01 marzo 2013

Weekend, o la homofobia invisible

JORDI COSTA

Uno de los dos personajes principales de esta película, que oculta bajo su naturalidad y su discreción expresiva su verdadera importancia, es un estudiante de arte, Glen (un debutante Chris New, versión British, gay y algo jíbara de Ryan Gosling), que graba los testimonios de sus ocasionales compañeros de cama para un proyecto artístico. Cuando, en una cita posterior, su último ligue, Russell (un Tom Cullen impecable), le pregunta sobre la relevancia artística de su proyecto, Glen suelta una argumentación que funciona perfectamente como agenda oculta de la propia Weekend: “Los gays nunca hablan en público (de su actividad sexual) a menos que sean indirectas baratas. Creo que es porque se avergüenzan. (…) ¿Sabes cuando duermes por primera vez con alguien que no conoces? Te conviertes en un lienzo en blanco y tienes la oportunidad de proyectar sobre ese lienzo quién quieres ser. Y eso es lo interesante porque todo el mundo lo hace. (…) Lo que ocurre es que mientras proyectas quién quieres ser, se abre un hueco entre quién quieres ser y quién eres realmente, y ese hueco te enseña qué te impide ser quién quieres ser”.
Segundo trabajo de Andrew Haigh, ayudante de montaje de Ridley Scott que acabó participando en la edición de Manolete (2008) y debutó en la dirección de largos con Greek Pete (2009) –película sobre las perplejidades sentimentales en la relación entre un chapero y su pareja estable-, Weekend es una película sobresaliente que, a primera vista, no parece una obra únicamente dirigida al público gay: habla de algo tan universal como el amor y de las subterráneas corrientes emocionales que acaban convirtiendo el ligue de una noche en algo que, cuaje o no, acabará resonando en el futuro. La homosexualidad y su representación no son el tabú a superar, pero la película acaba revelando, sutilmente, su carácter reivindicativo al señalar con el dedo la asumida homofobia en nuestros protocolos de comportamiento: por superada que creamos tener, sobre el papel, la idea de la relación entre personas del mismo sexo, ¿por qué sigue siendo problemático que las parejas homosexuales expresen su afecto en público?, ¿somos conscientes de las veces en que, a lo largo del día, una pareja homosexual escucha un comentario intolerante al fondo, una mirada reprobatoria, un atisbo de incomodidad grupal?
Weekend no crispa su discurso: habla de algo en lo que todos nos podemos reconocer, propone dos sólidos retratos de personajes hechos de contradicciones y vulnerabilidades y describe una cotidianidad donde la homofobia es inercia, piel invisible de los comportamientos de quienes nunca se considerarían intolerantes. (El País, 28 de febrero de 2013)

Artículo relacionado> Breve encuentro, Javier Pérez Martín, Revista Magnolia

'WEEKEND'

Dirección: Andrew Haigh. Intérpretes: Chris New, Tom Cullen, Jonathan Race, Laura Freeman, Loreto Murray, Sarh Churm, Jonathan Wright, Joe Doherty. Género: Drama. Gran Bretaña, 2011. Duración: 97 minutos.

05 febrero 2013

Podredumbre

El Roto

 


26 enero 2013

Europa o el caos

Un grupo de filósofos, escritores y periodistas alerta sobre los riesgos de deshacer la Europa soñada tras la Segunda Guerra Mundial. Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater, Peter Schneider lanzan un manifiesto con una clara advertencia: unión política o muerte.
Europa no está en crisis, está muriéndose. 
No Europa como territorio, naturalmente. 

Sino Europa como Idea. 
Europa como sueño y como proyecto. 

La Europa acorde con el espíritu elogiado por Edmund Husserl en sus dos grandes conferencias pronunciadas en 1938 en Viena y Berlín, en vísperas de la catástrofe nazi.

Europa como voluntad y representación, como sueño y como construcción, esta Europa que pusieron en pie nuestros padres, esta Europa que supo transformarse en una idea nueva, que fue capaz de aportar a los pueblos que acababan de salir de la Segunda Guerra Mundial una paz, una prosperidad y una difusión de la democracia sin precedentes, pero que, ante nuestros propios ojos, está deshaciéndose una vez más.

