14 agosto 2010

Ma la Spagna non era catolica?

¿Palabra de Dios?

JOSÉ JUAN TOHARIA

El País, 08/08/2010

Hay dos países en el mundo en que, según datos recientes del Instituto Gallup, casi la mitad de la población (el 42% exactamente) piensa que los líderes religiosos deben tener un papel directo y relevante en la redacción de los textos legales básicos, incluida la Constitución. Uno es Irán; el otro, Estados Unidos. Por supuesto, no cabe dar más sentido que el meramente anecdótico a la aparente coincidencia en este punto entre la democracia más antigua y consolidada del mundo y una muy peculiar forma actual de democracia -pero democracia al fin- como la iraní. Tras ese coincidente porcentaje subyacen, en realidad, dos planteamientos radicalmente opuestos: en un caso, el empeño por respetar un pluralismo religioso extremo y, en el otro, en cambio, el de preservar el monopolio absoluto de una única confesión. La radical separación en la vida pública estadounidense del ámbito religioso y del secular es compatible con el reconocimiento, generalizado e indiscutido, del papel que corresponde en la sociedad a la religión -a toda religión-. De ahí, sin duda, ese sustancial porcentaje de estadounidenses que piensa que el entramado normativo regulador de la vida social debe propiciar el acomodo de todas las sensibilidades religiosas. En el caso de Irán, el porcentaje reseñado parece sugerir más bien un sustancial (aunque no mayoritario) beneplácito a la tutela y control de la vida civil por la única autoridad religiosa existente.

Desde una perspectiva europea, y más concretamente española, datos como estos pueden resultar sorprendentes. Carecemos de la experiencia de un pluralismo religioso extremo como elemento constitutivo originario de la convivencia civil, y sí tenemos, en cambio, una larga experiencia de control total, o casi total, de la vida pública y privada por parte de una única confesión religiosa. Sin duda por ello, en nuestro caso, una masiva mayoría de ciudadanos (74%) considera que los legisladores deben realizar su tarea sin tener en cuenta consideración religiosa alguna. Los datos de una encuesta reciente de Metroscopia muestran además cómo tan solo dentro del relativamente reducido sector (que agrupa solo a uno de cada cinco españoles) que se define como "católico practicante" constituyen a su vez una ajustada mayoría absoluta quienes no están de acuerdo con esta idea. En otras palabras, apenas el 10% de nuestra población cree que los diputados deben tener en cuenta la opinión de la Iglesia católica, y de las demás confesiones, a la hora de elaborar leyes. El resto parece tener claro que entre lo que son competencias exclusivas "del César" y no "de Dios" está el dictar normas para todos, creyentes y no creyentes.

En este contexto resulta especialmente chocante que ante un reciente texto legal aprobado por las Cortes un obispo se atreva a proclamar que "esa ley no es ley" y que, en consecuencia, no debe ser obedecida porque va contra la doctrina de su Iglesia. Esa ley, por cierto, se limita a despenalizar en determinados supuestos un específico comportamiento (el aborto) pero por supuesto ni lo declara obligatorio ni moralmente aprobable. Y por supuesto, ni se le ocurre entrar a dirimir si debe o no ser pecado. Salidas de tono como la de este obispo, tan al margen de la realidad de las cosas y formulada con tan extremada rotundidad como imperceptible caridad, probablemente ayuden a entender que ese "pueblo fiel" al que dirige su nada cívica proclama haya ido gradualmente quedando en una exigua minoría. La inmensa mayor parte de quienes, pese a todo, y con los debidos matices, se siguen definiendo como católicos parecen optar, ante tanta intemperancia (que a la luz de esos datos de encuesta cabe pensar que no comparten), por hacer oídos sordos y mirar para otro lado.

José Juan Toharia es presidente de Metroscopia y director académico de la Fundación Ortega / Marañón.

