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18 mayo 2015
15 mayo 2015
Julián Iñesta Mena, in memóriam
Carta a la madre del amigo amado (y perdido)
Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.
Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!
Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos, porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.
Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...
En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.
Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad.
Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.
Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!
Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos, porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.
Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...
En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.
Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad.
13 mayo 2015
SOMOS. Manifiesto fundacional
Plataforma Gay y Lesbiana de
Sevilla
Quienes SOMOS y por qué estamos cabreados/cabreadas
Somos SOMOS, la Plataforma Gay y Lesbiana de Sevilla. Somos hombres y
mujeres homosexuales que vivimos, amamos y sufrimos en Sevilla. SOMOS españolitos/as
de todas las Españas, creyentes y no creyentes, empresarios/empresarias y
personas desempleadas, docentes y estudiantes, deportistas y fumadores. SOMOS
de baja estatura y de alta estatura. SOMOS gente corriente y variopinta cuya
particularidad es que nos relacionamos emocional y eróticamente con personas de
nuestro propio sexo. Nada más que eso y nada menos. Es nuestra circunstancia
natural y aquí estamos para pregonarlo a los cuatro vientos desde esta atalaya
plural que hemos fundado a la vera de la Giralda.
Nos proponemos fomentar un asociacionismo altruista entre gays y
lesbianas para contribuir a vertebrar la Sociedad hOMOsexual
Sevillana de finales de siglo
con la esperanza de que, en lo venidero, todos y todas lo tengamos más fácil.
Porque el gueto se nos ha quedado pequeño, SOMOS ambiciosos y queremos
ser lo que SOMOS en cualquier lugar y circunstancia. SOMOS una generación de
gays y lesbianas que queremos modernizar la inmovilista sociedad sevillana,
nuestro habitat natural. Reivindicamos nuestro derecho a ser como SOMOS en las
calles de esta Híspalis milenaria, unas calles que, como nuestra Constitución,
son de todos y de todas.
Y estamos aquí para luchar contra la secular homofobia de nuestra
sociedad, contra los roles machistas, contra la caverna periódica de esta
ciudad, contra las iglesias que hieren nuestra dignidad y contra cualquier tipo
de integrismo, contra los chistes de mariquitas y contra la imagen
estereotipada que algunos medios todavía ofrecen de nosotras y de nosotros,
contra tanta ignorancia acumulada y tanta desinformación interesada. Si tú
también estás cabreado o cabreada porque te pisan tu dignidad y te niegan
igualdad de derechos con las personas heterosexuales, arrima el hombro y únete
a nuestro proyecto. Así SOMOS más.
CMG
Manifiesto fundacional de la Asociación SomoS publicado en el
primer número de la revista X TI en enero de 1995.
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homoilustración,
LGTB,
Pedagogía social
26 abril 2015
MARE MORTUM: Una tragedia a la deriva
Rescate por las autoridades italianas de una barcaza repleta de inmigrantes que huyen de África. Foto MASSIMO SESTINI (NEWS PICTURES)
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libertad,
noticia
20 abril 2015
El poder de la blasfemia
Por MARIO VARGAS LLOSA
Ayaan Hirsi Ali prosigue su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse.
Es poco menos que un milagro que Ayaan Hirsi Ali, una de las heroínas de nuestro tiempo, esté todavía viva. Los fanáticos islamistas han querido acabar con ella y no lo han conseguido, y no es imposible que lo sigan intentando, pues se trata de uno de los más articulados, influyentes y valerosos adversarios que tienen en el mundo. Acaso tanto como sus ideas y su coraje, sea su ejemplo lo que atiza el odio contra ella de los militantes de Al Qaeda, el Estado Islámico y demás sectas fundamentalistas del Próximo Oriente y del África. Porque Ayaan Hirsi Ali es una demostración viviente de que, no importa cuán estrictos sean el adoctrinamiento y la opresión que se ejerza sobre un ser humano, el espíritu rebelde y libertario siempre es capaz de romper las barreras que se empeñan en sojuzgarlo.
Hirsi Ali nació en Somalia, en una familia conservadora, padeció la mutilación genital en la pubertad, y fue educada en Arabia Saudí y en Kenia dentro de la más severa observancia musulmana: llevó el hiyab, celebró la fatua que condenaba a muerte a Salman Rushdie, pero, cuando sus padres quisieron casarla con un lejano pariente en contra de su voluntad, se atrevió a huir y pidió asilo en Holanda. Allí aprendió el holandés, llegó a ser diputada por el partido liberal, y desde entonces comenzó una campaña, en la que no ha cesado hasta ahora, contra todo lo que hay de violento, intolerante y discriminatorio hacia la mujer en el islam. En sus tres primeros libros se servía mucho de su propia autobiografía para mostrar los extremos de crueldad y ceguera a que podía conducir el fanatismo musulmán y a explicar las razones de su apostasía y ruptura con la religión de su familia.
En el que acaba de publicar en Estados Unidos, Heretic Why Islam Needs a Reformation Now. (que será editado en España por Galaxia Gutenberg con el título de Reformemos el islam), critica, con su franqueza habitual, a los Gobiernos occidentales que, para no apartarse de la corrección política, se empeñan en afirmar que el terrorismo de organizaciones como Al Qaeda y el Estado Islámico es ajeno a la religión musulmana, una deformación aberrante de sus enseñanzas y principios, algo que, afirma ella, es rigurosamente falso. Su libro sostiene, por el contrario, que el origen de la violencia que aquellas organizaciones practican tiene su raíz en la propia religión y que, por ello, la única manera eficaz de combatirla es mediante una reforma radical de todos aquellos aspectos de la fe musulmana incompatibles con la modernidad, la democracia y los derechos humanos.
Esta transformación, que Hirsi Ali compara con lo que significaron para el cristianismo las críticas de Voltaire y la reforma de Lutero, consistiría en modificar cinco conceptos que, a su juicio, mantienen al islam detenido en el siglo séptimo: 1) la creencia de que el Corán expresa la inmutable palabra de Dios y la infalibilidad de Mahoma, su vocero; 2) la prelación que concede el islam a la otra vida sobre la de aquí y ahora; 3) la convicción de que la sharía constituye un sistema legal que debe gobernar la vida espiritual y material de la sociedad; 4) la obligación del musulmán común y corriente de exigir lo justo y prohibir lo que considera errado, y 5) la idea de la yihad o guerra santa. A quienes se preguntan qué quedaría del islam si éste renunciara a esos cinco pilares de su fe, Hirsi Ali responde que el cristianismo, antes de la reforma protestante, no era menos sectario, intolerante y brutal, y que sólo a partir de esta escisión la religión cristiana inició el proceso que la llevaría a separarse del Estado y a la coexistencia pacífica con otras creencias, gracias a lo cual prosperaron las libertades y los derechos civiles en el mundo occidental.