Se deshace en Atenas, una de sus cunas, en medio de la indiferencia y el cinismo de sus naciones hermanas: hubo un tiempo, el del movimiento filohelénico de principios del siglo XIX, en el que desde Chateaubriand hasta el Byron de Missolonghi, desde Berlioz hasta Delacroix, desde Pushkin hasta el joven Victor Hugo, todos los artistas, poetas, grandes mentes de Europa, volaban en su auxilio y militaban en favor de su libertad. Hoy estamos lejos de eso; y da la impresión de que los herederos de aquellos grandes europeos, mientras los helenos libran una nueva batalla contra otra forma de decadencia y sujeción, no tienen nada mejor que hacer que reprenderles, estigmatizarlos, despreciarlos y —con el plan de rigor impuesto como programa de austeridad, que se les conmina a seguir— despojarles del principio de soberanía que, hace tanto tiempo, inventaron ellos mismos.

Se deshace en Roma, su otra cuna, su otro pedestal, la segunda matriz (la tercera es el espíritu de Jerusalén) de su moral y su saber, el otro lugar en el que se inventó esta distinción entre la ley y el derecho, entre el ser humano y el ciudadano, que constituye el origen del modelo democrático que tanto ha aportado, no solo a Europa, sino al mundo: esa fuente romana contaminada por los venenos de un berlusconismo que no acaba de desaparecer, esa capital espiritual y cultural a veces incluida, junto a España, Portugal, Grecia e Irlanda, en los famosos "PIIGS" a los que fustigan unas instituciones financieras sin conciencia ni memoria, ese país que enseñó a embellecer el mundo en Europa y que ahora parece, con razón o sin ella, el enfermo del continente. ¡Qué miseria! ¡Qué ridículo!

Se deshace en todas partes, de este a oeste, de norte a sur, con el ascenso de los populismos, los chauvinismos, las ideologías de exclusión y odio que Europa tenía precisamente como misión marginar, debilitar, y que vuelven vergonzosamente a levantar la cabeza. ¡Qué lejos está la época en la que, por las calles de Francia, en solidaridad con un estudiante insultado por el responsable de un partido de memoria tan escasa como sus ideas, se cantaba "todos somos judíos alemanes"! ¡Qué lejanos parecen hoy los movimientos solidarios, en Londres, Berlín, Roma, París, con los disidentes de aquella otra Europa que Milan Kundera llamaba la Europa cautiva y que parecía el corazón del continente! Y en cuanto a la pequeña internacional de espíritus libres que luchaban, hace 20 años, por esa alma europea que encarnaba Sarajevo, bajo las bombas y presa de una despiadada "limpieza étnica", ¿dónde está? ¿Por qué ya no se la oye?

Y además, Europa se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro, que todos sentimos que no está resuelta en absoluto : ¿no es una quimera esa moneda única abstracta, flotante, que no está unida a unas economías, unos recursos ni unas fiscalidades convergentes? ¿No es evidente que las únicas monedas comunes que han funcionado (el marco después del Zollverein, la lira de la unidad italiana, el franco suizo, el dólar) son las que se apoyaban en un proyecto político común? ¿No existe una ley de hierro que dice que, para que haya una moneda única, tiene que haber un mínimo de presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?

El teorema es implacable.
Sin federación, no hay moneda que se sostenga.
Sin unidad política, la moneda dura unos cuantos decenios y después, aprovechando una guerra o una crisis, se disuelve.
En otras palabras, sin un serio avance de esta integración política, obligatoria según los tratados europeos pero que ningún responsable parece querer tomar en serio, sin un abandono de competencias por parte de los Estados nacionales, sin una franca derrota, por tanto, de esos "soberanistas" que empujan a sus ciudadanos al repliegue y la debacle, el euro se desintegrará como se habría desintegrado el dólar si los sudistas hubieran ganado, hace 150 años, la Guerra de Secesión.
Antes se decía: socialismo o barbarie.
Hoy debemos decir: unión política o barbarie.
Mejor dicho: federalismo o explosión y, en la locura de la explosión, regresión social, precariedad, desempleo disparado, miseria.
Mejor dicho: o Europa da un paso más, y decisivo, hacia la integración política, o sale de la Historia y se sume en el caos.
Ya no queda otra opción: o la unión política o la muerte.
Una muerte que podría adoptar muchas formas y dar varios rodeos.
Puede durar dos, tres, cinco, 10 años, y estar precedida de numerosas remisiones que den la sensación, una y otra vez, de que lo peor ha pasado.
Pero llegará. Europa saldrá de la Historia. De una u otra forma, si no se hace algo, desaparecerá. Esto ha dejado de ser una hipótesis, un vago temor, un trapo rojo que se agita ante los europeos recalcitrantes. Es una certeza. Un horizonte insuperable y fatal. Todo lo demás —trucos de magia de unos, pequeños acuerdos de otros, fondos de solidaridad por aquí, bancos de estabilización por allá— solo sirve para retrasar el fin y entretener al moribundo con la ilusión de una prórroga.

