rodríguez, condenado por injurias contra el doctor Luis Montes, al que acusó de causar la muerte de centenares de ancianos en el Hospital Severo Ochoa de Leganés por una praxis abusiva de las sedaciones terminales. Los tribunales absolvieron a Montes de todos los cargos e impusieron a Miguel Ángel Rodríguez una multa de 30.000 euros por un "delito continuado de injuria grave realizado con publicidad". Rodríguez también fue condenado por conducir en estado de embriaguez y chocar con varios coches aparcados. Su tasa de alcoholemia cuadriplicaba el nivel permitido. Miguel Ángel Rodríguez fue nombrado director de gabinete de la Comunidad de Madrid durante la crisis del coronavirus, lo cual le sitúa en el centro de la política adoptada de dejar morir a 7.291 ancianos en las residencias y no medicalizarlas, tal como solicitó la justicia en seis ocasiones.

¿Cuál es la ideología del tándem Ayuso-Rodríguez? En España no hay pobreza, sino personas que no quieren trabajar y a las cuales no conviene ayudar, pues las “paguitas” solo desincentivan la búsqueda activa de empleo. Los salarios no deben ser demasiado altos, pues eso solo contribuye a dificultar la creación de empresas. Los costes de los despidos deberían ser casi anecdóticos y la jubilación debería retrasarse a los 70 años. El mercado se regula por sí mismo y el Estado no debe inmiscuirse en su funcionamiento. Ligar la revalorización de las pensiones al IPC solo pone en peligro el sistema de pensiones. La sanidad debe privatizarse progresivamente y hay rebajar los impuestos, especialmente a los más ricos, pues son el sector más dinámico y emprendedor y una excesiva presión fiscal frustra sus actividades, una fuente de riqueza colectiva. Hay que promocionar la enseñanza privada y concertada, aunque practique la segregación por sexos. Combatir la ideología de género y al "lobby" LGTBI es una prioridad para revertir el invierno demográfico. La eutanasia atenta contra el derecho a la vida. Debe ser derogada o neutralizada. El aborto no es un derecho, sino una desgracia. No hay que limitar el precio de los alquileres, pues eso atenta contra el derecho a la propiedad. La ley del bienestar animal pone en peligro la naturaleza y los centros de acogida de refugiados solo sirven de reclamo a la inmigración ilegal. Las políticas de igualdad son esencialmente machistas, pues presuponen que la mujer es débil y menos capaz que los hombres. Son innecesarias y alimentan la violencia machista.

Esta es la ideología de Díaz Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez. Una ideología ultraliberal en lo económico y abiertamente involucionista en el terreno de los derechos y libertades. Es el nuevo rostro del fascismo. Primo Levi, superviviente de Auschwitz, ya advirtió que el fascismo mutaría. Su esencia no son los correajes, las botas altas y las banderas, sino el odio al diferente. Cada época tiene un estilo distinto y el expansionismo bélico ya no es una opción razonable. Ahora el objetivo del fascismo es preservar sociedades homogéneas, es decir, blancas, heterosexuales y cristianas. El enemigo ya no es el judío, sino el inmigrante, el pobre, las feministas, las personas LGTBI, los sindicalistas, los intelectuales de izquierdas y los defensores de los derechos de los animales. El método para reducir su influencia es acosarlos en todos los terrenos (redes sociales incluidas), derogando leyes y derechos, y aplicando una censura cultural cada vez más agresiva.

La España vil y beoda de Miguel Ángel Rodríguez trabaja para asaltar el Estado. No sé si algún día lo conseguirá, pero ya controla ayuntamientos y autonomías. No es cierto que Churchill afirmara que los fascistas del futuro se llamarían a sí mismo antifascistas. Churchill no dijo nada semejante y los fascistas del siglo XXI no alardean de antifascistas. Simplemente presumen de saber gobernar y cancelan a los poetas antifascistas, como hizo Almeida, alcalde de Madrid, ordenando retirar los versos de Miguel Hernández que homenajeaban en el cementerio de la Almudena a las víctimas del bando franquista. Los fascistas ya están aquí, pero no llevan camisas pardas o azules, sino una hombrera de torero o una sonrisa estúpida y beoda.