15 julio 2010

NYC con la Roja

01 julio 2010

Facebook censura una fotografía de Robert Mapplethorpe



La red social Facebook parece que no entiende de arte, pero sí de censura y de qué es apropiado y qué no. La banda neoyorquina Scissor Sisters acaba de publicar su nuevo álbum Night Work. Para promover este trabajo, su discográfica Universal Music ha adquirido campañas publicitarias en Facebook que finalmente no han sido publicadas en internet porque la imagen utilizada ha sido censurada por los controles de Facebook al considerarla "inapropiada y excesivamente explícita", según denuncian fuentes de la compañía. La imagen censurada por Facebook resulta ser una fotografía de Robert Mapplethorpe, uno de los artistas más reconocidos de todos los tiempos, autor de las mejores imágenes de Susan Sarandon, Blondie, Andy Warhol, Patti Smith, Arnold Schwarzenegger, William Burroughs, Susan Sontag, Carolina Herrera, Louise Bourgeois y Cindy Sherman, entre otros. La foto elegida por Scissor Sisters retrata el trasero del bailarín clásico Peter Reed, muerto en 1986.

Este periódico ha tratado sin éxito de comunicar con los responsables de la red social en España, pero sus teléfonos están fuera de servicio. Provocadora y poco convencional, la obra de Mapplethorpe está gestionada por una fundación que ha financiado la apertura de la sección de fotografía del Guggenheim Museum de Nueva York, y financia la investigación científica a través del Robert Mapplethorpe Laboratory para la investigación del SIDA en la Universidad de Harvard.

Según información distribuida por Universal Music, "la banda ha declarado en las entrevistas más recientes que ha elegido la fotografía porque ilustraba perfectamente el espíritu del disco: el esfuerzo y el sudor, la sensualidad y la parte física, el trabajo y la danza, agradeciendo públicamente a la Fundación Mapplethorpe que de forma excepcional haya autorizado el uso de la bellísima imagen." Para Jake Shears, líder del grupo, "representa un periodo del que hemos extraído nuestra inspiración para este álbum - la luz y la oscuridad, el hedonismo, la libertad y la tragedia de los años 80. La foto es sexy, tiene humor, es juguetona y sugiere que alguien acaba de terminar de bailar durante un largo tiempo, y este es exactamente el tema del álbum." 
El País, 1 de julio de 2010

14 junio 2010

Funcionarios

LUIS MANUEL RUIZ

El País, 13/06/2010

Con motivo de la sisa al sueldo de los funcionarios y la huelga de juguete que emprendieron el otro día, hemos tenido ocasión de escuchar comentarios de todos los colores, con especial predilección por los más sombríos o terrosos, acerca de este colectivo de oficinas, vacaciones y puesto fijo. Lo primero que me ha sorprendido es la falta de originalidad que caracteriza a dichos dictámenes: da igual quien los profiera o donde lo haga, los mismos tópicos se repiten sin reserva y sin que su manoseo continuo por parte del ciudadano medio les haga perder nada de relieve o de color. El discurso estándar corre del siguiente tenor: atávicamente, los funcionarios han constituido una raza aparte dentro del grueso de la humanidad cuyas trazas más reconocibles son la desvergüenza, la comodidad, el estatismo y la antipatía; mientras los hijos de los hombres vagan bajo la lluvia en busca de un empleo estable, ellos se han anclado a un sillón del que ningún terremoto logrará removerlos; mientras los otros desempeñan diariamente su tarea para alcanzar esas cimas de la perfección personal que son el BMW, el apartamento en la playa y la cirugía estética, estos inicuos aprovechan todo puente que les pone delante, acumulando tantos que podrían pasar del Algarve a Florida sin pisar la playa, a la vez que gozan de varios meses de vacaciones durante los cuales trasladan su vagancia de la silla del despacho al sofá de la salita. Este retrato robot suele remacharse con expresiones formulares de repugnancia o revanchismo: qué parásitos, no hay derecho, a estos les daba yo un pico y una pala, eso es vida, y encima se quejan. Eso es: encima se quejan de que les rebajen el sueldo por realizar el mismo trabajo que realizaban antes sin quejarse.