Más todavía, en los últimos capítulos de su libro, Hirsi Ali ofrece un detallado registro de reformadores —clérigos, profesores, intelectuales, políticos, periodistas— que, tanto dentro como fuera de los países musulmanes, según ella, han puesto ya en marcha esa reforma. Ella contaría con la callada solidaridad de gran número de creyentes —entre ellos, muchísimas mujeres— conscientes de que sólo gracias a esa puesta al día de su religión, podrían sus países abrazar la modernidad y salir del atraso medieval que significa, en pleno siglo XXI, seguir lapidando a las adúlteras, cortando las manos a los ladrones, decapitando a los impíos y apóstatas y considerando que, ante la ley, el testimonio de una mujer vale sólo la mitad que el de un hombre. Con mucha razón, Hirsi Ali exhorta a los Gobiernos y a las dirigencias políticas de los países democráticos a dar su apoyo a quienes, arriesgando sus vidas, libran esa difícil batalla religiosa y cultural, en vez de, por razones de Estado, amparar a regímenes despóticos como el de Arabia Saudí donde perviven aquellos horrores, y otros no menos atroces, como los llamados crímenes de honor: el padre o los hermanos que asesinan a la mujer violada pues esta violación “deshonró” a la familia de la víctima.
Nada me gustaría más que creer, como dice Hirsi Ali, que esta reforma ya ha comenzado y que, en todos los países musulmanes, esa espesa tiniebla religiosa que envuelve en ellos la vida ha empezado a disiparse. Lo que me hace dudar son los ejemplos contrarios —la agravación del fanatismo y el atractivo irresistible que para tantos adolescentes y hasta niños ejercen las organizaciones terroristas— de los que da cuenta su libro. Son tan numerosos y están descritos con tanta precisión que la impresión que uno saca de esas páginas es más bien la opuesta. Es decir, que en vez de un proceso de liberación muchos de esos países, como demuestra el fracaso de la llamada primavera árabe, en vez de acercarse a la modernidad sacudiéndose de anacrónicas y sangrientas creencias, son éstas más bien las que parecen renacer, robustecerse e infectar a buena parte de la sociedad. Ella misma cuenta cómo, con la excepción de Túnez —donde el proceso de laicización parece haber prendido de veras—, en ciudades como Bagdad, donde hace 20 y 30 años retrocedía el velo y muchas mujeres mostraban los cabellos y se vestían a la manera occidental, ahora es muy raro ver a alguna que no lleve el hiyab.
El caso de la propia Hirsi Ali es también muy elocuente. Cuando en Ámsterdam el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en 2004, el asesino, Mohammed Bouyeri, clavó en el pecho de su víctima una carta a Hirsi Ali advirtiéndole que ella sería la próxima asesinada por traicionar al islam. En vez de solidaridad, ella se vio amenazada por la ministra de Inmigración de Holanda, una señora de mandíbula cuadrada llamada Rita Verdonk, de perder la nacionalidad holandesa y sus vecinos le pidieron que abandonara el piso donde vivía, pues los ponía en peligro de padecer un atentado. Ahora mismo, en Estados Unidos, donde vive, es objeto de críticas muy duras de supuestos “liberales” que la acusan de “islamófoba” y, en el seminario que dicta en la Universidad de Harvard, no es raro que se inscriban alumnos y alumnas que lo hacen sólo para poder insultarla. Debe, por eso, vivir permanentemente protegida.
Lo extraordinario es que nada de eso parece hacerle mella. Ayaan Hirsi Ali, a juzgar por este cuarto libro, prosigue, vacunada contra el desaliento, ejerciendo lo que llama “el poder de la blasfemia”, su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse a la irracionalidad y el espíritu de la tribu. Dos veces en mi vida he tenido ocasión de oírla hablar. La primera en Holanda y, la segunda, varios años después, en Washington. En ambos casos la oí exponer sus tesis con una solvencia intelectual de gran empaque y, a la vez, con una suavidad y una elegancia que daban todavía más fuerza persuasiva a aquello que decía. Y, en ambos, pensé lo mismo: qué extraordinario que sea una somalí, educada en Arabia Saudí y en Kenia, capaz de romper con el oscurantismo y la barbarie que quisieron imponerle, quien defienda con tanta convicción y tanto fuego la cultura de la libertad, la mejor contribución de Occidente al mundo, ante unos auditorios de occidentales apáticos y escépticos, que ignoran lo privilegiados que son y el tesoro que poseen, y que tenga que ser Ayaan Hirsi Ali, después de pasar por el infierno, quien venga a recordárselo.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2015. © Mario Vargas Llosa, 2015 (El País, 19 de abril de 2015)
Ayaan Hirsi Ali prosigue su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse.
Es poco menos que un milagro que Ayaan Hirsi Ali, una de las heroínas de nuestro tiempo, esté todavía viva. Los fanáticos islamistas han querido acabar con ella y no lo han conseguido, y no es imposible que lo sigan intentando, pues se trata de uno de los más articulados, influyentes y valerosos adversarios que tienen en el mundo. Acaso tanto como sus ideas y su coraje, sea su ejemplo lo que atiza el odio contra ella de los militantes de Al Qaeda, el Estado Islámico y demás sectas fundamentalistas del Próximo Oriente y del África. Porque Ayaan Hirsi Ali es una demostración viviente de que, no importa cuán estrictos sean el adoctrinamiento y la opresión que se ejerza sobre un ser humano, el espíritu rebelde y libertario siempre es capaz de romper las barreras que se empeñan en sojuzgarlo.