*Firmantes: Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater y Peter Schneider [+cmg].

28 diciembre 2012

Leo Bassi y la Iglesia Patólica

Leo Bassi se ató ayer la mitra a la cabeza para presentar la primera capilla dedicada al patolicismo. Fue en Lavapiés, a pocos metros del Nuevo Café Barbieri. Allí el cómico proclamó la religión de la que se ha erigido sumo pontífice y que promulga el pensamiento crítico y el humor como mandamiento. Sus fieles se declaran "hijos de la Ilustración y defensores de la duda como escudo contra los oscurantismos, totalitarismos o las supersticiones". Quienes no lo acepten y les insulten no recibirán castigo divino, ya que el dogma es que no hay dogma. Eso sí, serán considerados unos anti-páticos.

La elección de un patito de goma como Dios es para Bassi "una manera de evitar caer en la idolatría o la intolerancia, pecados de todas las religiones". En una crítica a la retirada de Educación para la Ciudadanía de las aulas y a los coqueteos del PP con el clero, en el patolicismo ofrecen educar a los niños en los ideales ilustrados, empezando por el ateísmo. Su particular capilla, decorada con retratos de brillantes pensadores de los últimos tiempos, se ofrece como templo para casar a todos aquellos que demuestren lo más importante: que hay amor de por medio. También se ofrecen a realizar el rito del bautismo patológico, aunque solo a mayores de 18 años. "Consideramos el bautismo de niños como anti-pático", reza su página web.

10 diciembre 2012

Escuela de santidad

FELIPE BENÍTEZ REYES
EL PAÍS Andalucía, 25-11-2005

Todo el mundo tiene derecho a reclamar sus derechos, sobre todo cuando se trata de derechos torcidos. Torcidos por el curso de la realidad, por ejemplo. O de la historia. O de los azares pequeños de la vida. Pero hay derechos adquiridos que no sólo pueden perderse, sino que deben perderse para que gire la rueda de los derechos, que no siempre puede detenerse en el mismo sitio.
La iglesia católica exige su derecho a seguir en los programas educativos, en calidad de secta infiltrada, con todas sus prerrogativas. Es uno de sus derechos históricos, al margen de los cambios históricos. O eso creen. Y eso defienden. Si los curas fuesen apartados de los planes de enseñanza -cosa que no va a ocurrir-, España acabaría convirtiéndose en una sucursal babilónica de ahí te espero, entre otras cosas porque ya no podrían infectar la conciencia de los menores con recursos de novela gótica: dioses ensangrentados, santos mártires, vírgenes milagrosas que lloran sangre por la legalización del aborto o del matrimonio mariquita, niños que prefieren morir antes que pecar, rosarios aurorales protagonizados por ancianas insomnes y enlutadas que parecen haberse fugado del sepulcro, y así.
Durante muchísimos años, la iglesia católica ha demostrado con creces la efectividad de sus métodos pedagógicos. Eso nadie puede negarlo, porque los resultados están a la vista: generaciones y generaciones que han tenido que masturbarse pensando en el infierno, novios y novias que se han metido mano con la aflicción de ser espiados por el ojo omnividente de Dios, matrimonios amargos que han tenido que tragarse su amargura hasta que la muerte optara por separarlos, madres infantiles por dejarse tentar por los diablos urgentes del deseo, homosexuales vergonzantes y atormentados... Todo llamas, todo castigo, todo amenaza, todo pecado. ¿Qué tienen esos tipos dentro de la cabeza, Dios suyo? Los altos jerarcas de la iglesia católica están que trinan. Ellos, que antes eran los grandes sacerdotes de los rituales políticos y sociales, verse así, mendigando impartir catequesis para poder salvar el alma de los españolitos, tan proclives a la feria y la jarana, tan expuestos a los peligros de la carne, del agnosticismo, del ateísmo, de la duda metódica y del mundo moderno en general. Qué tiempos aquellos en que podían quemar a la gente, porque el pasado de la empresa es fino. Qué tiempos aquellos en que una herejía podía costarle a uno la vida. Y qué tiempos estos en que la cúpula eclesiástica se ve obligada a dialogar con unos medio comunistas, hijos tal vez de antiguos quemacuras.
Llegaba uno al colegio y allí estaban, empeñados en meternos el miedo en el cuerpo para que le cogiésemos asco a nuestro cuerpo, obligándonos a confesar, a delatar nuestro pequeño mundo de prodigios y descubrimientos sensoriales, mientras nos magreaban la nuca al son del relato de nuestras abominaciones, empeñados en instruirnos sobre las penalidades infinitas de los pecadores, bajo un crucifijo flanqueado por una foto meliflua del Caudillo y otra de José Antonio Primo de Rivera, el siempre presente, el repeinado. ¿Y ahora qué más quieren ustedes, por favor?

