29 mayo 2013

Educación para la web: Fuera matones de nuestro Twitter

Insultar en las redes sociales no es libertad de expresión, sino una manera de difamar de gente que se nutre, como parásitos, de la fama de los demás y no construye una sociedad más sincera, sino peor.

Roberto Saviano
El País, 25 de mayo de 2013

Ha nacido un nuevo derecho. El derecho a las redes sociales. El derecho de poder tener una cuenta, de poder publicar, de leer y de comentar. En países como China, Cuba, Corea del Norte e Irán, el acceso a las redes sociales está restringido o es incluso negado. A menudo puede tener lugar solo de forma clandestina. Los regímenes represores de las primaveras árabes prohibían las redes sociales, las cuales se convirtieron en vectores de las informaciones que sustentaban las protestas y en símbolos de un renacer democrático.

Pero todo derecho tiene sus reglas. Y nadie debiera sentirse fuera de lugar al ejercerlo, nadie debiera verse obligado a hacer un slalom entre insultos y difamaciones. Y, sin embargo, eso es lo que sucede cada vez con mayor frecuencia. El periodista y presentador italiano Enrico Mentana anuncia que se quiere ir de Twitter por los muchos insultos recibidos. Utiliza la metáfora del bar. Si el bar que sueles frecuentar empieza a ser un lugar de encuentro de personas que no te gustan ¿qué haces, te quedas o cambias de bar? Davide Valentini, un joven documentalista, hace una reflexión interesante. En su opinión, Twitter provoca el efecto Gialappa’s Band (trío de comentaristas radiofónicos italianos). Muchos comentarios pretenden llamar la atención de sus propios seguidores sobre lo que se considera estúpido más que interesante, lo cual se hace con palabras cargadas de sarcasmo. El efecto deseado, y obtenido, es el de hacer que esos seguidores se sientan inteligentes mientras disfrutan de un contenido considerado de bajo nivel. ¿Cuántos hay que no han visto nunca Gran Hermano pero que adoraban Nunca digas ‘Gran Hermano’, el programa en el que Gialappa’s Band lo satirizaba?

En Twitter hay un esfuerzo por dar con la ocurrencia brillante, que a menudo es feroz. O el tuit es cínico o se da por descartado. Lo que no es cruel, desencantado, se convierte en blanco del desprecio colectivo. Lo políticamente incorrecto dicta su ley, la aberración se considera de culto, cada provocación es cool porque rompe los esquemas. Una lógica neocínica parece llevar las de ganar.

Pero se trata de una degeneración del medio, ya que Twitter nace para comunicar: es una plataforma que pone en conexión a cualquiera con cualquiera. Todo está abierto. Puedes seguir a quien quieras, puedes leer lo que escribe Obama, Lady Gaga o tu colega, el de la mesa de al lado en la oficina. Es la capacidad de poder asistir en tiempo real a lo que sucede diariamente y de comprender los puntos de vista de los otros, de compartir sus conocimientos. Retuiteas si encuentras interesante una noticia y crees que vale la pena proporcionársela a tu comunidad. Creas tus topics, y puedes hacerlo quienquiera que seas. Luego puede pasarte que te retuitee alguien que tiene centenares de miles de seguidores y tu pensamiento comienza a viajar.

Pero también puede suceder que en una plaza atestada, si estás falto de contenidos o se carece de capacidad de síntesis, se grite para hacerse oír. Cuando el pensamiento se simplifica, a veces solo hay lugar para la expresión radical o la ocurrencia extrema. La seriedad es banal, razonar está descartado. Por tanto, a insultar. El que te insulta en Facebook no es capaz de hacer lo mismo, sin embargo, cuando te tiene delante en persona, porque no tiene el valor de ponerle cara a un desahogo personal que se alimenta de lugares comunes y de leyendas urbanas. He leído que si un post presenta cierto número de comentarios negativos, el que lo lea se verá influenciado por esos comentarios. Las críticas son siempre bienvenidas, los insultos no.