Hirsi Ali nació en Somalia, en una familia conservadora, padeció la mutilación genital en la pubertad, y fue educada en Arabia Saudí y en Kenia dentro de la más severa observancia musulmana: llevó el hiyab, celebró la fatua que condenaba a muerte a Salman Rushdie, pero, cuando sus padres quisieron casarla con un lejano pariente en contra de su voluntad, se atrevió a huir y pidió asilo en Holanda. Allí aprendió el holandés, llegó a ser diputada por el partido liberal, y desde entonces comenzó una campaña, en la que no ha cesado hasta ahora, contra todo lo que hay de violento, intolerante y discriminatorio hacia la mujer en el islam. En sus tres primeros libros se servía mucho de su propia autobiografía para mostrar los extremos de crueldad y ceguera a que podía conducir el fanatismo musulmán y a explicar las razones de su apostasía y ruptura con la religión de su familia.En el que acaba de publicar en Estados Unidos, Heretic Why Islam Needs a Reformation Now. (que será editado en España por Galaxia Gutenberg con el título de Reformemos el islam), critica, con su franqueza habitual, a los Gobiernos occidentales que, para no apartarse de la corrección política, se empeñan en afirmar que el terrorismo de organizaciones como Al Qaeda y el Estado Islámico es ajeno a la religión musulmana, una deformación aberrante de sus enseñanzas y principios, algo que, afirma ella, es rigurosamente falso. Su libro sostiene, por el contrario, que el origen de la violencia que aquellas organizaciones practican tiene su raíz en la propia religión y que, por ello, la única manera eficaz de combatirla es mediante una reforma radical de todos aquellos aspectos de la fe musulmana incompatibles con la modernidad, la democracia y los derechos humanos.
Esta transformación, que Hirsi Ali compara con lo que significaron para el cristianismo las críticas de Voltaire y la reforma de Lutero, consistiría en modificar cinco conceptos que, a su juicio, mantienen al islam detenido en el siglo séptimo: 1) la creencia de que el Corán expresa la inmutable palabra de Dios y la infalibilidad de Mahoma, su vocero; 2) la prelación que concede el islam a la otra vida sobre la de aquí y ahora; 3) la convicción de que la sharía constituye un sistema legal que debe gobernar la vida espiritual y material de la sociedad; 4) la obligación del musulmán común y corriente de exigir lo justo y prohibir lo que considera errado, y 5) la idea de la yihad o guerra santa. A quienes se preguntan qué quedaría del islam si éste renunciara a esos cinco pilares de su fe, Hirsi Ali responde que el cristianismo, antes de la reforma protestante, no era menos sectario, intolerante y brutal, y que sólo a partir de esta escisión la religión cristiana inició el proceso que la llevaría a separarse del Estado y a la coexistencia pacífica con otras creencias, gracias a lo cual prosperaron las libertades y los derechos civiles en el mundo occidental.
Más todavía, en los últimos capítulos de su libro, Hirsi Ali ofrece un detallado registro de reformadores —clérigos, profesores, intelectuales, políticos, periodistas— que, tanto dentro como fuera de los países musulmanes, según ella, han puesto ya en marcha esa reforma. Ella contaría con la callada solidaridad de gran número de creyentes —entre ellos, muchísimas mujeres— conscientes de que sólo gracias a esa puesta al día de su religión, podrían sus países abrazar la modernidad y salir del atraso medieval que significa, en pleno siglo XXI, seguir lapidando a las adúlteras, cortando las manos a los ladrones, decapitando a los impíos y apóstatas y considerando que, ante la ley, el testimonio de una mujer vale sólo la mitad que el de un hombre. Con mucha razón, Hirsi Ali exhorta a los Gobiernos y a las dirigencias políticas de los países democráticos a dar su apoyo a quienes, arriesgando sus vidas, libran esa difícil batalla religiosa y cultural, en vez de, por razones de Estado, amparar a regímenes despóticos como el de Arabia Saudí donde perviven aquellos horrores, y otros no menos atroces, como los llamados crímenes de honor: el padre o los hermanos que asesinan a la mujer violada pues esta violación “deshonró” a la familia de la víctima.
Nada me gustaría más que creer, como dice Hirsi Ali, que esta reforma ya ha comenzado y que, en todos los países musulmanes, esa espesa tiniebla religiosa que envuelve en ellos la vida ha empezado a disiparse. Lo que me hace dudar son los ejemplos contrarios —la agravación del fanatismo y el atractivo irresistible que para tantos adolescentes y hasta niños ejercen las organizaciones terroristas— de los que da cuenta su libro. Son tan numerosos y están descritos con tanta precisión que la impresión que uno saca de esas páginas es más bien la opuesta. Es decir, que en vez de un proceso de liberación muchos de esos países, como demuestra el fracaso de la llamada primavera árabe, en vez de acercarse a la modernidad sacudiéndose de anacrónicas y sangrientas creencias, son éstas más bien las que parecen renacer, robustecerse e infectar a buena parte de la sociedad. Ella misma cuenta cómo, con la excepción de Túnez —donde el proceso de laicización parece haber prendido de veras—, en ciudades como Bagdad, donde hace 20 y 30 años retrocedía el velo y muchas mujeres mostraban los cabellos y se vestían a la manera occidental, ahora es muy raro ver a alguna que no lleve el hiyab.
El caso de la propia Hirsi Ali es también muy elocuente. Cuando en Ámsterdam el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en 2004, el asesino, Mohammed Bouyeri, clavó en el pecho de su víctima una carta a Hirsi Ali advirtiéndole que ella sería la próxima asesinada por traicionar al islam. En vez de solidaridad, ella se vio amenazada por la ministra de Inmigración de Holanda, una señora de mandíbula cuadrada llamada Rita Verdonk, de perder la nacionalidad holandesa y sus vecinos le pidieron que abandonara el piso donde vivía, pues los ponía en peligro de padecer un atentado. Ahora mismo, en Estados Unidos, donde vive, es objeto de críticas muy duras de supuestos “liberales” que la acusan de “islamófoba” y, en el seminario que dicta en la Universidad de Harvard, no es raro que se inscriban alumnos y alumnas que lo hacen sólo para poder insultarla. Debe, por eso, vivir permanentemente protegida.