08 noviembre 2012

Matrimonio gay y restauración conservadora

Por Josep Ramoneda
El País, 8 de noviembre de 2012

Después de siete años y veintidós mil matrimonios, el Tribunal Constitucional ha validado el matrimonio homosexual al rechazar el recurso del PP contra la ley que lo legalizaba. A menudo, los tribunales llegan tarde. La sociedad había ya decidido, asumiendo con toda normalidad una ley que no ha traído ninguno de los terribles males que el PP y su coro de acompañamiento episcopal auguraban.

Afortunadamente, el tribunal en esta ocasión no ha querido enmendar lo que la ciudadanía ya había asumido con toda naturalidad. No podía ser de otra manera. El Constitucional es garante de los derechos y libertades de los ciudadanos. Difícilmente podía objetar una ley que reconoce a un sector importante de nuestros conciudadanos un derecho que se les negaba y amplía, por tanto, las opciones de vida, sin perjudicar a nadie, salvo a las atormentadas mentes homófobas. Es un triunfo de Zapatero, que tuvo el coraje de impulsar una serie de reformas en los derechos civiles que sitúan a España junto a los países más avanzados en el campo de las libertades personales, después del enorme retraso acumulado por tantos años de imposición del nacional-catolicismo. El fracaso de la presidencia de Zapatero, por su errática gestión de la crisis económica y social, que ha hundido el proyecto socialista, no debe impedir el reconocimiento a una serie de reformas que han ampliado las opciones y los derechos de los ciudadanos. Reformas que a su vez no justifican una de sus extrañas maniobras compensatorias. Zapatero fue el presidente de la democracia que más dinero dio la Iglesia Católica. Una vela al diablo, una dádiva a Dios.

Pero la decisión del Constitucional es también un fracaso del PP, que ve rechazado su recurso. Y un golpe al proyecto de restauración conservadora que Mariano Rajoy ha encargado a Alberto Ruiz-Gallardón y a José Ignacio Wert. Dicen en el entorno del PP que la decisión del Alto Tribunal ha sido un alivio, porque libra al gobierno de las consecuencias que habría tenido una rectificación de la ley. Son niveles de cinismo difíciles de superar. La ley era inadmisible para ellos hace siete años, por razones, al decir de los sobreactuados discursos de la época, de profundo calado moral y social. Y ahora es una suerte no tener que tocarla porque nos ahorramos un gran lío. ¿Cómo se justifica entonces la que montaron en su momento? ¿Es aceptable jugar con la suerte de un colectivo de millones de personas por espurios intereses políticos? El gobierno ni siquiera ha pedido disculpas a las 22.000 parejas que han vivido estos años con la zozobra de que el Constitucional pudiera anular la ley y dejarlas en la ilegalidad.

Se trata de uno de tantos episodios de los años negros del PP en la oposición en que, con tal de desgastar al gobierno socialista, buscó sistemáticamente ganar en los tribunales lo que perdía en el parlamento, utilizó la lucha antiterrorista como materia de confrontación política y se lanzó a campañas desaforadas recorriendo las calles del brazo de los obispos o recogiendo firmas y promoviendo boicots contra el Estatuto catalán de 2006.

La decisión del Constitucional llega precisamente cuando Francia está en pleno debate sobre el matrimonio homosexual. También allí la derecha se alía con la Iglesia Católica para dar la batalla contra el gobierno socialista. Que lo hiciera una derecha como la española, que bebió del nacional-catolicismo en un pasado no tan lejano y que todavía tiene una parte de la parroquia atenta a los prelados, podría ser explicable, que lo haga la derecha republicana francesa (o una parte de ella) es inquietante, porque puede dar pistas sobre el calado de la revolución conservadora. Afortunadamente, Barack Obama ha ganado las elecciones en Estados Unidos y ha frenado la ofensiva cultural que habría seguido a una victoria de Mitt Romney. Pero Obama ha ganado en un país profundamente dividido, “como nunca lo había estado desde la II Guerra Mundial”, en palabras del periodista John Lee Anderson. Lo que habla de una fractura cultural profunda.

La derecha parece decidida a aprovechar la crisis para reinstalar los valores conservadores: sálvese quien pueda, religiosidad como lenitivo, laboriosidad como destino, rechazo a las minorías, familia convencional, desprecio a los perdedores, estado débil al servicio del dinero. Y, sin embargo, son incapaces de capitalizar el deseo conservador de los homosexuales de vivir en matrimonio y formar una familia como los demás. Son unas derechas muy patriarcales, que detestan las minorías por encima de todo porque las ven como una amenaza a su cerrada estructura de poder.

