10 septiembre 2013
Éclair sur la tour Eiffel
Rare image d'un éclair sur la tour Eiffel. Prise en juillet 2008, cette photo est signée de Bertrand Kulik. L'éclairage bleu de la tour, à l'occasion de la présidence française du conseil de l'Union européenne, renforce son caractère magique. (Bertrand Kulik/CATERS NEWS AGENCY/SIPA)
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03 septiembre 2013
El gran patio electrónico
JUSTO NAVARRO
Vi el otro día en unos lavabos a un hombre que, ante el urinario,
tecleaba sonriente en su teléfono móvil. Sin salir nunca de la franja
costera entre Granada y Málaga, este verano he visto a mucha gente en
conexión telefónica perpetua, en la calle, en un descampado, en bares,
gasolineras y autovías. He descubierto una nueva forma de
ensimismamiento en masa, algo místico, criaturas con la mirada baja,
sobre el teléfono, y he recordado los ojos devotos de la imaginería
religiosa: la Magdalena arrepentida de Caravaggio, que un día encontré
en la Galería Doria Pamphili de Roma, las vírgenes sonrientes de
Murillo, las esculturas de José de Mora en Granada, en el Palacio de
Carlos V. Pero en los telefonistas silenciosos lo normal es una sonrisa
plácida, la mano alrededor del teléfono, literalmente manoseando
palabras, como pasando las cuentas de un rosario.
Por más que los veo, siempre me asombra su estado de atención
incesante al aparato electrónico. Parece haber una necesidad ansiosa
colectiva de mandar y recibir mensajes, signos de existencia. Todavía no
tengo teléfono móvil, lo siento, pero algún amigo me ha dejado asomarme
a los avisos y recados que intercambia a través de la red Whatsapp, y
he entendido un poco por qué nadie se cansa de esperar y devolver al
teléfono una palabra o una frase que ni siquiera llega a frase. Se trata
de un juego de ingenio, entre la austeridad lingüística y la
agresividad publicitaria. Es una forma de entretenerse rápida y
económica, que a veces ni siquiera llega a espasmo verbal y se queda en
emoticón, que en inglés se dice smiley.Smiley se llamaba el espía que inventó John Le Carré, aunque aquel Smiley era un individuo complejo, reflexivo, muy serio, especialista en la poesía alemana del siglo XVII, y los emoticones, esas caras abstractas, alegres o amargadas, perplejas o escandalizadas, indignadas o eufóricas o impasibles, expresan juicios o reacciones elementales, instantáneos. Supongo que estos modos de escribir afectarán a los modos de hablar, de pensar, de relacionarse. No hay tiempo de releer lo que se escribe, la gramática depende de la velocidad del pulgar que teclea, y se confunden letras, que acaban comidas, desordenadas, y las palabras se deforman, y desaparecen los peros y los porques y los porqués. Es lo que da tiempo a teclear mientras se espera la vuelta en la caja del supermercado, una mano tendida hacia el dinero del cambio, otra en el teléfono, que le está haciendo una foto a una sandía.
He descubierto una nueva dedicación permanente a la palabra escrita, algo parecido a la veneración. El arrobamiento ante el teléfono, casi nunca usado para hablar, es muy corriente en el público de los bares, donde algunos clientes parecen divertirse más con su aparato inteligente que con la gente próxima. Los camareros disfrutan estos días de calor pesado las condiciones vigentes del mercado laboral, libre y flexible: multiplicación de horas no pagadas, acumulación de trabajo para muchos en unos pocos, fin natural de los convenios colectivos, disolución de los sindicatos, es decir, de la capacidad de defensa de los trabajadores frente a la empresa. No sé si la inmensa soledad del trabajador individual encontrará compensación en la masiva comunidad intertelefónica.