Lo extraordinario es que nada de eso parece hacerle mella. Ayaan Hirsi Ali, a juzgar por este cuarto libro, prosigue, vacunada contra el desaliento, ejerciendo lo que llama “el poder de la blasfemia”, su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse a la irracionalidad y el espíritu de la tribu. Dos veces en mi vida he tenido ocasión de oírla hablar. La primera en Holanda y, la segunda, varios años después, en Washington. En ambos casos la oí exponer sus tesis con una solvencia intelectual de gran empaque y, a la vez, con una suavidad y una elegancia que daban todavía más fuerza persuasiva a aquello que decía. Y, en ambos, pensé lo mismo: qué extraordinario que sea una somalí, educada en Arabia Saudí y en Kenia, capaz de romper con el oscurantismo y la barbarie que quisieron imponerle, quien defienda con tanta convicción y tanto fuego la cultura de la libertad, la mejor contribución de Occidente al mundo, ante unos auditorios de occidentales apáticos y escépticos, que ignoran lo privilegiados que son y el tesoro que poseen, y que tenga que ser Ayaan Hirsi Ali, después de pasar por el infierno, quien venga a recordárselo.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2015. © Mario Vargas Llosa, 2015 (El País, 19 de abril de 2015)
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27 marzo 2015
12 marzo 2015
Sevilla se descubre arrugas en el espejo
Por MARGOT MOLINA
Sevilla, como Narciso, está acostumbrada a mirarse y gustarse, a hacer la vista gorda a las arrugas; pero el espejo que le ha servido durante los últimos cinco siglos se le ha quedado pequeño y para el XXI necesita uno de aumento. Un nuevo espejo que refleje la realidad de una capital que registra un 34% de paro, está perdiendo población —ha bajado de los 700.000 habitantes y ha perdido su condición de gran capital—; tiene 50.000 viviendas vacías de propiedad privada, de los bancos y del Ayuntamiento; un proyecto de tres líneas de Metro que algunos expertos consideran inviable económicamente —mantener abierta la línea que funciona actualmente cuesta 65 millones anuales, de los cuales 50 los aporta la Junta— y medio centro histórico convertido en un parque temático para turistas... Pero, a pesar de todo, Sevilla sigue ejerciendo una incuestionable atracción entre propios y extraños. En 2014 el número de turistas subió un 9% respecto al año anterior y alcanzó los 2,2 millones de visitantes que realizaron 4,5 millones de pernoctaciones en hoteles y apartamentos turísticos.
Entre sus atractivos destaca su enorme patrimonio, con uno de los cascos antiguos más extensos de Europa de casi cuatro kilómetros cuadrados, que gracias a la peatonalización de gran parte del centro histórico y a sus 170 kilómetros de carril bici consigue ofrecer una ciudad a escala humana.
“Sevilla no ha sabido sumarse a la modernidad. Aunque coquetea con ella y es una ciudad pretendidamente abierta, sus intentos de modernización han sido siempre fallidos. Es una ciudad maravillosa, pero también muy conservadora y es precisamente ese conservadurismo lo que le ha impedido entrar de lleno en la modernidad. Ha tenido intentos, pero han sido más formales, estéticos, que reales”, apunta Víctor Fernández Salinas, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla y uno de los 20 miembros del Comité Ejecutivo Internacional de Icomos, el organismo que asesora a la Unesco en materia de Patrimonio Mundial.
El turismo, uno de los sectores económicos fundamentales para la ciudad, tiene también su parte negativa, en opinión de Fernández Salinas. “El sur de la ciudad está cada vez más tematizado, es como un parque de atracciones y ha perdido su autenticidad. Hasta hace 15 años este fenómeno se limitaba solo al barrio de Santa Cruz, pero en los últimos años ha habido una prolongación tentacular hacia las calles Hernando Colón, García de Vinuesa... La idea de generar un ámbito para el turista que ya ocupa casi la mitad del casco histórico es de encefalograma plano”, apunta Fernández Salinas, uno de los miembros de Icomos que lideró, y perdió, la batalla de la Unesco contra la Torre Pelli. El rascacielos que puso en jaque la declaración de Patrimonio Mundial de la Unesco de la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias.
“La cultura de Sevilla es arrolladora, potente, fascinante pero si la ciudad quiere ser competitiva no puede ser solo un destino turístico exótico; tiene que canalizar su capacidad creativa. Hay que crear un espacio de reflexión sobre qué es la modernidad, porque a una ciudad no la hace moderna sus edificios, industrias o universidades; sino algo más inmaterial como la participación de la sociedad civil en las decisiones, asociaciones como por ejemplo Iniciativa Sevilla Abierta (ISA) que van de abajo hacia arriba”, añade el miembro de Icomos. (…)
El carácter de los sevillanos es también responsable, en opinión de Vicente Flores, catedrático de la Escuela de Ingeniería de Edificación de la Universidad de Sevilla, del estancamiento económico que padece la capital andaluza. Flores está convencido de la necesidad de “lealtad entre las instituciones”. “No pueden estar poniéndose palos en las ruedas unas a otras y culpándose mutuamente de los males”.
“Sevilla tiene un enemigo tremendo en los propios sevillanos, puesto que somos muy dados a hacer frentes. En cuanto surge un proyecto, como por ejemplo el de la zona franca, empezamos a buscarle pegas. Cuando se desconoce la historia y el patrimonio de la ciudad, como le ocurre a muchos sevillanos, se produce un desafecto y, en consecuencia, una despersonalización de la ciudad. Los sevillanos tenemos que volver a sentirnos orgullosos de Sevilla”, sentencia Flores como receta para que la ciudad pueda volver a mirarse en el espejo y gustarse según los cánones del siglo XXI.
El País, sábado 28 de febrero de 2015
Sevilla, como Narciso, está acostumbrada a mirarse y gustarse, a hacer la vista gorda a las arrugas; pero el espejo que le ha servido durante los últimos cinco siglos se le ha quedado pequeño y para el XXI necesita uno de aumento. Un nuevo espejo que refleje la realidad de una capital que registra un 34% de paro, está perdiendo población —ha bajado de los 700.000 habitantes y ha perdido su condición de gran capital—; tiene 50.000 viviendas vacías de propiedad privada, de los bancos y del Ayuntamiento; un proyecto de tres líneas de Metro que algunos expertos consideran inviable económicamente —mantener abierta la línea que funciona actualmente cuesta 65 millones anuales, de los cuales 50 los aporta la Junta— y medio centro histórico convertido en un parque temático para turistas... Pero, a pesar de todo, Sevilla sigue ejerciendo una incuestionable atracción entre propios y extraños. En 2014 el número de turistas subió un 9% respecto al año anterior y alcanzó los 2,2 millones de visitantes que realizaron 4,5 millones de pernoctaciones en hoteles y apartamentos turísticos.
Entre sus atractivos destaca su enorme patrimonio, con uno de los cascos antiguos más extensos de Europa de casi cuatro kilómetros cuadrados, que gracias a la peatonalización de gran parte del centro histórico y a sus 170 kilómetros de carril bici consigue ofrecer una ciudad a escala humana.
“Sevilla no ha sabido sumarse a la modernidad. Aunque coquetea con ella y es una ciudad pretendidamente abierta, sus intentos de modernización han sido siempre fallidos. Es una ciudad maravillosa, pero también muy conservadora y es precisamente ese conservadurismo lo que le ha impedido entrar de lleno en la modernidad. Ha tenido intentos, pero han sido más formales, estéticos, que reales”, apunta Víctor Fernández Salinas, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla y uno de los 20 miembros del Comité Ejecutivo Internacional de Icomos, el organismo que asesora a la Unesco en materia de Patrimonio Mundial.