29 octubre 2012

Besos entre tíos


20 octubre 2012

Wertlandia

Por
El País Andalucía, 17 de octubre de 2012

José Ignacio Wert se ha convertido en la estrella de la división acorazada mediática del país. Cuando fue nombrado ministro, parecía que iba a representar el ala más liberal del Gobierno. Pero no ha sido así. Al contrario. Desde el primer día, ha añadido el calificativo ultra a su liberalismo de tertulia radiofónica.
Dos de sus primeras hazañas le granjearon la simpatía de los sectores más reaccionarios de la derecha: la anulación de la asignatura Educación para la Ciudadanía y las subvenciones a los colegios concertados (ultra) religiosos que segregan a sus alumnos por sexo. Su última proeza ha sido afirmar que los niños catalanes necesitan ser españolizados.
Estas decisiones de Wert no son fruto de la casualidad o de su inexperiencia política. Él mismo ha reconocido que no improvisó su andanada anticatalanista. Y días después afirmó: “No rectifico ni una coma”.
Bajo el paraguas de la crisis, el Gobierno del PP está introduciendo profundos cambios que afectan a todos los ámbitos de la vida española: la reforma laboral, que entrega todo el poder al empresario; la recentralización del modelo autonómico; las reformas que desvirtúan el derecho al aborto y endurecen el Código Penal... Pero lo más peligroso son las reformas ideológicas en la educación.
Como afirma Wert, nada es improvisado. Forma parte del programa oculto que se fragua en la FAES de Aznar. Golpe a golpe, esta derecha ultramontana está arrasando con las bases de una sociedad moderna que lideraba en Europa la defensa de los derechos laborales y sociales.
El control casi absoluto que ejerce en el Estado el PP, tras las elecciones autonómicas, municipales y generales, al que suman el apoyo incondicional de buena parte de los medios de comunicación, públicos (tras el asalto a TVE) y privados, hacen casi imposible que se pueda plantar cara a esta oleada ultraconservadora.
Por ello, es importante observar lo que sucede en reductos como el andaluz, donde gobierna una coalición de izquierdas. El Gobierno de José Griñán, al que no le queda más remedio que cumplir con determinados mandatos de Madrid (ajuste del déficit), intenta dañar lo menos posible en sus ajustes los dos pilares del Estado de bienestar, la sanidad y la educación.
En ese sentido, el Gobierno andaluz contrarresta la ofensiva conservadora con medidas aparentemente menores, pero que tienen un gran simbolismo en estos tiempos. En primer lugar, y en el uso de sus competencias, recuperando las partes que Wert censuró del contenido de la antigua Educación para la Ciudadanía. Así, los niños andaluces podrán seguir estudiando la división social y sexual del trabajo y los prejuicios sociales, racistas, xenófobos, antisemitas, sexistas y homófobos que imperan en la sociedad.
Y frente al revisionismo centralista y reaccionario de la historia, según la cual Franco no fue un dictador, la Junta prepara una Ley para la Recuperación de la Memoria Democrática en Andalucía, que permitirá el estudio en los institutos de la II República, la sublevación militar fascista del 36, o la larga dictadura franquista.
Al tiempo, se aprobarán unas ordenanzas según las cuales los Ayuntamientos que incumplan la vigente Ley de la Memoria Histórica de 2007, y no retiren los símbolos franquistas de sus municipios, dejaran de percibir ayudas y subvenciones de la Junta.
Porque la eliminación de los nombres de calles y plazas de personalidades como García Lorca (caso de Berja, Almería) son algo más que una anécdota. Son el reflejo que llega a los alcaldes de remotos pueblos de que en la España del PP, en esta Wertlandia de pacotilla, se vuelve al pasado.
@JRomanOrozco

16 octubre 2012

20 septiembre 2012

“España, tenemos que hablar”