Depende de nosotros darles o no derecho de ciudadanía. Facebook y Twitter permiten poder eliminar el insulto baneándolo, es decir, dejándolo fuera. Ello forma parte de las reglas del juego. No creo que sea correcto excluir al que hace un razonamiento diverso del propuesto; el que critica con lenguaje respetuoso siempre supone un recurso. Pero es justo banear a quien utiliza sus comentarios para hacer propaganda, a quien repite siempre el mismo concepto hasta el punto del acoso, a quien —por ejemplo— dice guardar una botella de champán que abrirá el día de mi muerte, a quien dice haberme visto a bordo de un Twingo rojo o de un Panda verde en Caivano o en Maddaloni, sobreentendiendo con ello que no vivo bajo protección. A los extremistas de la red que objetan —“pero eso es censura”—, respondo que quien quiera puede abrirse una página en la que insultarme. Y es que en realidad el insultador quiere vivir de la luz reflejada por el insultado. Sin embargo, es sencillo comprender cómo no hay nada más dañino que el insulto: nada garantiza más seguridad al poder si todo el lenguaje de la crítica se reduce al habla soez, a la tempestad de mierda de los mensajes sin contenido relevante.

Esa es la razón de que la necesidad de reglas no puede tomarse por censura. Comprendo que la libertad de las redes no puede quedar estrangulada por restricciones, comprendo que las restricciones pueden resultar peligrosas puesto que peligrosa es su valoración: ¿Qué es crítica legítima y qué es difamación? Pero la gestión de las reglas no es una restricción, es funcional para el medio, para su supervivencia, para los intereses que los usuarios continuarán o no nutriendo. Por eso creo que Enrico Mentana se equivoca cuando dice que o estás dentro o fuera y que no hay que banear. Pero banear es decidir dar una impronta al espacio propio: es ejercer un derecho propio.

La educación en la web, mejor dicho, la educación para la web, todavía está naciendo. La elección de utilizar un lenguaje en vez de otro es fundamental. Cada contexto tiene su lenguaje y el de las redes sociales, por directo que sea no es en absoluto coloquial. Se nutre de la ficción de hablar confidencialmente a cuatro amigos, pero en realidad todo lo que se dice se multiplica inmediatamente hasta el infinito, y resulta ser por tanto el más público de los discursos. No se trata de ser hipócritas o políticamente correctos, sino de comprender que utilizar un lenguaje disciplinado, no agresivo, es construir un modo de estar en el mundo. Los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Whorf han teorizado la relatividad lingüística según la cual las formas del lenguaje modifican, permean, plasman las formas del pensamiento. El modo en que hablo, las cosas que digo, y sobre todo cómo las digo, las palabras que utilizo, harán del mundo en el que vivo uno idéntico al que está conectado a mis palabras. Si utilizo (no si conozco, sino simplemente si utilizo) 100 palabras, mi mundo se reducirá a esas 100 palabras. Nosotros somos lo que decimos. Por tanto el lenguaje soez, el insulto o la agresividad no construyen una sociedad más sincera sino una sociedad peor. Seguramente, más violenta. Los comentarios biliosos de los usuarios de Facebook y Twitter solo aportan bilis y veneno a las vidas de quien los escribe y de quien los lee. Por desgracia, esta entropía del lenguaje está contagiando a la comunicación política, siempre en busca de la gran simplificación, de la cháchara divertida y ligera, de la ocurrencia resolutoria. Con frecuencia palabras liberadas sin mediar reflexión, continuas meteduras de pata a las que es preciso poner remedio. La verdad es que si repites en público las sandeces dichas en privado no es que seas sincero y los demás hipócritas, eres sencillamente maleducado y, en muchos casos, irresponsable.

No es libertad —ni mucho menos libertad de expresión— insultar. Es difamación. Algunos intérpretes talmúdicos, parangonan la calumnia con el homicidio. Y si pienso en Enzo Tortora (periodista y presentador víctima de graves calumnias) no creo que se equivocaran mucho. La democracia es responsabilidad y estoy convencido de que las reglas y la marginalización —no la represión— de la violencia y de la trivialidad salvarán la comunicación en las redes sociales. El que quiera usar la red social solo para hacer matonismo mediático podrá abrir su fight club personal, sin nutrirse —como un parásito— de la fama de los demás.

Roberto Saviano es periodista y escritor italiano. © 2013, Roberto Saviano.

22 mayo 2013

El gran Forges


12 mayo 2013

José Manuel CABALLERO BONALD escribe:

Si las cuentas no me fallan, hace ahora justamente dos tercios de siglo que empecé a adiestrarme en el oficio de escritor, por lo que quizá merezca -eso sí- un premio a la constancia. Ya apenas si puedo evocar aquellas primeras sensaciones, tan remotas y difusas, de mi noviciado literario. Pero algo permanece imborrable: la certeza de que me hice escritor porque antes había leído a escritores que me abrieron una puerta, enriquecieron mi sensibilidad, me incitaron a usar la misma herramienta que ellos para interpretar la vida, para aprender a descifrarla. Sin esa enseñanza previa, nada habría sido lo mismo, claro. Tampoco yo estaría aquí ahora. Soy consciente de que mi biografía literaria depende tanto de los libros que he escrito como de los que he leído. (...)

Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos, recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras, la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.

Pienso que tal vez pueda permitirme una modesta jactancia en este sentido. Quiero decir que esa alianza que el escritor mantiene con sus primeras lecturas, con las fuentes literarias de su historia personal, tiene en mi caso -o yo deseo que tenga- un preámbulo inolvidable. Estoy refiriéndome a la inmediata posguerra, cuando se cimentaba el infortunio histórico del franquismo y cundían por el país muy variadas formas de desolación. Siempre me he hecho una pregunta obstinada: ¿empezaba yo a indemnizarme con la lectura de lo que me negaba aquel tiempo desdichado, pretendía remediar con el placer de un libro los sinsabores y privaciones de la historia? No creo que fuera consciente de nada de eso, claro. Pero puedo aventurar algunas pistas. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el colegio de los Marianistas de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de Bachillerato, tuve un profesor de literatura, culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él de las más llamativas aventuras de don Quijote. Quizá tardara en empezar a leerlas, quizá no había superado todavía esa prevención ante lo que se supone árido o dificultoso, pero cuando lo hice libremente algo inesperado se filtró en mi capacidad receptiva. No fue ninguna lección prematura, fue simplemente una conmoción insospechada.

Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de don Quijote. No conservo el recuerdo sino el sedimento del recuerdo, la constancia placentera de haber descubierto un mundo fascinante, de haber roto un sello, abierto una ventana por la que podía asomarme a una nueva experiencia de lector, es decir, a una nueva enseñanza de la vida. Quiero recordar que medio entendí entonces que un libro te habla, pero también te escucha, que el hecho de elegir un libro y compartir con él una misma aventura también supone un ejercicio de libertad. Tal vez pudo ser ese el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias, tal vez se inició en aquel ya distante tramo biográfico una vaga atracción sensible por el cultivo de la poesía. Aunque lo más seguro es que todo eso no sea sino una conjetura que me planteo al cabo del tiempo, cuando admitir su veracidad tiene ya mucho de licencia poética. (...)

He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. (...) ¿Por qué Cervantes escribió o -mejor dicho- por qué publicó tan poco en su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de evidencias cronológicas. (...)

Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.

Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón. Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como suele decirse, en mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo, esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica. Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.

Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.

 
Extractos del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013 por parte de José Manuel Caballero Bonald.

04 mayo 2013

Los viejos reporteros nunca mueren

Manuel Chaves Nogales es un filón inagotable: ahora se presentan un documental y reediciones de nuevo material narrativo y periodístico. Por Tereixa Constenla, Babelia, 4 mayo 2013

Cada vez se saben más cosas de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944). Que escribía en una Underwood. Que fumaba cigarrillos sin filtro. Que los domingos llevaba a su hija Pilar al Retiro. Que siempre estaba allí, donde había que estar: la Rusia comunista, el desierto africano, la sombra de Belmonte, la Francia ocupada o el Londres bombardeado por los alemanes. Desde que María Isabel Cintas se sumergió en la investigación de la biografía de este hombre como si su propia vida dependiese de ello se ha ido descorriendo un velo tras otro. Se han reeditado sus obras. Se han rastreado sus pasos. Se le han rendido honores. Escritores y periodistas contemporáneos como Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina, Ana R. Cañil, Arcadi Espada, Félix de Azúa o Elvira Lindo han caído a sus pies y —lo que es más importante— lo han pregonado a los cuatro vientos. En las últimas dos décadas, el chavesnogalismo se ha convertido en una corriente que recorre el espinazo cultural español, aunque resultaría frívolo tildarlo de moda. Demasiados títulos notables harían difícil ahora un giro histórico que lo barriese otros cincuenta años. Hasta donde podemos leer, ha llegado para quedarse.

Chaves, que murió lejos, enfermo e incomprendido por sus compatriotas —estuvieran en el exilio o en España—, ha revivido gracias a una cohorte de entusiastas que piensan que le deben algo. Como si de alguna manera ajustaran las cuentas con todos aquellos que le vilipendiaron o, peor aún, le enterraron en amnesia. A la cabeza de ellos está María Isabel Cintas, su biógrafa, que lleva dos décadas reconstruyendo su trazo, pero la lista se ensancha cada año. Dos incorporaciones recientes son Daniel Suberviola (Madrid, 1975) y Luis Felipe Torrente (Albany, Estados Unidos, 1967), que han producido, escrito y dirigido El hombre que estaba allí, su tercer documental cultural tras los dedicados a Gonzalo Torrente Ballester (GTB×GTB) y la Biblioteca Nacional (La memoria del mañana).