El turismo, uno de los sectores económicos fundamentales para la ciudad, tiene también su parte negativa, en opinión de Fernández Salinas. “El sur de la ciudad está cada vez más tematizado, es como un parque de atracciones y ha perdido su autenticidad. Hasta hace 15 años este fenómeno se limitaba solo al barrio de Santa Cruz, pero en los últimos años ha habido una prolongación tentacular hacia las calles Hernando Colón, García de Vinuesa... La idea de generar un ámbito para el turista que ya ocupa casi la mitad del casco histórico es de encefalograma plano”, apunta Fernández Salinas, uno de los miembros de Icomos que lideró, y perdió, la batalla de la Unesco contra la Torre Pelli. El rascacielos que puso en jaque la declaración de Patrimonio Mundial de la Unesco de la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias.
“La cultura de Sevilla es arrolladora, potente, fascinante pero si la ciudad quiere ser competitiva no puede ser solo un destino turístico exótico; tiene que canalizar su capacidad creativa. Hay que crear un espacio de reflexión sobre qué es la modernidad, porque a una ciudad no la hace moderna sus edificios, industrias o universidades; sino algo más inmaterial como la participación de la sociedad civil en las decisiones, asociaciones como por ejemplo Iniciativa Sevilla Abierta (ISA) que van de abajo hacia arriba”, añade el miembro de Icomos. (…)
El carácter de los sevillanos es también responsable, en opinión de Vicente Flores, catedrático de la Escuela de Ingeniería de Edificación de la Universidad de Sevilla, del estancamiento económico que padece la capital andaluza. Flores está convencido de la necesidad de “lealtad entre las instituciones”. “No pueden estar poniéndose palos en las ruedas unas a otras y culpándose mutuamente de los males”.
“Sevilla tiene un enemigo tremendo en los propios sevillanos, puesto que somos muy dados a hacer frentes. En cuanto surge un proyecto, como por ejemplo el de la zona franca, empezamos a buscarle pegas. Cuando se desconoce la historia y el patrimonio de la ciudad, como le ocurre a muchos sevillanos, se produce un desafecto y, en consecuencia, una despersonalización de la ciudad. Los sevillanos tenemos que volver a sentirnos orgullosos de Sevilla”, sentencia Flores como receta para que la ciudad pueda volver a mirarse en el espejo y gustarse según los cánones del siglo XXI.
El País, sábado 28 de febrero de 2015
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05 marzo 2015
The Importance of Being Bilingual
By CARLOS MARTÍN GAEBLER
Being able to speak English as a second language opens up a world of opportunities for you in many walks of life. Speaking a foreign language not only makes you a richer person both socially and culturally, but also allows you to feel like a citizen of the world. A reasonable competence in understanding and speaking the English language will certainly make you feel confident wherever you go, even in Europe! Within the European Union alone there are several countries (apart from the United Kingdom and Ireland) where English is broadly spoken by the majority of the population, which makes it easy to get by. Such is the case with Sweden, Denmark or Holland.
Travelling offers you the best way to practise your English. In this respect, the Erasmus Exchange Programme provides Spanish university students with the best chance to acquaint themselves with their European fellow students. Bear in mind that quite a number of European universities offer some of their courses in English. So you might want to consider the possibility of applying for an Erasmus grant and spending a few months at another European university. Studying for a year abroad should be an integral part of every young Spanish university student’s education. It always turns out to be a once-in-a-lifetime experience and we warmly encourage you to seize the opportunity. You’ll never regret it later! Also remember that travelling in Europe has become much easier after the launching of the euro, the European single currency, was adopted by twelve EU countries on 1st January, 2002.
It is common knowledge that tourism has become Seville’s number-one industry. Thousands of people work or intend to work in this field, but sadly enough very few of them could claim that they have an acceptable level of English. It is a fact that the level of English of local shop assistants, taxi drivers or bank clerks, for instance, leaves something to be desired. Being competent in English should go with certain jobs, even if some do not seem to see the logic of it. In this case, speaking a foreign language is just another way of being hospitable.
Finally, one of the best and most enjoyable ways of achieving some kind of bilingual ability is watching films in their original English version. In Seville you can now do so at the Avenida cinema, which regularly show English-speaking films with Spanish subtitles. Some Spanish TV channels also offer subtitled films every now and then. Not only will you learn new expressions or recognise the ones you have already learnt, but you will also enjoy the different accents of great actors and actresses, because, as any film-lover would tell you, a good film is a magical combination of moving images and human voice, and the latter should never be dubbed.
In short, being somewhat bilingual will broaden your perception of the world around you and will give you the tools to become part of the multilingual global society we live in. If you overcome your initial communicative shyness and reach the point when you feel confident to speak today’s lingua franca at any time anywhere, you will have the world in the palm of your hand. If other Europeans can do it, so can you! Remember the saying, “Where there’s a will there’s a way.” Have a go and enjoy the difference! cmg2002
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01 marzo 2015
28 enero 2015
El regreso de las ideas
Por MARIO VARGAS LLOSA
Los asesinatos cometidos por los yihadistas en Francia en el semanario satírico Charlie Hebdo y en un supermercado kosher han tenido sorprendentes consecuencias políticas. Han reactivado las raíces democráticas de la sociedad francesa y movilizado a inmensos sectores a manifestar su protesta por aquella barbarie y su defensa de la tolerancia, la libertad, la igualdad, el derecho de crítica y la legalidad, valores que se han visto amenazados con aquellos crímenes.
De otra parte, han devuelto la confianza de la opinión pública en el Gobierno (que parecía desfalleciente) del presidente, François Hollande, y de su primer ministro, Manuel Valls, por su enérgico manejo de la crisis provocada por el desafío terrorista, y renovado los consensos de la clase política francesa a favor de los “principios republicanos”, es decir, la coexistencia en la diversidad de creencias, costumbres y culturas diferentes. En vez de dejarse intimidar por el chantaje sangriento de los extremistas islámicos, Francia, que los ha combatido ya en el África y lo sigue haciendo en Oriente Próximo, reafirma su decisión de seguir enfrentándolos. En prueba de ello, ha despachado a esa región a su principal porta-aviones, el Charles de Gaulle, a fin de apoyar los bombardeos aliados contra el califato islámico instaurado en territorios de Siria e Irak. Vale la pena recordar que Francia propuso una intervención militar en Siria a favor de los rebeldes laicos y demócratas que se alzaron contra la dictadura de Bachar el Asad y que su propuesta se frustró por culpa de Estados Unidos y otros aliados, intimidados por Vladímir Putin, proveedor de armas al Gobierno sirio. Ahora que aquellas fuerzas rebeldes han sido barridas por los fanáticos islamistas que quieren derrocar al régimen de El Asad para instalar una dictadura todavía más despótica (en el califato islámico, además de las decapitaciones, los latigazos y la esclavización de la mujer, acaba de estrenarse la política de lanzar al vacío a los homosexuales), muchos Gobiernos occidentales lamentarán no haber adoptado la firmeza de Francia en defensa de la civilización, que es, a todas luces, lo que el extremismo islamista se propone exterminar.