Las estadísticas han revelado que Andalucía es la comunidad que cuenta con una mayor cuantía de funcionarios de todas las que componen el Estado. Y es a la vez, y esto no hace falta que lo avale ningún porcentaje, la que más despotrica contra los privilegios de ese pueblo elegido. A mí no me extraña nada, y aquí expongo mis motivos de manera aritmética para ser más claro. 1. El desprecio al funcionario se halla en razón directa del desprecio hacia el Estado: en una comunidad (y en un país) cuya cultura se ha basado tradicionalmente en la picaresca, el contrabando, el intento de obtener el mayor beneficio a cambio del menor coste, donde impera la indiferencia o incluso la ojeriza hacia el bien público, su representante sólo puede ser visto como chupatintas o vampiro: el héroe nacional no es el que guarda cola para que le sellen un papel, sino el listo que se cuela y que gracias a dos llamadas de teléfono consigue un puesto ventajoso en no sé qué delegación. 2. El desprecio al Estado procede, como todos los males, de la falta de un Estado: quiero decir, de un concepto claro y rotundo del asunto público, de la responsabilidad ciudadana, del principio de convivencia democrático. El nudo de la cuestión es que aquí podremos haber tenido primeras y segundas modernizaciones ( ), pero no hemos tenido Ilustración. La gente no se entera de que cuando destroza una papelera, pintarrajea los aseos de un ministerio o insulta al profesor de su hijo, al médico de cabecera o la señora de la ventanilla, se está ninguneando a sí misma. El individuo es parte de la comunidad, y si pretende que la comunidad sobreviva ha de contribuir a su funcionamiento de modo activo y coherente, y respetar a quienes trabajan en su favor. En vez de ver en ellos esos parásitos y esos canallas que ahora deben pagar, vaya por Dios, para que otros conserven esos BMW y esos apartamentos tan costosamente ganados.

18 marzo 2010

Sañas de identidad

24 noviembre 2009

15 octubre 2009

Los mismos perros...

13 septiembre 2009

Restauración paisajística




Limpieza efectuada por un bañista voluntario de los restos de una botellona de playa dejada tras el paso de los nuevos bárbaros por un paraje virgen de Bolonia, en el Parque Natural del Estrecho, junto a Tarifa, Cádiz: 10 kilos de basura en cada bolsa. Los españoles tenemos las mejores playas más sucias de Europa. Contra el analfabetismo social, educación para la ciudadanía (también en la playa).

09 septiembre 2009

¿Se rompe España?

06 septiembre 2009

31 agosto 2009

Cómo viajar con los demás (o solo)

Por BORJA VILASECA

El País Semanal, 19/07/2009


Las vacaciones nos permiten romper con la rutina. Son una buena oportunidad para cultivar la gratitud y ser más pacientes con nuestros compañeros. O simplemente para conectar con el mundo y con uno mismo.Viajar es la gran pasión de muchas personas. Un sueño que la mayoría podemos hacer realidad durante las vacaciones de verano. Al menos durante 15 días al año tenemos la posibilidad de escapar de nuestra rutina laboral para descubrir lugares remotos. Eso sí, teniendo en cuenta que la lejanía de nuestro destino será directamente proporcional a lo abultado que sea nuestro bolsillo.
Los viajes nos permiten conocer un poquito más el mundo en el que vivimos, pudiendo aprender de culturas con valores diferentes. Expandir la comprensión que tenemos acerca de nosotros mismos y del entorno del que formamos parte. Vayamos donde vayamos, viajar nos da la oportunidad de ver nuestra vida con otra perspectiva y, en ocasiones, también nos ayuda a relativizar nuestros problemas del día a día.
Dado que, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría vivimos en núcleos urbanos, los viajes nos permiten visitar parajes exóticos y salvajes donde recuperar el contacto con nuestros verdaderos orígenes. Una vez regresamos a casa, en nuestro recuerdo siempre perduran aquellos rincones donde pudimos maravillarnos con la belleza que desprende la naturaleza en estado puro. Es decir, la que todavía no ha sido manipulada por la mano del hombre para convertirla en una atracción turística. Afortunadamente, a veces no hay que ir demasiado lejos para encontrar lo que andamos buscando.