Por amor al arte. A excepción de un patrocinio de 3.000 euros de la Junta de Andalucía —que aún no han recibido—, su cinta sobre la vida del periodista sevillano ha salido por arte de birlibirloque. Sin dinero. Con horas gratis y devoción sincera. El documental, de 29 minutos (aspira a participar en festivales en la categoría de cortometrajes), intercala la narración biográfica del personaje con las intervenciones de quienes le conocieron (su hija, Pilar Chaves Jones), quienes, sin conocerle, le admiran (Muñoz Molina, Trapiello, Martínez Reverte) y quienes le conocen más que si le hubiesen conocido (María Isabel Cintas). El origen es, como acostumbra, una pasión. Hace 15 años, cuando Suberviola concluyó El maestro Juan Martínez que estaba allí pensó que había leído una obra genial. Así comenzó a seguir al autor allá por donde podía y, dado su perfil audiovisual, especular con una película era natural. “Quería saldar una deuda. Chaves es un personaje magnético. Su vida parece casi de ficción. Si te subes a un avión en 1920, como hizo él, dejas de ser un periodista para convertirte en un aventurero. Aunque no lo fuera”, señala Suberviola.

El documental, que se estrenó ayer en la Feria del Libro de Sevilla, después de la presentación de la reedición de la Obra periodística, publicada por la Diputación de Sevilla, descubrirá algo nuevo. A Luis Felipe Torrente le obsesionaba ver a Chaves en movimiento. Visionó cintas y cintas hasta dar con una grabación inesperada realizada por una cadena estadounidense el día de la toma de posesión de Niceto Alcalá Zamora como presidente de la Segunda República en 1931. En ella, tal vez en una rara ocasión en su vida, Chaves se hace una concesión a sí mismo. Durante unos segundos, aplaude entusiasmado al nuevo jefe del Estado. El ciudadano se impone al periodista. Un aliado de la República, de principio a fin. Como él mismo confesó en el prólogo que escribió a comienzos de 1937 para A sangre y fuego: “Cuando el Gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República española no me obligaba a más ni a menos”.

El clásico libro de cuentos sobre la Guerra Civil acaba de ser reeditado por Renacimiento con dos nuevos relatos, Hospital de sangre y El refugio, localizados en dos publicaciones de México e Inglaterra por María Isabel Cintas, responsable de la edición, que incluye un prólogo de Trapiello. Simultáneamente sale a la calle la nueva versión de la Obra periodística —la primera es de 2001— en tres tomos, que incluye numeroso material desconocido. “Hay artículos publicados en periódicos ingleses, franceses, estadounidenses y latinoamericanos. En la revista cubana Bohemia, para la que trabajaba de corresponsal, se publican sus crónicas de la II Guerra Mundial, que llegan hasta 1944, el año de su muerte. Era una visión del periodista internacional que nos faltaba”, observa su biógrafa.

Porque Chaves Nogales, en su destierro tras la Guerra Civil, se convirtió en un cronista global. “Aunque estaba exiliado, se sentía orgulloso de trabajar en el centro neurálgico de la información mundial. Desde Londres enviaba crónicas sobre el conflicto para medios de numerosos países”, afirma Cintas. Desde que ella comenzó su tesis, la presencia editorial de Chaves ha pasado de un escuálido título (Juan Belmonte) a una galería de escritos narrativos y periodísticos, comercializados por distintos sellos (Renacimiento, Espasa, Libros del Asteroide, Almuzara…) y una institución, la Diputación de Sevilla, la primera que le dio tratamiento de hombre de Estado con la difusión en 1993 de su Obra narrativa. ¿Habrá nuevas entregas en el futuro? Su biógrafa da “casi por concluida” su investigación, aunque admite que “es difícil dejarlo porque he establecido muchas conexiones y es un personaje apasionante”. El proceso de recuperación incluso ha desbordado el cauce editorial: su ciudad natal, Sevilla, le ha dedicado una calle. Chaves Nogales es al fin el maestro que está aquí.