La multitud entrelazada a través del aparato electrónico me ha recordado la hipótesis de aquel entomólogo que veía en un hormiguero un individuo único, compuesto como nuestro cuerpo por millones de células, aunque sus células fueran hormigas. El hormiguero sería un multiorganismo, una personalidad colectiva, con pensamiento y acción en común, como ese grupo de gente que ahora mismo está unida a través de los mensajes telefónicos, todos hablando a la vez entre sí como cuando hablamos con nosotros mismos, intercambiándose la crónica instantánea de sus impresiones y sus actos. Es un diario íntimo en público, compartido, que podría ser considerado un paso hacia la destrucción voluntaria de lo privado, todos espías de sí mismos en una colectividad de patio de vecinos, o de patio de cárcel o cuartel, aunque el cuartel o la prisión sean enormes.
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30 agosto 2013
18 agosto 2013
El triunfo de los mediocres
FORGES: El triunfo de los mediocres
Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sinceros.
Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.
Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con una batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar.
Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.
Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.
Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay.
Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.
Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura.
Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.
Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.
Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.
Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.
Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro que, sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromea sobre sus deportistas.
Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.
Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.
Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.
Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.
ANTONIO FRAGUAS DE PABLOS (FORGES)
01 agosto 2013
29 mayo 2013
Educación para la web: Fuera matones de nuestro Twitter
Insultar en las redes sociales no es libertad de expresión, sino
una manera de difamar de gente que se nutre, como parásitos, de la fama de los
demás y no construye una sociedad más sincera, sino peor.
Roberto Saviano
El País, 25 de mayo de 2013
Pero todo derecho tiene sus reglas. Y nadie debiera sentirse fuera
de lugar al ejercerlo, nadie debiera verse obligado a hacer un slalom entre
insultos y difamaciones. Y, sin embargo, eso es lo que sucede cada vez con
mayor frecuencia. El periodista y presentador italiano Enrico Mentana anuncia
que se quiere ir de Twitter por los muchos insultos recibidos. Utiliza la metáfora
del bar. Si el bar que sueles frecuentar empieza a ser un lugar de encuentro de
personas que no te gustan ¿qué haces, te quedas o cambias de bar? Davide
Valentini, un joven documentalista, hace una reflexión interesante. En su opinión,
Twitter provoca el efecto Gialappa’s Band (trío de comentaristas radiofónicos
italianos). Muchos comentarios pretenden llamar la atención de sus propios
seguidores sobre lo que se considera estúpido más que interesante, lo cual se
hace con palabras cargadas de sarcasmo. El efecto deseado, y obtenido, es el de
hacer que esos seguidores se sientan inteligentes mientras disfrutan de un
contenido considerado de bajo nivel. ¿Cuántos hay que no han visto nunca Gran
Hermano pero que adoraban Nunca digas ‘Gran Hermano’, el programa en el que
Gialappa’s Band lo satirizaba?
En Twitter hay un esfuerzo por dar con la ocurrencia brillante,
que a menudo es feroz. O el tuit es cínico o se da por descartado. Lo que no es
cruel, desencantado, se convierte en blanco del desprecio colectivo. Lo políticamente
incorrecto dicta su ley, la aberración se considera de culto, cada provocación
es cool porque rompe los esquemas. Una lógica neocínica parece llevar las de
ganar.
Pero se trata de una degeneración del medio, ya que Twitter nace
para comunicar: es una plataforma que pone en conexión a cualquiera con
cualquiera. Todo está abierto. Puedes seguir a quien quieras, puedes leer lo
que escribe Obama, Lady Gaga o tu colega, el de la mesa de al lado en la
oficina. Es la capacidad de poder asistir en tiempo real a lo que sucede
diariamente y de comprender los puntos de vista de los otros, de compartir sus
conocimientos. Retuiteas si encuentras interesante una noticia y crees que vale
la pena proporcionársela a tu comunidad. Creas tus topics, y puedes hacerlo
quienquiera que seas. Luego puede pasarte que te retuitee alguien que tiene
centenares de miles de seguidores y tu pensamiento comienza a viajar.
Pero también puede suceder que en una plaza atestada, si estás
falto de contenidos o se carece de capacidad de síntesis, se grite para hacerse
oír. Cuando el pensamiento se simplifica, a veces solo hay lugar para la
expresión radical o la ocurrencia extrema. La seriedad es banal, razonar está
descartado. Por tanto, a insultar. El que te insulta en Facebook no es capaz de
hacer lo mismo, sin embargo, cuando te tiene delante en persona, porque no
tiene el valor de ponerle cara a un desahogo personal que se alimenta de
lugares comunes y de leyendas urbanas. He leído que si un post presenta cierto
número de comentarios negativos, el que lo lea se verá influenciado por esos
comentarios. Las críticas son siempre bienvenidas, los insultos no.