Pero, acaso la más importante deriva de los asesinatos cometidos por los yihadistas en París sea el regreso de las ideas a la política francesa. Ellas fueron las grandes protagonistas de su vida pública a lo largo de buena parte de su historia, pero, en los últimos tiempos, en parte por el desinterés —para no decir el desprecio— que a su intelligentsia inspiraba la política, y, en parte, por el sesgo puramente pragmático, de mera gestión de lo existente, sin vuelo, ni horizonte, ni ideales, que había adquirido aquella, el debate de ideas, en la que Francia siempre descolló, parecía haberse extinguido en la tierra de Voltaire, Diderot, Sartre, Malraux, Camus. En estas últimas semanas ha vuelto, de manera plural y torrentosa.
Hace mucho que no se veía a tantos escritores, profesores, eruditos, investigadores, volcarse de manera tan intensa en la vida pública, opinando a través de artículos, manifiestos, entrevistas en la radio, la televisión y los periódicos, sobre el crecimiento del antisemitismo, la islamofobia, los guetos de inmigrantes desprovistos de educación, de trabajo y de oportunidades que se multiplican en las ciudades europeas y sirven de caldo de cultivo del extremismo antioccidental, de donde están partiendo millares de jóvenes a integrar los batallones fanáticos de Al Qaeda, el califato islámico y otras sectas terroristas.
La polémica es tan intensa que me ha hecho recordar los años sesenta, cuando temas como la guerra de Argelia, las denuncias sobre el Gulag, la fascinación que ejercían entre muchos jóvenes la revolución cubana y el maoísmo, el compromiso y la militancia de los intelectuales, animaban un debate efervescente que enriquecía la política y la cultura francesas. Entre las ideas sobre las que la disparidad de opiniones es mayor figura la inmigración: ¿constituye ella un peligro potencial, como cree Marine Le Pen y a la que parecería suscribir el revoltoso Michel Houellebecq con su última novela, Sumisión, y por tanto ser restringida y vigilada con rigor? Otros intelectuales, como André Glucksmann, recuerdan que el mayor número de víctimas del terrorismo islámico son los propios musulmanes, que han muerto ya y siguen muriendo por decenas de millares, víctimas de unos fanáticos para los cuales todo quien descree de su verdad única merece ser exterminado. El fanatismo irracional y asesino no es monopolio del islam; florece también en otras religiones, de la que no estuvo excluida la cristiana, aunque, quién podría negarlo, aquel es mucho más resistente a la modernización de lo que ésta lo fue, pues no ha experimentado aún ese largo proceso de laicización que permitió a la Iglesia católica adaptarse a la democracia, es decir, dejar de identificarse con el Estado. Todo esto parece indicar que pasará todavía mucho tiempo antes de que los países árabes —un ejemplo promisor, por desgracia hasta ahora único, es el de Túnez— adopten la cultura de la libertad.
Me gustaría comentar las opiniones sobre este tema de dos intelectuales que aprecio mucho: J. M. Le Clézio y Guy Sorman. Ambos coinciden en señalar que los asesinos de los periodistas de Charlie Hebdo, así como el de los cuatro judíos del supermercado kosher, son meros delincuentes comunes, pobres diablos nacidos o criados en los guetos franceses, en condiciones execrables, y educados en el crimen en los reformatorios y cárceles. Esta sería su verdadera condición, a la que el fundamentalismo islámico sirve apenas de superficial disfraz. El entorno social en que nacieron y crecieron sería el mayor responsable del furor nihilista que los volvió depredadores humanos antes que una convicción religiosa.
Yo creo que este análisis no valora lo suficiente a quienes canalizan, arman y aprovechan para sus propios fines a esos “lobos solitarios” productos de la discriminación, la incultura y el ergástulo. ¿Acaso todas las ideologías y religiones no se han servido siempre de delincuentes comunes y sujetos descerebrados y perversos para cometer sus fechorías? Los asesinos de Charlie Hebdo y del supermercado salían de aquellos guetos, pero fueron entrenados en Oriente Próximo o en África, y formaron parte de organizaciones que, gracias a Estados petroleros y jeques multimillonarios que las financian, están equipadas con armas modernísimas y tienen redes de información y enlaces por todo el mundo, a la vez que imanes y teólogos los proveían de las elementales verdades para justificar sus crímenes, sentirse héroes y mártires merecedores de gloria y placeres sin cuento en el más allá. Desde luego que las condiciones de abandono y marginación de los guetos europeos contribuyen a crear potencialmente al asesino fanático. Pero quien pone la bomba o el Kaláshnikov en sus manos, lo incita y le señala el blanco a liquidar, tiene tanta responsabilidad como él en la sangre derramada.
Que la lucha contra el terrorismo exija a veces ciertos recortes de la libertad es, por desgracia, inevitable, a condición de que estas limitaciones no transgredan ciertos límites más allá de los cuales la propia libertad sucumbe y un país libre deja de serlo y llega a confundirse con los Estados totalitarios y oscurantistas que alimentan el terrorismo. Esto parece haberlo entendido muy bien el pueblo francés, que, en la encuesta sobre intenciones de voto que se publica el mismo día que escribo este artículo, señala un aumento en la popularidad de todos los partidos democráticos —de derecha y de izquierda— en tanto que el Front National no parece haber ganado un solo voto con su demagogia de pedir el restablecimiento de la pena capital, la salida de Europa y una agresiva política antiinmigratoria.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2015. © Mario Vargas Llosa, 2015.
Los asesinatos cometidos por los yihadistas en Francia en el semanario satírico Charlie Hebdo y en un supermercado kosher han tenido sorprendentes consecuencias políticas. Han reactivado las raíces democráticas de la sociedad francesa y movilizado a inmensos sectores a manifestar su protesta por aquella barbarie y su defensa de la tolerancia, la libertad, la igualdad, el derecho de crítica y la legalidad, valores que se han visto amenazados con aquellos crímenes.