30 abril 2013

Una torre con vistas


23 abril 2013

Una ciudad sobre dos ruedas


Versión original: el cine de todos

Por Daniel Martorell
Revista Yorokobu, 19 de abril 2013

Hace aproximadamente un año, la sala Renoir de Palma de Mallorca echaba el cierre tras 15 años de programación y ocho de pérdidas. La ciudad se quedaba así sin su única cartelera en versión original. El cine más independiente y con subtítulos ya no era negocio y el mercado dictaba sentencia de muerte. O eso parecía.
Al poco de conocerse la noticia, cerca de 2.000 cinéfilos se movilizaron para rescatar las cuatro salas, hacerlas suyas y mantener encendida —con romanticismo y tesón— la bombilla del proyector. El antiguo propietario puso el primer granito de arena —regalarles las máquinas de proyección—, y la loca idea de que la ciudadanía se adueñara del cine empezó a tomar forma.
Liderado por gente que venía del mundo de la televisión, productoras y amantes del cine en general, y respaldado por el entusiasmo de 2.000 activistas soñadores, el proyecto se hizo realidad y echó a andar en pocos meses. El grito original de ‘Salvem els Renoir!’ dio paso a una red organizada Asociació Xarxa Cinema, con diversas comisiones de trabajo, un sistema de cuotas para asegurar la viabilidad del proyecto, y la convicción de que el mercado se había equivocado y que la voluntad popular podía triunfar. Querían cine de calidad y en versión original. Y a día de hoy lo tienen.

En S’Escorxador, el antiguo matadero de Palma, Cineciutat enciende sus bombillas a diario con una programación elegida en asamblea y por sus socios. Títulos menos comerciales que en las salas generalistas y reposiciones del cine de toda la vida. Esta pequeña familia está formada por seis empleados (la taquillera, el portero, el encargado del bar, dos proyeccionistas y el gerente), cien personas al frente de las comisiones y algo más de 1.600 socios que aportan 100 euros al año a cambio de entradas a 4 euros —para ellos y un acompañante— y una invitación al mes.
Sufriendo y haciendo innumerables cábalas, el modelo de autogestión resiste a los envites de la industria. Pero no es fácil. Uno de los grandes escollos es lograr la confianza de las distribuidoras para que cedan copias de las películas. “Cuando hablamos con ellas —explica Javier Pachón, el gerente— les tenemos que repetir una y otra vez que no somos una comunidad ‘hippie’. Tenemos que enamorarlas con este proyecto. Seducirlas usando el romanticismo también”.
Si algo tienen claro los responsables de la asociación es que el cine debe adaptarse a los nuevos tiempos y aportar algo más que dos horas de entretenimiento con el estreno de turno. “Si no hay espectadores esto se hunde. Por eso no nos queda otra que dinamizar las proyecciones. Ofrecer algo más, como, por ejemplo, invitar a los directores para que charlen con los espectadores después de la película, o montar talleres de guión y dirección para escolares. O simplemente pensar que quizás haya 500 personas tan frikis como tú, que les encantaría ver Los Goonies o El halcón maltés en pantalla grande. Y eso es lo que hacemos”.
La cartelera de Cineciutat ha logrado, de momento, un cambio en la oferta cultural de la ciudad: el cine en versión original y el de reposición empiezan a ofertarse también en otras salas, cuando hasta ahora los exhibidores palmesanos jamás habían apostado por ello. Pese a vivir con la soga el cuello por cuestiones de financiación, el sueño de un grupo de ciudadanos amantes del cine sigue vivo. “Sé que es una batalla perdida —confiesa Carles Llull, miembro de la comisión de Educación—, por eso me encanta todo esto”. Javier Pachón sonríe, en una mezcla de resignación y satisfacción por lo conseguido. Y lanza la reflexión: “¿Todo se basa en el dinero? No. ¿El mercado manda? Depende… El mercado cerró un cine aquí, pero la sociedad le dijo que no”.