Depende de nosotros darles o no derecho de ciudadanía. Facebook y
Twitter permiten poder eliminar el insulto baneándolo, es decir, dejándolo
fuera. Ello forma parte de las reglas del juego. No creo que sea correcto
excluir al que hace un razonamiento diverso del propuesto; el que critica con
lenguaje respetuoso siempre supone un recurso. Pero es justo banear a quien
utiliza sus comentarios para hacer propaganda, a quien repite siempre el mismo
concepto hasta el punto del acoso, a quien —por ejemplo— dice guardar una
botella de champán que abrirá el día de mi muerte, a quien dice haberme visto a
bordo de un Twingo rojo o de un Panda verde en Caivano o en Maddaloni,
sobreentendiendo con ello que no vivo bajo protección. A los extremistas de la
red que objetan —“pero eso es censura”—, respondo que quien quiera puede
abrirse una página en la que insultarme. Y es que en realidad el insultador
quiere vivir de la luz reflejada por el insultado. Sin embargo, es sencillo
comprender cómo no hay nada más dañino que el insulto: nada garantiza más
seguridad al poder si todo el lenguaje de la crítica se reduce al habla soez, a
la tempestad de mierda de los mensajes sin contenido relevante.
Esa es la razón de que la necesidad de reglas no puede tomarse por
censura. Comprendo que la libertad de las redes no puede quedar estrangulada
por restricciones, comprendo que las restricciones pueden resultar peligrosas
puesto que peligrosa es su valoración: ¿Qué es crítica legítima y qué es difamación?
Pero la gestión de las reglas no es una restricción, es funcional para el
medio, para su supervivencia, para los intereses que los usuarios continuarán o
no nutriendo. Por eso creo que Enrico Mentana se equivoca cuando dice que o estás
dentro o fuera y que no hay que banear. Pero banear es decidir dar una impronta
al espacio propio: es ejercer un derecho propio.
La educación en la web, mejor dicho, la educación para la web,
todavía está naciendo. La elección de utilizar un lenguaje en vez de otro es
fundamental. Cada contexto tiene su lenguaje y el de las redes sociales, por
directo que sea no es en absoluto coloquial. Se nutre de la ficción de hablar
confidencialmente a cuatro amigos, pero en realidad todo lo que se dice se
multiplica inmediatamente hasta el infinito, y resulta ser por tanto el más público
de los discursos. No se trata de ser hipócritas o políticamente correctos, sino
de comprender que utilizar un lenguaje disciplinado, no agresivo, es construir
un modo de estar en el mundo. Los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Whorf han
teorizado la relatividad lingüística según la cual las formas del lenguaje
modifican, permean, plasman las formas del pensamiento. El modo en que hablo,
las cosas que digo, y sobre todo cómo las digo, las palabras que utilizo, harán
del mundo en el que vivo uno idéntico al que está conectado a mis palabras. Si
utilizo (no si conozco, sino simplemente si utilizo) 100 palabras, mi mundo se
reducirá a esas 100 palabras. Nosotros somos lo que decimos. Por tanto el lenguaje
soez, el insulto o la agresividad no construyen una sociedad más sincera sino
una sociedad peor. Seguramente, más violenta. Los comentarios biliosos de los
usuarios de Facebook y Twitter solo aportan bilis y veneno a las vidas de quien
los escribe y de quien los lee. Por desgracia, esta entropía del lenguaje está
contagiando a la comunicación política, siempre en busca de la gran
simplificación, de la cháchara divertida y ligera, de la ocurrencia
resolutoria. Con frecuencia palabras liberadas sin mediar reflexión, continuas
meteduras de pata a las que es preciso poner remedio. La verdad es que si
repites en público las sandeces dichas en privado no es que seas sincero y los
demás hipócritas, eres sencillamente maleducado y, en muchos casos, irresponsable.