De otra parte, han devuelto la confianza de la opinión pública en el Gobierno (que parecía desfalleciente) del presidente, François Hollande, y de su primer ministro, Manuel Valls, por su enérgico manejo de la crisis provocada por el desafío terrorista, y renovado los consensos de la clase política francesa a favor de los “principios republicanos”, es decir, la coexistencia en la diversidad de creencias, costumbres y culturas diferentes. En vez de dejarse intimidar por el chantaje sangriento de los extremistas islámicos, Francia, que los ha combatido ya en el África y lo sigue haciendo en Oriente Próximo, reafirma su decisión de seguir enfrentándolos. En prueba de ello, ha despachado a esa región a su principal porta-aviones, el Charles de Gaulle, a fin de apoyar los bombardeos aliados contra el califato islámico instaurado en territorios de Siria e Irak. Vale la pena recordar que Francia propuso una intervención militar en Siria a favor de los rebeldes laicos y demócratas que se alzaron contra la dictadura de Bachar el Asad y que su propuesta se frustró por culpa de Estados Unidos y otros aliados, intimidados por Vladímir Putin, proveedor de armas al Gobierno sirio. Ahora que aquellas fuerzas rebeldes han sido barridas por los fanáticos islamistas que quieren derrocar al régimen de El Asad para instalar una dictadura todavía más despótica (en el califato islámico, además de las decapitaciones, los latigazos y la esclavización de la mujer, acaba de estrenarse la política de lanzar al vacío a los homosexuales), muchos Gobiernos occidentales lamentarán no haber adoptado la firmeza de Francia en defensa de la civilización, que es, a todas luces, lo que el extremismo islamista se propone exterminar.
Pero, acaso la más importante deriva de los asesinatos cometidos por los yihadistas en París sea el regreso de las ideas a la política francesa. Ellas fueron las grandes protagonistas de su vida pública a lo largo de buena parte de su historia, pero, en los últimos tiempos, en parte por el desinterés —para no decir el desprecio— que a su intelligentsia inspiraba la política, y, en parte, por el sesgo puramente pragmático, de mera gestión de lo existente, sin vuelo, ni horizonte, ni ideales, que había adquirido aquella, el debate de ideas, en la que Francia siempre descolló, parecía haberse extinguido en la tierra de Voltaire, Diderot, Sartre, Malraux, Camus. En estas últimas semanas ha vuelto, de manera plural y torrentosa.
Hace mucho que no se veía a tantos escritores, profesores, eruditos, investigadores, volcarse de manera tan intensa en la vida pública, opinando a través de artículos, manifiestos, entrevistas en la radio, la televisión y los periódicos, sobre el crecimiento del antisemitismo, la islamofobia, los guetos de inmigrantes desprovistos de educación, de trabajo y de oportunidades que se multiplican en las ciudades europeas y sirven de caldo de cultivo del extremismo antioccidental, de donde están partiendo millares de jóvenes a integrar los batallones fanáticos de Al Qaeda, el califato islámico y otras sectas terroristas.
La polémica es tan intensa que me ha hecho recordar los años sesenta, cuando temas como la guerra de Argelia, las denuncias sobre el Gulag, la fascinación que ejercían entre muchos jóvenes la revolución cubana y el maoísmo, el compromiso y la militancia de los intelectuales, animaban un debate efervescente que enriquecía la política y la cultura francesas. Entre las ideas sobre las que la disparidad de opiniones es mayor figura la inmigración: ¿constituye ella un peligro potencial, como cree Marine Le Pen y a la que parecería suscribir el revoltoso Michel Houellebecq con su última novela, Sumisión, y por tanto ser restringida y vigilada con rigor? Otros intelectuales, como André Glucksmann, recuerdan que el mayor número de víctimas del terrorismo islámico son los propios musulmanes, que han muerto ya y siguen muriendo por decenas de millares, víctimas de unos fanáticos para los cuales todo quien descree de su verdad única merece ser exterminado. El fanatismo irracional y asesino no es monopolio del islam; florece también en otras religiones, de la que no estuvo excluida la cristiana, aunque, quién podría negarlo, aquel es mucho más resistente a la modernización de lo que ésta lo fue, pues no ha experimentado aún ese largo proceso de laicización que permitió a la Iglesia católica adaptarse a la democracia, es decir, dejar de identificarse con el Estado. Todo esto parece indicar que pasará todavía mucho tiempo antes de que los países árabes —un ejemplo promisor, por desgracia hasta ahora único, es el de Túnez— adopten la cultura de la libertad.
Me gustaría comentar las opiniones sobre este tema de dos intelectuales que aprecio mucho: J. M. Le Clézio y Guy Sorman. Ambos coinciden en señalar que los asesinos de los periodistas de Charlie Hebdo, así como el de los cuatro judíos del supermercado kosher, son meros delincuentes comunes, pobres diablos nacidos o criados en los guetos franceses, en condiciones execrables, y educados en el crimen en los reformatorios y cárceles. Esta sería su verdadera condición, a la que el fundamentalismo islámico sirve apenas de superficial disfraz. El entorno social en que nacieron y crecieron sería el mayor responsable del furor nihilista que los volvió depredadores humanos antes que una convicción religiosa.
Yo creo que este análisis no valora lo suficiente a quienes canalizan, arman y aprovechan para sus propios fines a esos “lobos solitarios” productos de la discriminación, la incultura y el ergástulo. ¿Acaso todas las ideologías y religiones no se han servido siempre de delincuentes comunes y sujetos descerebrados y perversos para cometer sus fechorías? Los asesinos de Charlie Hebdo y del supermercado salían de aquellos guetos, pero fueron entrenados en Oriente Próximo o en África, y formaron parte de organizaciones que, gracias a Estados petroleros y jeques multimillonarios que las financian, están equipadas con armas modernísimas y tienen redes de información y enlaces por todo el mundo, a la vez que imanes y teólogos los proveían de las elementales verdades para justificar sus crímenes, sentirse héroes y mártires merecedores de gloria y placeres sin cuento en el más allá. Desde luego que las condiciones de abandono y marginación de los guetos europeos contribuyen a crear potencialmente al asesino fanático. Pero quien pone la bomba o el Kaláshnikov en sus manos, lo incita y le señala el blanco a liquidar, tiene tanta responsabilidad como él en la sangre derramada.
