17 marzo 2026

El encapuchado abuso

Por Javier Marías, El País Semanal, 14 junio 2003

El pasado Jueves Santo, hacia las seis de la tarde, vi desde mis balcones en el Madrid de los Austrias, donde alquilo un estudio, como varias calles eran cortadas y empezaban a agolparse en ellas católicos impacientes. Había quedado a cenar a las nueve y media en un restaurante cercano, de la Cava Baja. Pensé que para entonces la procesión de turno habría acabado y que podría llegar allí a pie, en menos de diez minutos. Pero cuando salí a las nueve y cuarto, el aquelarre estaba aun en su apogeo. De hecho, abrí el portal y me encontré bloqueado por los desconsiderados devotos que se apoyaban en él y que no hicieron el menor ademán de apartarse un poco para permitirme el paso. A duras penas y semiasfixiado, alcancé un callejón por el que confié en acortar el trayecto (estos fervorosos son unos exhibicionistas y sólo desfilan por las principales vías). Pero la calle de Segovia, que debía cruzar, se hallaba también invadida por las hordas procesionales, así que hube de dar un rodeo para poder pasar a la acera adecuada por un punto menos abarrotado. Y entonces, hasta llegar a la bocacalle buscada (la misma Cava Baja), no me quedó más remedio que caminar un trecho en la misma dirección que los fieles, a su paso de tortuga y atrapado y aplastado por ellos. Es decir: durante unos cinco o siete minutos me tuve que insertar en la procesión, mientras miraba con ansia la bocacalle salvadora, tan cercana y tan lejana. "Hostia", pensé (quizá nunca tan adecuadamente), "cómo me vea ahora alguien conocido, me va a tomar por feligrés ferviente y seré el hazmerreír del gremio, y aun el del barrio."

De hecho había quedado con mi colega Pérez-Reverte, al que hacía siglos que no veía, y rogué al Purgatorio --la verdad, no iba a rogarle al Cielo en ese día-- que él estuviera ya en la mesa esperándome. "Como me vea el Capitán Alatriste procesionando a mis años, voy listo: no tendrá piedad de mí, creerá que desde que no nos vemos me he iluminado y me he convertido; yo, que hace sóło unos meses me largué de la publicación en la que colaboraba porque me prohibieron una columna sobre la Iglesia Católica precisamente. Creerá que he sufrido el síndrome de Estocolmo, y el de Oslo y el de Helsinki". Y cuando tres horas después ambos salimos del restaurante, los encapuchados seguían con la ciudad tomada.

A la noche siguiente tenía otra cena, en la lejana casa de unos amigos, sólo a tiro de taxi. Todo cortado de nuevo cuando salí, la calle más cercana otra vez rebosante de los ku-klux-klanes patrios y de su fanática e insaciable tropa. Preví que habría de caminar un buen trecho hasta dar con una zona libre de capirotes y por lo tanto con coches. Y como no estaba dispuesto a verme encajonado por la grey civil (en teoría: muchos se consideran legionarios), decidí avanzar rápido por la calzada antes de su llegada en masa, es decir, me metí entre las filas de siniestros embozados que aporreaban tambores como si fueran los almorávides que sitiaron al Cid en Valencia, y así adelanté junto a ellos, aterrado por su insistente coloración morada. Y aunque la cosa duró menos, padecí el atormentador pensamiento: "Hostia. Como me vea ahora alguien, mezclado con estos tíos disfrazados de verdugos". Para qué seguir, aún quedaban sábado y domingo, y en Madrid ha habido diecinueve procesiones --diecinueve-- durante esta Semana Santa. La mayoría por el centro, que ha quedado impracticable --prohibido-- para automóviles y peatones a lo largo de horas y horas.

Así, la capital de un Estado aconfesional y europeo ha sido demencial y abusivamente ocupada por una sola iglesia, con permiso y entusiasmo del Ayuntamiento y de la Delegación del Gobierno, que tanto denostaron las manifestaciones contra la guerra de Irak, y les pusieron impedimentos porque ocasionaban molestias a quienes no tomaban parte. Sólo que en ellas participaron cientos de miles, y en las procesiones una minoría tan sólo, una cuasi secta que además exhibe una iconografía de espanto. Hoy, en que
tanto se cuidan los católicos de lo que ven en televisión los niños, los obsequian durante varios días con un incesante espectáculo de terror en vivo: ejércitos de tenebrosos encapuchados; estruendosos trompeteos sórdidos; ominosas tamborradas; beatas ennegrecidas; masoquistas con cadenas en los tobillos; tétricas y lacrimosas estatuas bien paseadas; algún torso desnudo, flagelado y sanguinolento; pies descalzos y torturados. Imaginen que cualquier otra fe pretendiera tomar así nuestras calles, cuatro días enteros. Sólo confío en que tras las inminentes elecciones municipales, nuestros nuevos alcaldes o alcaldesas, del partido que sean, se sepan la Constitución algo mejor que los actuales y pongan freno a este increíble abuso y a la imposición desmedida de estas huestes encapirotadas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaaaaaa! Qué bueno!
Y eso que en Madrid se habla de 19 procesiones... Y ya no digamos en Sevilla, donde llegan a 700 procesiones al año!!! Terror!
Y no solo en la Semana llamada santa, sino a lo largo de todo el puto año. Mascarones y calles cortadas y los alucinados que siguen a los famosos pasos... Sin palabras.😱😱

Anónimo dijo...

Pues figúrense en Sevilla que son más de cincuenta procesiones solo en Semana Santa y yo no sé cuántas el resto del año. Sí, estamos en un estado aconfesional, pero como otros muchos preceptos y principios constitucionales no son tenidos en cuenta. Creo que no hay corporación municipal que se atreva siquiera a cuestionario 🤷🏿‍♂️
Ante esto lo más que podemos hacer es quitarnos de en medio y tragar con una tradición que no nos gusta, pero que a la mayoría (es así) les entusiasma 🤷🏿‍♂️ Un auténtico despropósito y un coñazo, pero así son las cosas y no creo que vayan a cambiar. Lo tengo asumido y con no participar me doy por satisfecho 😏
No olvidemos que España es un estado aconfesional pero no laico, y puede que ahí radique la cuestión de por qué no se atreve ninguna autoridad a poner orden en este asunto 😘