No es libertad —ni mucho menos libertad de expresión— insultar. Es
difamación. Algunos intérpretes talmúdicos, parangonan la calumnia con el
homicidio. Y si pienso en Enzo Tortora (periodista y presentador víctima de
graves calumnias) no creo que se equivocaran mucho. La democracia es
responsabilidad y estoy convencido de que las reglas y la marginalización —no
la represión— de la violencia y de la trivialidad salvarán la comunicación en
las redes sociales. El que quiera usar la red social solo para hacer matonismo
mediático podrá abrir su fight club personal, sin nutrirse —como un parásito—
de la fama de los demás.
Roberto Saviano es periodista y escritor italiano. © 2013, Roberto
Saviano.
22 mayo 2013
12 mayo 2013
José Manuel CABALLERO BONALD escribe:
Si las cuentas no me fallan, hace ahora justamente dos tercios de siglo que
empecé a adiestrarme en el oficio de escritor, por lo que quizá merezca -eso sí- un
premio a la constancia. Ya apenas si puedo evocar aquellas primeras sensaciones,
tan remotas y difusas, de mi noviciado literario. Pero algo permanece imborrable: la
certeza de que me hice escritor porque antes había leído a escritores que me abrieron
una puerta, enriquecieron mi sensibilidad, me incitaron a usar la misma herramienta
que ellos para interpretar la vida, para aprender a descifrarla. Sin esa enseñanza
previa, nada habría sido lo mismo, claro. Tampoco yo estaría aquí ahora. Soy
consciente de que mi biografía literaria depende tanto de los libros que he escrito
como de los que he leído. (...)
Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos, recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras, la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.
Pienso que tal vez pueda permitirme una modesta jactancia en este sentido. Quiero decir que esa alianza que el escritor mantiene con sus primeras lecturas, con las fuentes literarias de su historia personal, tiene en mi caso -o yo deseo que tenga- un preámbulo inolvidable. Estoy refiriéndome a la inmediata posguerra, cuando se cimentaba el infortunio histórico del franquismo y cundían por el país muy variadas formas de desolación. Siempre me he hecho una pregunta obstinada: ¿empezaba yo a indemnizarme con la lectura de lo que me negaba aquel tiempo desdichado, pretendía remediar con el placer de un libro los sinsabores y privaciones de la historia? No creo que fuera consciente de nada de eso, claro. Pero puedo aventurar algunas pistas. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el colegio de los Marianistas de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de Bachillerato, tuve un profesor de literatura, culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él de las más llamativas aventuras de don Quijote. Quizá tardara en empezar a leerlas, quizá no había superado todavía esa prevención ante lo que se supone árido o dificultoso, pero cuando lo hice libremente algo inesperado se filtró en mi capacidad receptiva. No fue ninguna lección prematura, fue simplemente una conmoción insospechada.
Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de don Quijote. No conservo el recuerdo sino el sedimento del recuerdo, la constancia placentera de haber descubierto un mundo fascinante, de haber roto un sello, abierto una ventana por la que podía asomarme a una nueva experiencia de lector, es decir, a una nueva enseñanza de la vida. Quiero recordar que medio entendí entonces que un libro te habla, pero también te escucha, que el hecho de elegir un libro y compartir con él una misma aventura también supone un ejercicio de libertad. Tal vez pudo ser ese el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias, tal vez se inició en aquel ya distante tramo biográfico una vaga atracción sensible por el cultivo de la poesía. Aunque lo más seguro es que todo eso no sea sino una conjetura que me planteo al cabo del tiempo, cuando admitir su veracidad tiene ya mucho de licencia poética. (...)
He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. (...) ¿Por qué Cervantes escribió o -mejor dicho- por qué publicó tan poco en su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de evidencias cronológicas. (...)
Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.
Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón. Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como suele decirse, en mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo, esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica. Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.
Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.
Extractos del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013 por parte de José Manuel Caballero Bonald.
Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos, recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras, la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.