Así se empiezan muchas de las conversaciones de pareja en las que una de las partes plantea o bien el final o bien un cuasi ultimátum. Las razones pueden ser variadas: desenamoramiento, desacuerdos varios, cambios en el entorno o las condiciones… Exactamente como me siento yo. España, esa pareja que no siempre ha caído bien entre mis amigos, entre mi familia. Cada vez que yo te defendía con un “en realidad, no la conocéis bien, tiene muchas cosas buenas”, tú volvías a hacer algún desdén hacia ellos. Pocas veces hiciste algún gesto afable por entender la otra lengua que hablamos en casa, nuestro carácter, nuestra “sequedad” de trato. Cuando parecía que por fin os acercabais, os entendíais y apreciabais más, cuando parecía que podíais llevaros bien mi entorno y tú, España, yo era feliz. Porque no tenía la necesidad de estar decidiendo constantemente a quién prefería: si a mi pareja o a mi familia; a mamá o a papá. Porque no tenía que plantearme qué escoger, simplemente tenía las dos cosas, con lo bueno y lo malo de ambas, que tanto nos enriquece a los catalanes, pero también al resto de españoles. Pero llegó el momento de las dificultades. Y ante la llamada de los míos a cerrar filas, a hacer piña y mirar adelante, justo cuando más necesitaba que mostrases tu mejor “yo”, esa España abierta, tolerante, inclusiva, que respeta e incluso se enorgullece de su diversidad, la volviste a fastidiar. Me dejas sin argumentos, querida. Cada vez me cuesta más defenderte. Por eso te digo: “Tenemos que hablar”.
Sonia Andolz-Rodríguez, Barcelona. El País, 20 de septiembre de 2012

31 julio 2012

VIVIR CON SENTIDO COMUN

FRANÇES MIRALLES

El País Semanal, 29 de julio 2012

Retornar a la sabiduría ancestral que ha pasado de una generación a otra es una brújula fiable para encontrar nuestro rumbo en tiempos revueltos. Lo que sucede en la actualidad es consecuencia de una cultura de lo inmediato, que no ha contemplado los riesgos a medio y largo plazo.
Gran parte de los problemas que estamos sufriendo ac­tualmente tienen su origen en el abandono del sentido común. Una vez superada la economía de subsistencia y conquistadas las co­modidades básicas, en nuestro primer mundo muchos pensaron que el cre­cimiento era ilimitado y que la mejor manera de impulsar la economía, in­cluyendo la propia, era vivir a crédito. Ese mismo que ahora nos niegan y que ha puesto a España bajo la picota de especuladores. Los resultados de tanto desbarajuste -de consecuencias aún in­ciertas- saltan a la vista.
Ahora que el país trata de corregir el rumbo, merece la pena que recupere­mos la sabiduría que nos había guiado antes de que los nuevos ricos creyeran que habían descubierto la sopa de ajo.

EN LA ECONOMÍA
"Algún dinero evita las preocupaciones. Mucho, en cambio, las atrae" (proverbio chino)
Uno de los ámbitos en los que incide de forma recurrente la sabiduría popu­lar es el uso que hacemos del dinero. Al escritor Josep Pla, un maestro del senti­do común, le preguntaron una vez cuál era el secreto de una buena economía. Su respuesta fue apabullante: "Si tienes dos y gastas dos, vas bien. Si tienes dos y gastas tres, entonces no vas bien".
En el mismo sentido se pronunciaba Clint Eastwood, un clásico moderno del cine, al ser interrogado sobre la crisis. Respondió que en su juventud la gente gastaba solo cuando tenía dinero, y que hoy las tarjetas de crédito lo han com­plicado todo, ya que nadie sabe lo que tiene en realidad ni lo que deja a deber. Ni siquiera los bancos parecen saberlo. ¿Cuál es entonces el sentido común en las finanzas? Emplear el dinero de for­ma lógica, comedida e incluso aburrida, sin correr riesgos.

EN LA VIDA COTIDIANA
"Durante la estación seca hay que hacerse amigo del dueño de la piragua" (proverbio africano)
"Las ideas simples tienden a ser obvias porque tienen un toque de realidad. Pero, en general, la gente no se fía de sus instintos. Normalmente se cree que suele haber una respuesta oculta más compleja. Es un error. Lo que es obvio para usted es, generalmente, ob­vio para los demás", afirman los inves­tigadores sociales Jack Trout y Steve Rivkin. En su libro El poder de lo simple establecen cuatro pautas para mante­ner el sentido común en nuestra vida cotidiana:
NO JUZGAR A TRAVÉS DEL EGO. Si contemplamos los acontecimientos a través de nuestros prejuicios, opiniones e ideas preconcebidas, nos equivocare­mos. Cuanto más objetiva sea nuestra visión, más realistas seremos.
HUIR DE LAS ILUSIONES. Es inevita­ble desear que las cosas sucedan según nuestra conveniencia, pero la experien­cia demuestra que muchos aconteci­mientos no están bajo nuestro control. La persona con sentido común "sinto­niza con el rumbo que siguen las cosas", es decir, fluye con ellas.
SABER ESCUCHAR. La mayoría de ac­ciones absurdas son las que se ejecutan de manera caprichosa y unilateral, sin contrastarlas. Para ello, puesto que el sentido común es la visión compartida por muchos, escuchar a los demás nos dará la justa medida de las cosas.
SER PRUDENTE. Hay personas, ac­ciones y situaciones que resultan en­gañosas a primera vista. Por eso el sen­tido común aconseja no precipitarnos. Un poco de tiempo puede ayudarnos a entender.

