Por Najat El Hachmi, El País, 26.06.26
Los publicistas de la cosa quieren que nos rindamos sin luchar ante lo que no es más que un expolio depredador
Escritores, traductores, periodistas, ilustradores, compositores, guionistas, trabajadores todos del mundo del arte y la cultura nos pasamos horas y días, a veces años, devanándonos los sesos para crear algo único y original. Intentamos hacer sentir, pensar, vivir con lo que entregamos al público convencidos de que el arte es algo bueno que alivia el sufrimiento y la pena, contagia alegría y abre ventanas a la esperanza. Nos descubre mundos distintos que nos asombran y amplían la realidad concreta en la que nos ha tocado vivir, poniéndonos al alcance lo que queda lejos, haciéndonos partícipes de vidas ajenas, deslumbrándonos con lo bello y lo singular pero también con lo común. Estar expuestos a cualquier forma de creación artística es tener la posibilidad de ampliar el imaginario propio, conectar de un modo profundo con la consciencia de otro ser humano aunque esté lejos y sus circunstancias no tengan nada que ver con las nuestras.
Los que nos dedicamos a las letras amasamos las lenguas que tenemos entre manos, tomamos consciencia de sus muchos registros, la complejidad de sus estructuras gramaticales y sintácticas, los infinitos matices de la semántica, la música de la fonética y la prosodia, y exploramos los márgenes del idioma para empujar un poco más sus límites. Cada uno de nosotros, tecleando y añadiendo una página escrita a la cultura común que habitamos estamos alimentándola, expandiendo sus posibilidades. Publicando entregamos ese trabajo al resto de los ciudadanos para que lo disfruten y se lo hagan suyo. Para que podamos sostenernos en este oficio, como hace un fontanero o un médico o un ingeniero, como hace cualquiera en una sociedad que usa el dinero para los intercambios, recibimos una remuneración por hacer nuestro trabajo.
Para eso se crearon leyes de propiedad intelectual que reconocen la autoría y la protegen del robo descarado que supondría que un particular explotara lo creado por otros sin la debida retribución.
Hasta que ha llegado la llamada Inteligencia Artificial y de nuevo hay quien nos quiere convencer de que no se le puede poner freno y hay que entregar sin más a los señores feudales de la tecnología el fruto de nuestro trabajo. “¡Es progreso! ¡Es avance imparable!”, gritan los publicistas de la cosa para que nos rindamos sin luchar ante lo que no es más que una nueva ofensiva de los poderosos tecnocapitalistas,
expolio depredador con el artificio de la astucia del ladrón, que nada tiene que ver con la inteligencia.
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