Pienso que tal vez pueda permitirme una modesta jactancia en este sentido. Quiero decir que esa alianza que el escritor mantiene con sus primeras lecturas, con las fuentes literarias de su historia personal, tiene en mi caso -o yo deseo que tenga- un preámbulo inolvidable. Estoy refiriéndome a la inmediata posguerra, cuando se cimentaba el infortunio histórico del franquismo y cundían por el país muy variadas formas de desolación. Siempre me he hecho una pregunta obstinada: ¿empezaba yo a indemnizarme con la lectura de lo que me negaba aquel tiempo desdichado, pretendía remediar con el placer de un libro los sinsabores y privaciones de la historia? No creo que fuera consciente de nada de eso, claro. Pero puedo aventurar algunas pistas. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el colegio de los Marianistas de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de Bachillerato, tuve un profesor de literatura, culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él de las más llamativas aventuras de don Quijote. Quizá tardara en empezar a leerlas, quizá no había superado todavía esa prevención ante lo que se supone árido o dificultoso, pero cuando lo hice libremente algo inesperado se filtró en mi capacidad receptiva. No fue ninguna lección prematura, fue simplemente una conmoción insospechada.
Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de don Quijote. No conservo el recuerdo sino el sedimento del recuerdo, la constancia placentera de haber descubierto un mundo fascinante, de haber roto un sello, abierto una ventana por la que podía asomarme a una nueva experiencia de lector, es decir, a una nueva enseñanza de la vida. Quiero recordar que medio entendí entonces que un libro te habla, pero también te escucha, que el hecho de elegir un libro y compartir con él una misma aventura también supone un ejercicio de libertad. Tal vez pudo ser ese el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias, tal vez se inició en aquel ya distante tramo biográfico una vaga atracción sensible por el cultivo de la poesía. Aunque lo más seguro es que todo eso no sea sino una conjetura que me planteo al cabo del tiempo, cuando admitir su veracidad tiene ya mucho de licencia poética. (...)
He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. (...) ¿Por qué Cervantes escribió o -mejor dicho- por qué publicó tan poco en su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de evidencias cronológicas. (...)
Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.
Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón. Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como suele decirse, en mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo, esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica. Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.
Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.
Extractos del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013 por parte de José Manuel Caballero Bonald.
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04 mayo 2013
Los viejos reporteros nunca mueren
Manuel Chaves Nogales es un filón inagotable: ahora se presentan un
documental y reediciones de nuevo material narrativo y periodístico. Por Tereixa Constenla, Babelia, 4
mayo 2013
Cada vez se
saben más cosas de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres,
1944). Que escribía en una Underwood. Que fumaba cigarrillos sin filtro. Que
los domingos llevaba a su hija Pilar al Retiro. Que siempre estaba allí, donde
había que estar: la Rusia comunista, el desierto africano, la sombra de
Belmonte, la Francia ocupada o el Londres bombardeado por los alemanes. Desde
que María Isabel Cintas se sumergió en la investigación de la biografía de este
hombre como si su propia vida dependiese de ello se ha ido descorriendo un velo
tras otro. Se han reeditado sus obras. Se han rastreado sus pasos. Se le han
rendido honores. Escritores y periodistas contemporáneos como Andrés
Trapiello, Antonio Muñoz Molina, Ana R. Cañil, Arcadi
Espada, Félix de Azúa o Elvira
Lindo han caído a sus pies y —lo que es más importante— lo han
pregonado a los cuatro vientos. En las últimas dos décadas, el chavesnogalismo
se ha convertido en una corriente que recorre el espinazo cultural español,
aunque resultaría frívolo tildarlo de moda. Demasiados títulos notables harían
difícil ahora un giro histórico que lo barriese otros cincuenta años. Hasta
donde podemos leer, ha llegado para quedarse.