EN EL AMOR
"El amor es como la cerámica. Cuando se rompe, aunque se reconstruya, se reconocen las cicatrices" (proverbio griego)
Probablemente las relaciones senti­mentales son el ámbito en el que me­nos aplicamos el sentido común. Ele­gimos un compañero o compañera de vida según los misteriosos dictados del corazón, que hacen que veamos a alguien único y distinto a otros miles de parejas posibles. Pero sin renunciar a esa magia, el sentido común nos da unas pautas para una vida en pareja armoniosa.
En su ensayo El amor inteligente, el psiquiatra y escritor Enrique Rojas iden­tifica tres ingredientes para una larga andadura: "Una buena relación sexual, que se irá consiguiendo con el tiempo; Ja compenetración psicológica, que implica aunar corazón y cabeza, senti­mientos y razones, y la compenetración espiritual, es decir, aspirar a elevarse y superar los vaivenes propios de la vida". Traducido en medidas prácticas:
Cuidar los detalles. Más que gran­des declaraciones de amor, una relación se sostiene a través de pequeñas accio­nes cotidianas.
Vigilar el lenguaje. Muchas peleas conyugales tienen su origen en una ver­balización poco adecuada de las dife­rencias de opinión.
Dar y darse libertad. La solidez de una pareja no depende del apego, que puede ser enfermizo, sino de la autono­mía de cada uno de los miembros.
Respeto y admiración mutua. Solo podemos amar a aquellas personas que admiramos por sus cualidades huma­nas. Por eso es importante elegir una pareja que despierte en nosotros ese sentimiento de respeto y aprecio.
Armonizar el sexo. Las relaciones íntimas no lo son todo en una pareja, pero es importante hallar un equilibrio entre las necesidades de cada uno.
Evitar daños irreparables. Una vez se hiere profundamente a la pareja, por ejemplo a través de una infidelidad, aunque la relación se reconstruya nun­ca volverá a ser lo mismo.

EN LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
"Enseña al niño el camino en el que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él" (proverbio hebreo)
En las décadas de 1960 y 1970, en algu­nos países del primer mundo se pasó de una educación rígida y tradicional a dar libertad absoluta a los hijos. Esto resultó ser contraproducente, ya que, sin unos límites claros entre los que transitar, el niño se siente inseguro y desorientado, tomando decisiones equivocadas.
El pedagogo y doctor en psicología Javier Urra, que trabajó como defensor del menor, señala en su ensayo Educar con sentido común dos momentos cla­ve en los que se necesita la guía de los padres: "Hay una edad esencial, que es de los seis a los siete años, donde se da un cambio muy significativo porque el niño comienza a entender el tú y el no­sotros. Y luego otra etapa de interés es la preadolescencia (12 a 14), que es donde el chico empieza a volar, a ver que hay otros grupos, que no toda la verdad la tienen los padres".
Si observamos a muchos padres estresados, veremos que en la educa­ción de sus hijos aplican toda clase de estrategias excepto el sentido común. Intentan compensar el tiempo que no dedican a su familia con caros regalos que transmiten a los pequeños el men­saje equivocado -puedes tener todo lo que quieras-, en lugar de inculcarles la cultura del esfuerzo, el ahorro y la espera.
Al final, lo que estamos viviendo en la actualidad es consecuencia de una cultura de lo inmediato que no ha sa­bido contemplar los riesgos a medio y largo plazo. Ojalá tengamos ahora el sentido común de rectificar y construir el futuro inmediato sobre los valores de la paciencia, el buen juicio y la res­ponsabilidad.

08 julio 2012

Maravillas de la crisis

JAVIER MARÍAS

Si queremos combatir un poco la depresión diaria que producen las noticias, la actitud entre despreciativa, acobardada e inepta de Rajoy y las tonterías infinitas de sus ministros sin excepción, no cabe sino empezar a mirar las posibles ventajas, y aun maravillas, que la crisis y la recesión pueden traer. Son escasas, no nos engañemos, y en modo alguno compensarán las penurias, tribulaciones y padecimientos de los más desfavorecidos, que cada día serán más, ni el meticuloso desmantelamien­to de la sanidad y la educación públicas. No me tomen por frívolo. Es sólo que el panorama se ve tan lúgubre que con algo hay que animarse, por tenues que sean los ánimos. Así que pongámonos en lo peor, en el momento en que la gente tenga lo justo -como mucho- y no pueda gastar más que en lo funda­mental Con ser eso un desastre personal y colectivo, alguna bendición acarreará consigo.