01 marzo 2013

Weekend, o la homofobia invisible

JORDI COSTA

Uno de los dos personajes principales de esta película, que oculta bajo su naturalidad y su discreción expresiva su verdadera importancia, es un estudiante de arte, Glen (un debutante Chris New, versión British, gay y algo jíbara de Ryan Gosling), que graba los testimonios de sus ocasionales compañeros de cama para un proyecto artístico. Cuando, en una cita posterior, su último ligue, Russell (un Tom Cullen impecable), le pregunta sobre la relevancia artística de su proyecto, Glen suelta una argumentación que funciona perfectamente como agenda oculta de la propia Weekend: “Los gays nunca hablan en público (de su actividad sexual) a menos que sean indirectas baratas. Creo que es porque se avergüenzan. (…) ¿Sabes cuando duermes por primera vez con alguien que no conoces? Te conviertes en un lienzo en blanco y tienes la oportunidad de proyectar sobre ese lienzo quién quieres ser. Y eso es lo interesante porque todo el mundo lo hace. (…) Lo que ocurre es que mientras proyectas quién quieres ser, se abre un hueco entre quién quieres ser y quién eres realmente, y ese hueco te enseña qué te impide ser quién quieres ser”.
Segundo trabajo de Andrew Haigh, ayudante de montaje de Ridley Scott que acabó participando en la edición de Manolete (2008) y debutó en la dirección de largos con Greek Pete (2009) –película sobre las perplejidades sentimentales en la relación entre un chapero y su pareja estable-, Weekend es una película sobresaliente que, a primera vista, no parece una obra únicamente dirigida al público gay: habla de algo tan universal como el amor y de las subterráneas corrientes emocionales que acaban convirtiendo el ligue de una noche en algo que, cuaje o no, acabará resonando en el futuro. La homosexualidad y su representación no son el tabú a superar, pero la película acaba revelando, sutilmente, su carácter reivindicativo al señalar con el dedo la asumida homofobia en nuestros protocolos de comportamiento: por superada que creamos tener, sobre el papel, la idea de la relación entre personas del mismo sexo, ¿por qué sigue siendo problemático que las parejas homosexuales expresen su afecto en público?, ¿somos conscientes de las veces en que, a lo largo del día, una pareja homosexual escucha un comentario intolerante al fondo, una mirada reprobatoria, un atisbo de incomodidad grupal?
Weekend no crispa su discurso: habla de algo en lo que todos nos podemos reconocer, propone dos sólidos retratos de personajes hechos de contradicciones y vulnerabilidades y describe una cotidianidad donde la homofobia es inercia, piel invisible de los comportamientos de quienes nunca se considerarían intolerantes. (El País, 28 de febrero de 2013)

Artículo relacionado> Breve encuentro, Javier Pérez Martín, Revista Magnolia

'WEEKEND'

Dirección: Andrew Haigh. Intérpretes: Chris New, Tom Cullen, Jonathan Race, Laura Freeman, Loreto Murray, Sarh Churm, Jonathan Wright, Joe Doherty. Género: Drama. Gran Bretaña, 2011. Duración: 97 minutos.

05 febrero 2013

Podredumbre

El Roto

 


26 enero 2013

Europa o el caos

Un grupo de filósofos, escritores y periodistas alerta sobre los riesgos de deshacer la Europa soñada tras la Segunda Guerra Mundial. Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater, Peter Schneider lanzan un manifiesto con una clara advertencia: unión política o muerte.
Europa no está en crisis, está muriéndose. 
No Europa como territorio, naturalmente. 

Sino Europa como Idea. 
Europa como sueño y como proyecto. 

La Europa acorde con el espíritu elogiado por Edmund Husserl en sus dos grandes conferencias pronunciadas en 1938 en Viena y Berlín, en vísperas de la catástrofe nazi.

Europa como voluntad y representación, como sueño y como construcción, esta Europa que pusieron en pie nuestros padres, esta Europa que supo transformarse en una idea nueva, que fue capaz de aportar a los pueblos que acababan de salir de la Segunda Guerra Mundial una paz, una prosperidad y una difusión de la democracia sin precedentes, pero que, ante nuestros propios ojos, está deshaciéndose una vez más.

Se deshace en Atenas, una de sus cunas, en medio de la indiferencia y el cinismo de sus naciones hermanas: hubo un tiempo, el del movimiento filohelénico de principios del siglo XIX, en el que desde Chateaubriand hasta el Byron de Missolonghi, desde Berlioz hasta Delacroix, desde Pushkin hasta el joven Victor Hugo, todos los artistas, poetas, grandes mentes de Europa, volaban en su auxilio y militaban en favor de su libertad. Hoy estamos lejos de eso; y da la impresión de que los herederos de aquellos grandes europeos, mientras los helenos libran una nueva batalla contra otra forma de decadencia y sujeción, no tienen nada mejor que hacer que reprenderles, estigmatizarlos, despreciarlos y —con el plan de rigor impuesto como programa de austeridad, que se les conmina a seguir— despojarles del principio de soberanía que, hace tanto tiempo, inventaron ellos mismos.