Chaves, que
murió lejos, enfermo e incomprendido por sus compatriotas —estuvieran en el
exilio o en España—, ha revivido gracias a una cohorte de entusiastas que
piensan que le deben algo. Como si de alguna manera ajustaran las cuentas con
todos aquellos que le vilipendiaron o, peor aún, le enterraron en amnesia. A la
cabeza de ellos está María Isabel Cintas, su biógrafa, que lleva dos décadas
reconstruyendo su trazo, pero la lista se ensancha cada año. Dos
incorporaciones recientes son Daniel Suberviola (Madrid, 1975) y Luis Felipe
Torrente (Albany, Estados Unidos, 1967), que han producido, escrito y dirigido El
hombre que estaba allí, su tercer documental cultural tras los
dedicados a Gonzalo Torrente Ballester (GTB×GTB) y
la Biblioteca Nacional
(La memoria del mañana).
Por amor al
arte. A excepción de un patrocinio de 3.000 euros de la Junta de Andalucía —que
aún no han recibido—, su cinta sobre la vida del periodista sevillano ha salido
por arte de birlibirloque. Sin dinero. Con horas gratis y devoción sincera. El
documental, de 29 minutos (aspira a participar en festivales en la categoría de
cortometrajes), intercala la narración biográfica del personaje con las
intervenciones de quienes le conocieron (su hija, Pilar Chaves Jones), quienes,
sin conocerle, le admiran (Muñoz Molina, Trapiello, Martínez Reverte) y quienes
le conocen más que si le hubiesen conocido (María Isabel Cintas). El origen es,
como acostumbra, una pasión. Hace 15 años, cuando Suberviola concluyó El
maestro Juan Martínez que estaba allí pensó que había leído una obra
genial. Así comenzó a seguir al autor allá por donde podía y, dado su perfil
audiovisual, especular con una película era natural. “Quería saldar una deuda.
Chaves es un personaje magnético. Su vida parece casi de ficción. Si te subes a
un avión en 1920, como hizo él, dejas de ser un periodista para convertirte en
un aventurero. Aunque no lo fuera”, señala Suberviola.
El documental,
que se estrenó ayer en la Feria del Libro de Sevilla, después de la
presentación de la reedición de la Obra periodística, publicada por la
Diputación de Sevilla, descubrirá algo nuevo. A Luis Felipe Torrente le
obsesionaba ver a Chaves en movimiento. Visionó cintas y cintas hasta dar con
una grabación inesperada realizada por una cadena estadounidense el día de la
toma de posesión de Niceto Alcalá Zamora como presidente de la
Segunda República en 1931. En ella, tal vez en una rara ocasión en su vida,
Chaves se hace una concesión a sí mismo. Durante unos segundos, aplaude
entusiasmado al nuevo jefe del Estado. El ciudadano se impone al periodista. Un
aliado de la República, de principio a fin. Como él mismo confesó en el prólogo
que escribió a comienzos de 1937 para A
sangre y fuego: “Cuando el Gobierno de la República abandonó su
puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una
hora después. Mi condición de ciudadano de la República española no me obligaba
a más ni a menos”.
El clásico libro
de cuentos sobre la Guerra Civil acaba de ser reeditado por Renacimiento con
dos nuevos relatos, Hospital de sangre y El refugio, localizados en dos
publicaciones de México e Inglaterra por María Isabel Cintas, responsable de la
edición, que incluye un prólogo de Trapiello. Simultáneamente sale a la calle
la nueva versión de la Obra periodística —la primera es de 2001— en tres
tomos, que incluye numeroso material desconocido. “Hay artículos publicados en
periódicos ingleses, franceses, estadounidenses y latinoamericanos. En la
revista cubana Bohemia, para la que trabajaba de corresponsal, se
publican sus crónicas de la II Guerra Mundial, que llegan hasta 1944, el año de
su muerte. Era una visión del periodista internacional que nos faltaba”,
observa su biógrafa.
Porque Chaves
Nogales, en su destierro tras la Guerra Civil, se convirtió en un cronista
global. “Aunque estaba exiliado, se sentía orgulloso de trabajar en el centro
neurálgico de la información mundial. Desde Londres enviaba crónicas sobre el
conflicto para medios de numerosos países”, afirma Cintas. Desde que ella
comenzó su tesis, la presencia editorial de Chaves ha pasado de un escuálido
título (Juan Belmonte) a una galería de escritos
narrativos y periodísticos, comercializados por distintos sellos (Renacimiento,
Espasa, Libros
del Asteroide, Almuzara…)
y una institución, la Diputación de Sevilla, la primera que le dio tratamiento
de hombre de Estado con la difusión en 1993 de su Obra narrativa. ¿Habrá
nuevas entregas en el futuro? Su biógrafa da “casi por concluida” su
investigación, aunque admite que “es difícil dejarlo porque he establecido
muchas conexiones y es un personaje apasionante”. El proceso de recuperación
incluso ha desbordado el cauce editorial: su ciudad natal, Sevilla, le ha
dedicado una calle. Chaves Nogales es al fin el maestro que está aquí.