VIAJAR EN GRUPO
“El instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad”(Arthur Schopenhauer)
Para disfrutar al máximo de la libertad temporal, hemos de tener muy en cuenta que viajando es precisamente como mejor se conoce a la gente. Se produce una convivencia extrema. Sin ocupaciones laborales. Sin recados cotidianos. Sin distracciones. Sin intimidad. Sin excusas. Cada mañana, tarde y noche. Codo con codo. Desde el inicio hasta el final.
Ya sea con la pareja, con los padres, con los hijos, con los amigos o con personas totalmente desconocidas, viajar supone desvelar aspectos de nosotros mismos que no solemos mostrar a los demás. Más que nada porque la propia dinámica nos impide poder ocultarlos. En este tipo de convivencia afloran nuestras grandezas y nuestras miserias.
De ahí que la calidad de nuestro viaje no tenga tanto que ver con el lugar al que vamos, sino con la relación que mantenemos con las personas que nos acompañan. Si queremos amortizar económica y emocionalmente la inversión realizada, más nos vale saber elegir con quién viajamos. Y aun así, difícilmente podremos evitar los roces. Por esta razón, viajar en grupo siempre acaba siendo una inmejorable oportunidad para practicar el arte de convivir con los demás.

EL DESAFÍO DE LA CONVIVENCIA
“¿Por qué, en general, se rehúye la soledad? Porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos” (Carlo Dossi)
Para viajar en grupo de forma pacífica es necesario que cada miembro se comprometa a llevar en su maleta cinco cualidades emocionales, imprescindibles para disfrutar plenamente de la experiencia. La primera es la paciencia, es decir, comprender que cada persona tiene su propio ritmo y que las cosas no siempre salen como esperamos. Basta con pisar un aeropuerto para corroborarlo: parecen espacios expresamente diseñados para quitarnos las ganas de viajar.
La segunda es la flexibilidad. Cada persona tiene prioridades diferentes a las nuestras, por lo que es fundamental saber adaptarnos a las necesidades de los demás. Para lograrlo hemos de limar nuestro egoísmo, que a veces se manifiesta en forma de rigidez. Al adoptar una visión más objetiva y una actitud más altruista, nos mostramos más cuidadosos con la relación que mantenemos con las personas que nos acompañan, lo que armoniza enormemente la convivencia.
La tercera es el respeto. Para incorporar esta competencia emocional en nuestro equipaje, basta con que nos preguntemos qué preferimos: ¿tener la razón o ser felices? ¿Imponer lo que queremos o estar en paz con nosotros mismos y con los demás? ¿Entrar en conflicto con nuestros compañeros de viaje o aprovechar la experiencia para fortalecer nuestro vínculo afectivo? Y es que más allá de lo que podamos ver y hacer, lo que verdaderamente nutre y llena nuestro corazón es lo que compartimos.
La cuarta es el sentido del humor. Saber reírnos de nosotros mismos con nuestros compañeros, así como de los contratiempos, es un antídoto contra cualquier enfado. Si bien nos ayuda a cultivar una sana complicidad con el grupo, también nos previene de la negatividad liberándonos de un vicio muy arraigado: el de amargarnos la vida.
Por encima de la paciencia, la flexibilidad, el respeto y el sentido del humor se encuentra la cualidad más necesaria de todas: la gratitud. Más que nada porque sin ella solemos perder de vista lo que de verdad importa. Cuando no somos del todo conscientes del enorme privilegio que supone viajar, podemos llegar a quejarnos, lamentarnos e incluso enfadarnos por pequeñas tonterías.