Se deshace en Roma, su otra cuna, su otro pedestal, la segunda matriz (la tercera es el espíritu de Jerusalén) de su moral y su saber, el otro lugar en el que se inventó esta distinción entre la ley y el derecho, entre el ser humano y el ciudadano, que constituye el origen del modelo democrático que tanto ha aportado, no solo a Europa, sino al mundo: esa fuente romana contaminada por los venenos de un berlusconismo que no acaba de desaparecer, esa capital espiritual y cultural a veces incluida, junto a España, Portugal, Grecia e Irlanda, en los famosos "PIIGS" a los que fustigan unas instituciones financieras sin conciencia ni memoria, ese país que enseñó a embellecer el mundo en Europa y que ahora parece, con razón o sin ella, el enfermo del continente. ¡Qué miseria! ¡Qué ridículo!

Se deshace en todas partes, de este a oeste, de norte a sur, con el ascenso de los populismos, los chauvinismos, las ideologías de exclusión y odio que Europa tenía precisamente como misión marginar, debilitar, y que vuelven vergonzosamente a levantar la cabeza. ¡Qué lejos está la época en la que, por las calles de Francia, en solidaridad con un estudiante insultado por el responsable de un partido de memoria tan escasa como sus ideas, se cantaba "todos somos judíos alemanes"! ¡Qué lejanos parecen hoy los movimientos solidarios, en Londres, Berlín, Roma, París, con los disidentes de aquella otra Europa que Milan Kundera llamaba la Europa cautiva y que parecía el corazón del continente! Y en cuanto a la pequeña internacional de espíritus libres que luchaban, hace 20 años, por esa alma europea que encarnaba Sarajevo, bajo las bombas y presa de una despiadada "limpieza étnica", ¿dónde está? ¿Por qué ya no se la oye?

Y además, Europa se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro, que todos sentimos que no está resuelta en absoluto : ¿no es una quimera esa moneda única abstracta, flotante, que no está unida a unas economías, unos recursos ni unas fiscalidades convergentes? ¿No es evidente que las únicas monedas comunes que han funcionado (el marco después del Zollverein, la lira de la unidad italiana, el franco suizo, el dólar) son las que se apoyaban en un proyecto político común? ¿No existe una ley de hierro que dice que, para que haya una moneda única, tiene que haber un mínimo de presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?

El teorema es implacable.
Sin federación, no hay moneda que se sostenga.
Sin unidad política, la moneda dura unos cuantos decenios y después, aprovechando una guerra o una crisis, se disuelve.
En otras palabras, sin un serio avance de esta integración política, obligatoria según los tratados europeos pero que ningún responsable parece querer tomar en serio, sin un abandono de competencias por parte de los Estados nacionales, sin una franca derrota, por tanto, de esos "soberanistas" que empujan a sus ciudadanos al repliegue y la debacle, el euro se desintegrará como se habría desintegrado el dólar si los sudistas hubieran ganado, hace 150 años, la Guerra de Secesión.
Antes se decía: socialismo o barbarie.
Hoy debemos decir: unión política o barbarie.
Mejor dicho: federalismo o explosión y, en la locura de la explosión, regresión social, precariedad, desempleo disparado, miseria.
Mejor dicho: o Europa da un paso más, y decisivo, hacia la integración política, o sale de la Historia y se sume en el caos.
Ya no queda otra opción: o la unión política o la muerte.
Una muerte que podría adoptar muchas formas y dar varios rodeos.
Puede durar dos, tres, cinco, 10 años, y estar precedida de numerosas remisiones que den la sensación, una y otra vez, de que lo peor ha pasado.
Pero llegará. Europa saldrá de la Historia. De una u otra forma, si no se hace algo, desaparecerá. Esto ha dejado de ser una hipótesis, un vago temor, un trapo rojo que se agita ante los europeos recalcitrantes. Es una certeza. Un horizonte insuperable y fatal. Todo lo demás —trucos de magia de unos, pequeños acuerdos de otros, fondos de solidaridad por aquí, bancos de estabilización por allá— solo sirve para retrasar el fin y entretener al moribundo con la ilusión de una prórroga.

*Firmantes: Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater y Peter Schneider [+cmg].