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Pedagogía social
30 abril 2013
23 abril 2013
Versión original: el cine de todos
Por Daniel Martorell
Revista Yorokobu, 19 de abril 2013
Hace aproximadamente un año, la sala Renoir de Palma de Mallorca echaba el cierre tras 15 años de programación y ocho de pérdidas. La ciudad se quedaba así sin su única cartelera en versión original. El cine más independiente y con subtítulos ya no era negocio y el mercado dictaba sentencia de muerte. O eso parecía.
Al poco de conocerse la noticia, cerca de 2.000 cinéfilos se movilizaron para rescatar las cuatro salas, hacerlas suyas y mantener encendida —con romanticismo y tesón— la bombilla del proyector. El antiguo propietario puso el primer granito de arena —regalarles las máquinas de proyección—, y la loca idea de que la ciudadanía se adueñara del cine empezó a tomar forma.
Liderado por gente que venía del mundo de la televisión, productoras y amantes del cine en general, y respaldado por el entusiasmo de 2.000 activistas soñadores, el proyecto se hizo realidad y echó a andar en pocos meses. El grito original de ‘Salvem els Renoir!’ dio paso a una red organizada Asociació Xarxa Cinema, con diversas comisiones de trabajo, un sistema de cuotas para asegurar la viabilidad del proyecto, y la convicción de que el mercado se había equivocado y que la voluntad popular podía triunfar. Querían cine de calidad y en versión original. Y a día de hoy lo tienen.
En S’Escorxador, el antiguo matadero de Palma, Cineciutat enciende sus bombillas a diario con una programación elegida en asamblea y por sus socios. Títulos menos comerciales que en las salas generalistas y reposiciones del cine de toda la vida. Esta pequeña familia está formada por seis empleados (la taquillera, el portero, el encargado del bar, dos proyeccionistas y el gerente), cien personas al frente de las comisiones y algo más de 1.600 socios que aportan 100 euros al año a cambio de entradas a 4 euros —para ellos y un acompañante— y una invitación al mes.
Sufriendo y haciendo innumerables cábalas, el modelo de autogestión resiste a los envites de la industria. Pero no es fácil. Uno de los grandes escollos es lograr la confianza de las distribuidoras para que cedan copias de las películas. “Cuando hablamos con ellas —explica Javier Pachón, el gerente— les tenemos que repetir una y otra vez que no somos una comunidad ‘hippie’. Tenemos que enamorarlas con este proyecto. Seducirlas usando el romanticismo también”.
Si algo tienen claro los responsables de la asociación es que el cine debe adaptarse a los nuevos tiempos y aportar algo más que dos horas de entretenimiento con el estreno de turno. “Si no hay espectadores esto se hunde. Por eso no nos queda otra que dinamizar las proyecciones. Ofrecer algo más, como, por ejemplo, invitar a los directores para que charlen con los espectadores después de la película, o montar talleres de guión y dirección para escolares. O simplemente pensar que quizás haya 500 personas tan frikis como tú, que les encantaría ver Los Goonies o El halcón maltés en pantalla grande. Y eso es lo que hacemos”.
La cartelera de Cineciutat ha logrado, de momento, un cambio en la oferta cultural de la ciudad: el cine en versión original y el de reposición empiezan a ofertarse también en otras salas, cuando hasta ahora los exhibidores palmesanos jamás habían apostado por ello. Pese a vivir con la soga el cuello por cuestiones de financiación, el sueño de un grupo de ciudadanos amantes del cine sigue vivo. “Sé que es una batalla perdida —confiesa Carles Llull, miembro de la comisión de Educación—, por eso me encanta todo esto”. Javier Pachón sonríe, en una mezcla de resignación y satisfacción por lo conseguido. Y lanza la reflexión: “¿Todo se basa en el dinero? No. ¿El mercado manda? Depende… El mercado cerró un cine aquí, pero la sociedad le dijo que no”.
