Por AMELIA CASTILLA, El País, 24.08.13
El recuerdo de la fotógrafa Sylvia Polakov sucedió una madrugada a la salida de una discoteca. No conocía a Amparo Muñoz pero acabaron compartiendo taxi. Fue entonces cuando reparó en la mujer que se sentaba a su lado: "¡Qué belleza! ¡Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida!" Amparo la escuchó con una sonrisa, ya se había acostumbrado a las lisonjas. El piropo quedó en el aire cuando la fotógrafa se bajó del vehículo, en la puerta de su casa. No fue hasta años después, cuando Madrid ya estaba inmersa en los años de desenfreno y libertad que precedieron a la movida, que volvieron a encontrarse, esta vez en un estudio de fotografía. Le prestó el cinturón, que oculta el pecho, y la pulsera de marfil. Hay complementos que resultan tremendamente atractivos en las fotos. Amparo no necesitó nada más, bastó el color de sus ojos ("semi-verdes"), el pelo lustroso, la perfección de sus facciones, la piel, la mirada… Todo en ella rezuma sensualidad. Ya poseía todos los títulos: Miss Costa del Sol, Miss España y Miss Universo. Fue una sesión fácil y rápida. Sin necesidad de muchas palabras. Polakov no acostumbra jalear a sus modelos. Sencillamente los coge y los hace posar. No necesita que funcione la química entre iguales, se mueve guiada por el oficio y la intuición. Estos días repasa los miles de negativos que guarda en su casa para enmarcarlos en un libro. La farándula se mezcla con la gauche divine, la noche, la moda, Ibiza o la alta política. No debe resultar sencillo resumir tres décadas de intenso trabajo, pero aún mantiene el requiebro de aquella madrugada. La última vez que se cruzó con ella ya era otra persona.●
1 comentario:
Hay muchas mujeres como Amparo Muñoz. A lo largo de la historia sus bellezas fueron su condena. Porque nadie las miró por dentro. Rita Hayworth se quejaba, en los principios de su Alzheimer, de que los hombres se acostaban con Rita Hayworth pero se levantaban con Margarita Cansino. Y Marilyn Monroe, que escribía poesía y leía a los filósofos griegos, se casó con Arthur Miller porque creía que la iba a tratar de igual a igual y no sabía que él sólo quería un trofeo. Ni siquiera las mujeres nos paramos a comprenderlas. Las envidiamos, las juzgamos y nos sentimos superiores.
Me he extendido mucho pero siento mucha simpatía por estas mujeres vulnerables e incomprendidas. Creo que hay que empezar a hacerles justicia.
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