28 diciembre 2012

Leo Bassi y la Iglesia Patólica

Leo Bassi se ató ayer la mitra a la cabeza para presentar la primera capilla dedicada al patolicismo. Fue en Lavapiés, a pocos metros del Nuevo Café Barbieri. Allí el cómico proclamó la religión de la que se ha erigido sumo pontífice y que promulga el pensamiento crítico y el humor como mandamiento. Sus fieles se declaran "hijos de la Ilustración y defensores de la duda como escudo contra los oscurantismos, totalitarismos o las supersticiones". Quienes no lo acepten y les insulten no recibirán castigo divino, ya que el dogma es que no hay dogma. Eso sí, serán considerados unos anti-páticos.

La elección de un patito de goma como Dios es para Bassi "una manera de evitar caer en la idolatría o la intolerancia, pecados de todas las religiones". En una crítica a la retirada de Educación para la Ciudadanía de las aulas y a los coqueteos del PP con el clero, en el patolicismo ofrecen educar a los niños en los ideales ilustrados, empezando por el ateísmo. Su particular capilla, decorada con retratos de brillantes pensadores de los últimos tiempos, se ofrece como templo para casar a todos aquellos que demuestren lo más importante: que hay amor de por medio. También se ofrecen a realizar el rito del bautismo patológico, aunque solo a mayores de 18 años. "Consideramos el bautismo de niños como anti-pático", reza su página web.

10 diciembre 2012

Escuela de santidad

FELIPE BENÍTEZ REYES
EL PAÍS Andalucía, 25-11-2005

Todo el mundo tiene derecho a reclamar sus derechos, sobre todo cuando se trata de derechos torcidos. Torcidos por el curso de la realidad, por ejemplo. O de la historia. O de los azares pequeños de la vida. Pero hay derechos adquiridos que no sólo pueden perderse, sino que deben perderse para que gire la rueda de los derechos, que no siempre puede detenerse en el mismo sitio.
La iglesia católica exige su derecho a seguir en los programas educativos, en calidad de secta infiltrada, con todas sus prerrogativas. Es uno de sus derechos históricos, al margen de los cambios históricos. O eso creen. Y eso defienden. Si los curas fuesen apartados de los planes de enseñanza -cosa que no va a ocurrir-, España acabaría convirtiéndose en una sucursal babilónica de ahí te espero, entre otras cosas porque ya no podrían infectar la conciencia de los menores con recursos de novela gótica: dioses ensangrentados, santos mártires, vírgenes milagrosas que lloran sangre por la legalización del aborto o del matrimonio mariquita, niños que prefieren morir antes que pecar, rosarios aurorales protagonizados por ancianas insomnes y enlutadas que parecen haberse fugado del sepulcro, y así.
Durante muchísimos años, la iglesia católica ha demostrado con creces la efectividad de sus métodos pedagógicos. Eso nadie puede negarlo, porque los resultados están a la vista: generaciones y generaciones que han tenido que masturbarse pensando en el infierno, novios y novias que se han metido mano con la aflicción de ser espiados por el ojo omnividente de Dios, matrimonios amargos que han tenido que tragarse su amargura hasta que la muerte optara por separarlos, madres infantiles por dejarse tentar por los diablos urgentes del deseo, homosexuales vergonzantes y atormentados... Todo llamas, todo castigo, todo amenaza, todo pecado. ¿Qué tienen esos tipos dentro de la cabeza, Dios suyo? Los altos jerarcas de la iglesia católica están que trinan. Ellos, que antes eran los grandes sacerdotes de los rituales políticos y sociales, verse así, mendigando impartir catequesis para poder salvar el alma de los españolitos, tan proclives a la feria y la jarana, tan expuestos a los peligros de la carne, del agnosticismo, del ateísmo, de la duda metódica y del mundo moderno en general. Qué tiempos aquellos en que podían quemar a la gente, porque el pasado de la empresa es fino. Qué tiempos aquellos en que una herejía podía costarle a uno la vida. Y qué tiempos estos en que la cúpula eclesiástica se ve obligada a dialogar con unos medio comunistas, hijos tal vez de antiguos quemacuras.
Llegaba uno al colegio y allí estaban, empeñados en meternos el miedo en el cuerpo para que le cogiésemos asco a nuestro cuerpo, obligándonos a confesar, a delatar nuestro pequeño mundo de prodigios y descubrimientos sensoriales, mientras nos magreaban la nuca al son del relato de nuestras abominaciones, empeñados en instruirnos sobre las penalidades infinitas de los pecadores, bajo un crucifijo flanqueado por una foto meliflua del Caudillo y otra de José Antonio Primo de Rivera, el siempre presente, el repeinado. ¿Y ahora qué más quieren ustedes, por favor?