Revista Yorokobu, 19 de abril 2013
Hace aproximadamente un año, la sala Renoir de Palma de Mallorca echaba el cierre tras 15 años de programación y ocho de pérdidas. La ciudad se quedaba así sin su única cartelera en versión original. El cine más independiente y con subtítulos ya no era negocio y el mercado dictaba sentencia de muerte. O eso parecía.
Al poco de conocerse la noticia, cerca de 2.000 cinéfilos se movilizaron para rescatar las cuatro salas, hacerlas suyas y mantener encendida —con romanticismo y tesón— la bombilla del proyector. El antiguo propietario puso el primer granito de arena —regalarles las máquinas de proyección—, y la loca idea de que la ciudadanía se adueñara del cine empezó a tomar forma.
Liderado por gente que venía del mundo de la televisión, productoras y amantes del cine en general, y respaldado por el entusiasmo de 2.000 activistas soñadores, el proyecto se hizo realidad y echó a andar en pocos meses. El grito original de ‘Salvem els Renoir!’ dio paso a una red organizada Asociació Xarxa Cinema, con diversas comisiones de trabajo, un sistema de cuotas para asegurar la viabilidad del proyecto, y la convicción de que el mercado se había equivocado y que la voluntad popular podía triunfar. Querían cine de calidad y en versión original. Y a día de hoy lo tienen.
En S’Escorxador, el antiguo matadero de Palma, Cineciutat enciende sus bombillas a diario con una programación elegida en asamblea y por sus socios. Títulos menos comerciales que en las salas generalistas y reposiciones del cine de toda la vida. Esta pequeña familia está formada por seis empleados (la taquillera, el portero, el encargado del bar, dos proyeccionistas y el gerente), cien personas al frente de las comisiones y algo más de 1.600 socios que aportan 100 euros al año a cambio de entradas a 4 euros —para ellos y un acompañante— y una invitación al mes.
Sufriendo y haciendo innumerables cábalas, el modelo de autogestión resiste a los envites de la industria. Pero no es fácil. Uno de los grandes escollos es lograr la confianza de las distribuidoras para que cedan copias de las películas. “Cuando hablamos con ellas —explica Javier Pachón, el gerente— les tenemos que repetir una y otra vez que no somos una comunidad ‘hippie’. Tenemos que enamorarlas con este proyecto. Seducirlas usando el romanticismo también”.
Si algo tienen claro los responsables de la asociación es que el cine debe adaptarse a los nuevos tiempos y aportar algo más que dos horas de entretenimiento con el estreno de turno. “Si no hay espectadores esto se hunde. Por eso no nos queda otra que dinamizar las proyecciones. Ofrecer algo más, como, por ejemplo, invitar a los directores para que charlen con los espectadores después de la película, o montar talleres de guión y dirección para escolares. O simplemente pensar que quizás haya 500 personas tan frikis como tú, que les encantaría ver Los Goonies o El halcón maltés en pantalla grande. Y eso es lo que hacemos”.
La cartelera de Cineciutat ha logrado, de momento, un cambio en la oferta cultural de la ciudad: el cine en versión original y el de reposición empiezan a ofertarse también en otras salas, cuando hasta ahora los exhibidores palmesanos jamás habían apostado por ello. Pese a vivir con la soga el cuello por cuestiones de financiación, el sueño de un grupo de ciudadanos amantes del cine sigue vivo. “Sé que es una batalla perdida —confiesa Carles Llull, miembro de la comisión de Educación—, por eso me encanta todo esto”. Javier Pachón sonríe, en una mezcla de resignación y satisfacción por lo conseguido. Y lanza la reflexión: “¿Todo se basa en el dinero? No. ¿El mercado manda? Depende… El mercado cerró un cine aquí, pero la sociedad le dijo que no”.
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