VIAJAR ES UN REGALO
“Cuando te enfadas tienes doble trabajo: desenfadarte y pedir perdón” (Pilar Romero de Tejada)
Que si el avión llega tarde. Que si el taxista nos ha intentado tomar el pelo. Que si el hotel es feo. Que si el desayuno no nos gusta. Que si hace demasiado calor. Que si hace demasiado frío. Que si la gente no habla inglés. Que si… Cuando adoptamos este rol tan susceptible y crítico, la lista puede ser interminable. Para evitar estropearnos el viaje a nosotros mismos y a los que nos acompañan, hemos de comprender que todos estos contratiempos forman parte de la experiencia de salir de nuestra rutina habitual.
Viajar no sólo es vivir aquello que deseamos, sino también dejarnos sorprender por aquello que no esperamos. Suceda lo que suceda, no hemos de olvidar nunca que cualquier viaje es en sí mismo un regalo. Lo más importante es tener la oportunidad de experimentarlo. En el año 2007 sólo uno de cada diez viajó al extranjero, según el Instituto de Turismo de España.
Aunque no es una práctica habitual en España, cada vez más personas se animan a viajar solas por el mundo. Y no en plan turista –con todo el paquete organizado por una agencia–, sino como mochileros, sin más compañía que nuestro equipaje, nuestro pasaporte y nuestra sombra. Más allá de descansar y disfrutar, el objetivo de estos viajes en solitario es precisamente aprender a convivir con nosotros mismos. De ahí que sean concebidos como una gran experiencia de aprendizaje y crecimiento personal.

VIAJAR SOLO COMO APRENDIZAJE
“Aprendes a estar solo cuando comprendes que nunca lo estás realmente” (Marc Oromí)
Para que tengan un impacto real, estas aventuras han de durar, como mínimo, entre 15 días y un mes. Se sabe de mochileros que viajan a solas durante meses e incluso años, mayoritariamente menores de 35 años, sin responsabilidades familiares y echando mano de los ahorros de toda una vida. Sin embargo, la simple idea de viajar en soledad incomoda y despierta cierto miedo en muchas personas. Algunos reconocen no comprender cómo alguien puede preferir viajar solo a hacerlo acompañado.
¿Qué voy a hacer solo tantos días? ¿Con quién compartiré esa espectacular puesta de sol en medio de la naturaleza? ¿A quién acudiré si me siento triste y echo de menos a mis seres queridos? ¿Qué haré si me meto en algún lío? Para responder a éstas y otras preguntas es imprescindible vivir la experiencia por nosotros mismos. Sólo así podemos escapar de la prisión en la que suele encerrarnos nuestra mente a través de temores y limitaciones ilusorios.

CONVERTIRTE EN TU MEJOR AMIGO
“Qué importante es en la vida no necesariamente ser fuerte, pero sí sentirte fuerte, midiéndote a ti mismo al menos una vez para saber de lo que eres capaz” (Christopher McCandless)
Desde un punto de vista emocional, los primeros días y semanas pueden llegar a ser duros. Al no estar acostumbrados a estar solos, hablamos con nosotros mismos en voz alta para sentirnos acompañados. De forma natural, nos abrimos más para relacionarnos con viajeros y nativos de la zona. Al tener tanto tiempo libre y nada obligatorio que hacer, poco a poco empezamos a conectar con lo que somos, con lo que hemos ido acumulando en nuestro interior. Durante estos viajes en soledad solemos vomitar estados de ánimo sepultados por distracciones cotidianas. Al vaciarnos por dentro, volvemos a casa como nuevos.
No en vano, la mayoría de las personas que apostamos por viajar en soledad buscamos precisamente eso: crecer y madurar emocionalmente. Más que nada porque al estar solos no nos queda más remedio que aprender a contar con nosotros mismos. Saber que pase lo que pase nos tenemos a nosotros mismos es una de las revelaciones más liberadoras que podemos experimentar. Por eso viajar solo suele potenciar nuestra autoestima y fortalecer la confianza.
Al viajar solos podemos aprender como en ningún otro contexto a ser felices por nosotros mismos. Autoabastecernos emocionalmente, consiguiendo estar a gusto sin necesidad de evadirnos o juntarnos con personas. Así se disfruta plenamente de cada momento. Y este valioso aprendizaje nos resulta muy útil para emprender nuestro verdadero viaje, que siempre comienza cuando volvemos.