Por ejemplo, ¿se imaginan un país en el que, en vez de haber más de un móvil por habitante, sean poquísimos los que se lo puedan permitir? Uno no tendría que via­jar en tren o en autobús en medio de un guirigay de conversaciones cretinas a voz en cuello (casi todo el mundo chilla a sus móviles, como si éstos fueran extranjeros o sordos); ni que enterarse de las supuestas hazañas de nego­cios llevadas a cabo por los adictos, quizá hayan observado la frecuencia con que la gente llama para presumir de sus logros o de sus viajes o de sus coches o de sus hijos o de cómo se la ha jugado a algún pardillo, es decir, de cómo se ha aprovecha­do o ha engañado, el gran mérito nacional. Los individuos no irían por las calles ensimismados y abducidos por sus iPho­nes, y contaríamos con una población más alerta, más vivaz, más al tanto de lo que sucede a su alrededor y por tanto más considerada con los demás. Ah, qué delicia no escuchar más sandeces impuestas, ni verse interrumpido por musiquillas y rugidos imbéciles en los restaurantes ni en los cines, todos sin dinero para pagar las facturas.

¿Se imaginan también un país en el que la corrupción y el robo no estuvieran ya bien vistos? Hasta hace cuatro días, lo único que gran parte de la ciudadanía lamentaba al respecto era no estar en posición de corromper ni de ser corrompida, de robar directamente o al menos sacar tajada de los latroci­nios ajenos. Las incontables operaciones fraudulentas le me­recían mucha más admiración que condena, y los estafadores, en consecuencia, pretendían no someterse a la acción de la justicia merced a los reiterados votos con que los obsequia­ban los electores: ¿cuántas veces hemos oído, sobre todo en boca de políticos del PP, “Las urnas me absolverán” o incluso “… me han absuelto”? Es triste que sólo ahora, por las precarie­dades particulares de los votantes, éstos empiecen a rebelarse contra los abusos, los despilfarros, las comisiones sin cuento, las financiaciones ilegales y los gastos privados cargados al erario público. Pero cualquier tipo de reprobación -aunque provenga de los más bajos instintos- es mejor que la compla­cencia con los bribones y la aspiración a engrosar sus filas. ¿Se imaginan un país en el que se pidieran cuentas de las obras y construcciones arbitrarias y superfluas, en el que se forzara a explicar a un alcalde -a los tres últimos de Madrid, por ejem­plo- por qué tapiza su ciudad de un espantoso, árido, sucio y caluroso granito, si no es por favorecer a empresas, tal vez de amigos, especializadas en él? Y así mil casos más.

¿Se imaginan un mundo en el que los niños no fueran pijos casi desde su nacimiento? Indepen­dientemente del medio del que procedan y de la fortuna de sus progenitores, casi todos son hoy “pijos de espíritu”. Sin dinero ni créditos, dejarían de ser mimados a toda costa, caprichosos y queji­cas, presumidos por mandato, no se “frustrarían” tan fácilmente porque tendrían la piel más curtida, no exigirían como si fuera un derecho el último modelo de PlayStation o de Nintendo o de lo que sea con lo que jueguen (lo ignoro), ni las zapatillas deportivas tal o cual, ni las siete zamarras de colores distintos que lucen de vez en cuando Messi o Cristiano. ¿Se imaginan un lugar en el que los niños, además de niños, fueran también proyectos de adultos y como a tales se los tratara, aunque fuera a ratos?

¿Y una prensa sin periodistas envenenadores y sobornados, a los que ya no podría comprarse? ¿Unas televisiones sin len­guas estúpidas y viperinas porque no habría con qué pagarles y además la gente, afanada en llegar a fin de mes y de semana y de día, carecería de tiempo para ver cómo unos gañanes despellejan a otros que casi nadie conoce y que de hecho a nadie le importan? ¿Un país en el que las personas desearan apren­der porque eso redundaría en su beneficio económico o las ayudaría a hallar empleo, o simplemente las haría sentirse me­nos burras? Sentirse menos burro equivale a sentirse menos indefenso ante las adversidades, y el que aún no se haya dado cuenta de eso es porque es burro con deliberación. No me digan que un país así no tendría sus ventajas. Es más, yo creo que acabaría por prosperar. Claro que entonces volvería el peligro de la abundancia y la necedad…

El País Semanal, 8 de julio de 2012