Que la lucha contra el terrorismo exija a veces ciertos recortes de la libertad es, por desgracia, inevitable, a condición de que estas limitaciones no transgredan ciertos límites más allá de los cuales la propia libertad sucumbe y un país libre deja de serlo y llega a confundirse con los Estados totalitarios y oscurantistas que alimentan el terrorismo. Esto parece haberlo entendido muy bien el pueblo francés, que, en la encuesta sobre intenciones de voto que se publica el mismo día que escribo este artículo, señala un aumento en la popularidad de todos los partidos democráticos —de derecha y de izquierda— en tanto que el Front National no parece haber ganado un solo voto con su demagogia de pedir el restablecimiento de la pena capital, la salida de Europa y una agresiva política antiinmigratoria.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2015. © Mario Vargas Llosa, 2015.
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20 enero 2015
11 enero 2015
Fascismo
Por SAMI NAÏR
Para Cabu, que lo sabía.
El objetivo de los criminales que mataron a la cúpula dirigente de Charlie Hebdo, una masacre que hace desaparecer de golpe a unos de los más talentosos artistas franceses, no era sólo atacar a un periódico conocido por su ateísmo militante, su crítica de todas las religiones, su rechazo de cualquier forma de censura, su tono vigorosamente libertario y radicalmente anticonformista. En realidad, mas allá de la emoción y del dolor, de lo que se trata con este acto, es de algo trascendente: ni más ni menos que un acto de guerra, planificado militarmente, ejecutado por soldados del yihadismo, decididos a matar y a morir. Fanáticos religiosos, eso sí a nuestros ojos, pero no desde su punto de vista, pues se consideran soldados de Dios en cruzada contra los infieles. Por supuesto para ellos, este periódico era un objetivo simbólico tanto por haber publicado las viñetas sobre Mahoma como por ser irreductible en su denuncia del integrismo armado.
Pero el hecho de que este acto bárbaro ocurra ahora tiene otro significado: se trata de responder a la implicación cada vez más importante de Francia en las guerras de Oriente Medio y de África. Tanto Al Qaeda como el Estado supuestamente “islámico” han difundido, estas últimas semanas, varias llamadas a sus partidarios escondidos en Europa y especialmente en Francia, pidiéndoles atacar en el territorio francés. Pretenden así, utilizando la estrategia de las guerras asimétricas, oponer a los bombardeos de la aviación francesa en Irak, en Siria o en la frontera libia, el terror y el miedo en las poblaciones civiles francesas. Al mismo tiempo, atacar a Charlie Hebdo tiene a sus ojos una ventaja decisiva: aparecer como defensores de la identidad musulmana.
Ese cálculo puede parecer muy ingenuo, pero no lo es tanto. Pues el objetivo del yihadismo en Francia, de cualquier bando que sea, es precisamente hacer todo para separar a los musulmanes del resto de sus conciudadanos, demostrar que la integración es imposible, hacer de la vida diaria un infierno de odios identidarios; en resumen, conseguir los mismos resultados que los que buscan, a su modo, los extremismos de derechas, es decir, hacer de la sociedad democrática un campo de batalla y de choques de civilizaciones.
Es el verdadero objetivo de Al Qaeda, del Estado supuestamente “islámico” y de todos los grupos religiosos militarizados que son de hecho una forma específica de posfascismo. Pero como todas las ideologías primitivas, esa también se equivoca gravemente: la reacción de los Gobiernos europeos va probablemente hacia una alianza mucho más comprometida en contra del terrorismo. Y por otra parte, a pesar de las inevitables manipulaciones de los mercaderes políticos del odio, ese crimen contra la inteligencia y la libertad está ya generando una fusión solidaria y republicana mucho más profunda entre los ciudadanos. Los más de cuatro millones de musulmanes franceses nunca serán el campo de experimentación del fascismo religioso integrista.
El País, 10 de enero de 2015
Para Cabu, que lo sabía.
El objetivo de los criminales que mataron a la cúpula dirigente de Charlie Hebdo, una masacre que hace desaparecer de golpe a unos de los más talentosos artistas franceses, no era sólo atacar a un periódico conocido por su ateísmo militante, su crítica de todas las religiones, su rechazo de cualquier forma de censura, su tono vigorosamente libertario y radicalmente anticonformista. En realidad, mas allá de la emoción y del dolor, de lo que se trata con este acto, es de algo trascendente: ni más ni menos que un acto de guerra, planificado militarmente, ejecutado por soldados del yihadismo, decididos a matar y a morir. Fanáticos religiosos, eso sí a nuestros ojos, pero no desde su punto de vista, pues se consideran soldados de Dios en cruzada contra los infieles. Por supuesto para ellos, este periódico era un objetivo simbólico tanto por haber publicado las viñetas sobre Mahoma como por ser irreductible en su denuncia del integrismo armado.
Pero el hecho de que este acto bárbaro ocurra ahora tiene otro significado: se trata de responder a la implicación cada vez más importante de Francia en las guerras de Oriente Medio y de África. Tanto Al Qaeda como el Estado supuestamente “islámico” han difundido, estas últimas semanas, varias llamadas a sus partidarios escondidos en Europa y especialmente en Francia, pidiéndoles atacar en el territorio francés. Pretenden así, utilizando la estrategia de las guerras asimétricas, oponer a los bombardeos de la aviación francesa en Irak, en Siria o en la frontera libia, el terror y el miedo en las poblaciones civiles francesas. Al mismo tiempo, atacar a Charlie Hebdo tiene a sus ojos una ventaja decisiva: aparecer como defensores de la identidad musulmana.
Ese cálculo puede parecer muy ingenuo, pero no lo es tanto. Pues el objetivo del yihadismo en Francia, de cualquier bando que sea, es precisamente hacer todo para separar a los musulmanes del resto de sus conciudadanos, demostrar que la integración es imposible, hacer de la vida diaria un infierno de odios identidarios; en resumen, conseguir los mismos resultados que los que buscan, a su modo, los extremismos de derechas, es decir, hacer de la sociedad democrática un campo de batalla y de choques de civilizaciones.
Es el verdadero objetivo de Al Qaeda, del Estado supuestamente “islámico” y de todos los grupos religiosos militarizados que son de hecho una forma específica de posfascismo. Pero como todas las ideologías primitivas, esa también se equivoca gravemente: la reacción de los Gobiernos europeos va probablemente hacia una alianza mucho más comprometida en contra del terrorismo. Y por otra parte, a pesar de las inevitables manipulaciones de los mercaderes políticos del odio, ese crimen contra la inteligencia y la libertad está ya generando una fusión solidaria y republicana mucho más profunda entre los ciudadanos. Los más de cuatro millones de musulmanes franceses nunca serán el campo de experimentación del fascismo religioso integrista.
El País, 10 de enero de 2015
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